El cierre del ciclo de "El viento que arrasa" y "Ladrilleros"

"No es un río", la nueva novela de Selva Almada

Concebida a modo de cierre de una trilogía "de varones" junto con El viento que arrasa y Ladrilleros, No es un río fue escrita con el oído atento a la cadencia poética de la prosa, poniendo la mirada sobre el paisaje, con personajes de mujeres fuertes y hombres enredados entre la amistad, el amor y la traición. 

“Esperando que un mundo sea desterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en donde se forma el silencio. Luego comprenderá que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”, Alejandra Pizarnik. En dialogo con este poema, "La palabra que sana", Selva Almada cuenta que No es un río la escribió atenta a un proceso de depuración que tendiera a la prosa, más cercana a la cadencia poética que al de la pura narrativa. Que se dejaba ir, escribía escribía, narraba, se dejaba ir por esa vertiente, para luego volver sobre el trabajo de hacer breves las escenas, condensarlas en un puñado mínimo de palabras y retomar el tono al que arribó en una segunda escritura de esta novela que nace de la anécdota de pesca de raya. Así se construye un iceberg. Así se construye una isla.

La novela cuenta con 136 páginas, pero atento a lo profuso la lectura se vive como en una novela de extensión en hondura, en donde conviven la trama principal –que se desarrolla con la calma de quien se adentra remando río arriba– y otro conjunto de subtramas, relatos dentro de los relatos y hasta únicas escenas que encierran historias completas con personajes que podrían encuadrarse como secundarios, pero se destacan como expresiones únicas con peso propio. Todo este conjunto de elementos hace que no se esté ante una novela corta, sino más bien en una de calado profundo donde todo lo reposado del texto, lo escrito y vuelto a escribir pareciera adquirir su presencia durante la lectura. Hay un más allá de la palabra escrita que consigue abducir al lector hacia un estado emocional en el que se deja trascurrir ese pedazo de mundo. Con un contrapunto: no es una novela de la que se necesite tomar respiro. Se trata de un único texto de principio a fin con blancos activos que apenas marcan cambios en cierta línea cronológica, también alterada por el aire enrarecido de la isla, en una tensión continua que impide abandonar la lectura.

La primera escena del libro plantea el tema y marca la zona literaria, concentra el tiempo de lo que viene. Enero Rey, Tilo y el Negro están pescando en el río. Las partes ofrecen resistencia, prueban sus fuerzas. Por un lado, los cuerpos sobre la inestabilidad del bote, del otro la extensa raya que hace lo suyo para mantenerse pegada al fondo. La tensión del relato reside en esa curva que dibuja la tanza casi invisible que va del cuerpo de Enero al del animal, atravesada por el sol que enceguece como el alcohol de damajuana. Exponiendo fuerza, naturaleza, lucha, violencia y un silencio que se rompe con el fuego de un arma reglamentaria. Tres tiros. Fluye la sangre de la bicha que se confunde con el agua del río, los cuerpos toman alivio, beben y arranca la novela de estos tres forasteros que viven en un pueblo del lado del continente y se van de pesca, se meten en las playas de una isla con leyes propias, de un monte que guarda muertos que dicen y hablan.

Selva Almada es una de las voces con sello propio e instalado en la literatura contemporánea argentina y a esta altura, en pos de ubicarla como escritora, sobran las referencias al gótico sureño de los autores del sur de Estados Unidos como Faulkner, O´Connor o McCullers. Con No es un río, termina por instaurar una mirada sobre las cosas para hacer literatura. Como si lograra la lejanía exacta para la descripción que deja al descubierto las violencias naturalizadas, incluso con la tierra que se habita, al tiempo que se acerca para extraer de lo que quiere contar lo que hace a la esencia, que se expresa en el texto en modos de decir, palabras que no tienen uso en otro lugar que no sea esa zona narrada, la tierra entre ríos, los espacios surcados de agua, las espesuras que de ahí emergen; en tres líneas contar toda una relación de madre e hijas en el simple gesto de acurrucarse en una misma cama, o la previa de una adolescente en la postura de pintarse las uñas de los pies atenta a la prolijidad sentada en una silla de paja. También logra pincelar con una sola palabra los modos del aborto casero y clandestino, en la apuesta de saber que la literatura es ficción, y lleva esas libertades, más no puede quedar al margen de algunas verdades.

Por orden de aparición, El viento que arrasa (2012) y Ladrilleros (2013) se presentan como las antecesoras en lo que la misma autora denomina con esta última novela "la trilogía de varones". Así se refería al proyecto cuando empezó a escribir No es un río, antes de la publicación de Chicas muertas (2014) y mientras tomaba las notas de El mono en el remolino (2017), el libro de rodaje de Zama, la película de Lucrecia Martel. Todo denota búsqueda y trabajo, nada del orden de lo improvisado. Con el mismo estilo simple y directo sin exaltación folclórica, la continuidad que enlaza los tres títulos no reviste más misterio que el de novelas que se abocan a un universo de varones: modos de solidaridad, de amar, de sentir la traición. De relacionarse con la naturaleza, de tramitar silencios y violencia. Y como en las anteriores novelas de la serie, las mujeres que se destacan y tallan son fuertes y singulares, de otro modo no podrían despegarse de la media y quebrar la inercia patriarcal que derraman los varones al andar. En este caso, Siomara, en el centro del monte, una mujer que carga con su dolor de entrañas y arma fogatas buscando hacer cenizas algo de ese pesar; y del otro lado, en el continente, dos madres que por decisión crían solas, toman decisiones que desplazan el devenir de sus cursos. Es muy interesante también no dejar de mencionar el retrato de las infancias de los protagonistas, que recupera el aire de Una chica de provincia (2007) con esos niños de vida autónoma donde lo privado y lo público de calles y casas pierden sus límites.

En una de las entrevistas que dio la escritora Clare Keegan (Irlanda, 1968) cuando su literatura se hizo conocida con el libro de cuentos Recorre los campos azules (2008), cuenta que en la atmósfera de la granja familiar donde pasó su infancia y adolescencia, ella captaba lo que no se decía pero se respiraba: su familia no era feliz. No es plantear un falso paralelismo afirmar que lo que Selva Almada hace es exactamente esto, escribir el silencio suspendido; y en esta su última novela publicada en plena pandemia, el silencio que deja la muerte en esos varones, en ese monte, en ese río.

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