Corría el mes de octubre de 2012 y Werner Herzog debía visitar la Viennale, el prestigioso festival de cine de la capital austríaca, para celebrar allí el setenta aniversario de su nacimiento y presentar su última producción, la serie documental On Death Row, centrada en la vida cotidiana de los condenados a muerte en una cárcel de Texas. La relación de la Viennale con el gran cineasta alemán es de larga data –fue incluso codirector del evento a comienzos de los años 90–, pero la fiesta no pudo ser: pocos días antes del inicio del festival tanto él como su equipo de rodaje fueron detenidos por militares en el sur de Turquía, muy cerca de la frontera con Siria. “Lamento mucho no poder estar presente, pero cuando uno se encuentra atareado en un nuevo proyecto y el techo se prende fuego hay que quedarse para apagarlo”, escribió el director de Aguirre, la ira de dios y Fitzcarraldo a los responsables del festival vienés. La anécdota pinta de cuerpo entero a Herzog, quien en 1974 recorrió a pie la distancia que separa Múnich de París para “salvar la vida” de la archivista y crítica cinematográfica Lotte Eisner, aventura descrita en detalle en su libro Del caminar sobre hielo. Un cineasta que, ya en aquellos tiempos, demostraba tener el temple para correr los mil y un peligros reales en los rodajes si la apuesta terminaba justificando los resultados. Con siete décadas de vida y casi cinco de carrera, uno de los más talentosos representantes del así llamando Nuevo Cine Alemán cambiaba la alfombra roja y los aplausos por las condiciones físicas extremas y el duro asiento de cemento de una celda de detención. Ocho años después, Herzog está nuevamente de estreno. Luego de exhibirse en el Festival de Toronto, Fireball: visitantes de mundos oscuros podrá verse en la plataforma Apple+ desde el próximo viernes. Segunda colaboración del alemán con el vulcanólogo británico Clive Oppenheimer –ahora elevado a la categoría de codirector–, como su título lo indica se trata de una aproximación científica y poética al universo de las “bolas de fuego” que atraviesan la atmósfera terrestre. Esos bólidos celestiales que llegan de visita desde otros mundos y que, dependiendo de su tamaño, origen, composición, órbita, ángulo de ingreso a nuestra planeta y supervivencia o no luego del descenso, pueden llamarse asteroides, cometas, meteoros, meteoroides o meteoritos. Como en tantas otras ocasiones, un tema considerado frío y racional se transforma, en las manos de Herzog, en un viaje con algo de filosofía, un poco de magia y una pizca de locura.

Herzog, el incansable. El tiempo que separa On Death Row de Fireball estuvo marcado, entre otros títulos, por Queen of the Desert, film protagonizado por Nicole Kidman, James Franco y Robert Pattinson, y Sal y fuego (dos de sus escasas aproximaciones al mainstream), el extraño documental sobre la red de redes Lo and Behold: He aquí las ensoñaciones del mundo conectado, los encuentros con el exlíder soviético que conforman el núcleo de Meeting Gorbachev, la exploración sobre los volcanes de Hacia el infierno y la fascinante cruza de documentalismo y ficción de Family Romance LLC., rodada por él mismo con una cámara hogareña en Japón. Y, desde luego, por su breve aparición como actor en The Mandalorian, la serie-desprendimiento del universo Star Wars dirigida por Jon Favreau. Desde los tiempos de También los enanos comenzaron desde pequeños y Fata Morgana la filmografía de Herzog puede dividirse, a grandes rasgos, en dos grandes grupos: sus incursiones en el cine de lo real y la creación ficcional (además de sus posibles hibridaciones). Pero Fireball forma parte evidente de un subgrupo de documentales relativamente más clásicos en su formato iniciado con Encuentros en el fin del mundo (2007), largometraje producido por el Discovery Channel y filmado en los confines de la Antártida. Eterno rebelde, a pesar de su tono engañosamente didáctico, la descripción de la vida humana en un paraje remotísimo y salvaje se transformaba en otra de sus elucubraciones sobre los límites humanos –los físicos, los mentales y los espirituales– ante la vastedad de la naturaleza. Algo similar podría afirmarse respecto de Fireball, que, más allá de su temática científica –ligada ostensiblemente a la física, la astronomía y la química– comienza y termina con sendas ceremonias rituales. La primera, con su lanzamiento nocturno de pequeñas bolas encendidas, saltando de mano en mano entre los participantes, tiene lugar en la península de Yucatán, muy cerca de donde, hace más de 60 millones de años, se estrelló un enorme asteroide, origen del cráter de Chicxulub. La segunda ocurre del otro lado del mundo, en una isla alejada de las costas de Australia, donde un viejo líder reconstruye un rito olvidado, ligado al cruce de las estrellas fugaces en el cielo y su relación con el pasaje de los humanos desde este mundo hacia otro desconocido. El cielo como techo espacioso, ámbito de misterios y vidas ultraterrenas. El lugar de donde provienen esos objetos extraños que encarnan, al mismo tiempo, lo más natural del universo.

EL COLOR QUE CAYÓ DEL CIELO

“Los meteoros tienen un significado y la humanidad debe descubrir cuál es”, afirma un especialista. El país es Francia, una de las múltiples paradas que van señalando el recorrido de la película, pero quien habla parece estar en las antípodas del coleccionista privado (y vendedor en el particular mercado internacional de meteoritos) de El color que cayó del cielo, el largometraje del argentino Sergio Wolf, cuya obsesión también eran las piedras llegadas del espacio exterior. En cámara, el profesor de la Universidad de Cambridge Clive Oppenheimer –con quien Herzog ya había colaborado brevemente en Encuentros en el fin del mundo y codo a codo en Hacia el infierno (2016), un viaje por los volcanes activos más famosos del mundo– hace las veces de hilo conductor durante las visitas y entrevistas. Aunque es nuevamente la voz en off del alemán, en ese inglés con fuertísimo acento que ya es una marca registrada de sus últimos documentales, la que describe, entrelaza y comenta las imágenes y sonidos presentes en el film. Fireball tuvo su chispa primigenia en una visita de Oppenheimer a un museo surcoreano dedicado a exhibir meteoritos, idea que Herzog recogió casi al instante. “Por supuesto, de inmediato quedó claro que la película no debía ser didáctica”, declaró Herzog, con su habitual sentido del humor, en la presentación virtual durante el Festival de Toronto. “Es por esa razón que odiamos la escuela y odiamos a los maestros. Y nosotros somos cineastas, por lo que hay mucho humor en el film, y muchas cosas locas que usualmente no suelen oírse en los documentales. Es maravilloso poder trabajar de esa manera”. 

La película terminó de rodarse en diciembre del año pasado y fue editada durante el aislamiento por la pandemia de covid-19, momento ideal para la reflexión sobre el origen y el futuro de la vida en la Tierra. ¿Que cómo surgió? Las teorías son muchas, pero una posibilidad descripta en Fireball le atribuye ese instante primigenio a la llegada de un meteorito cargado de proteínas que podrían haber dado a luz al primer organismo biológico en el planeta. Las estrellas fugaces y rocas del espacio son una figura recurrente en la mitología y la religión y uno de los segmentos centrales de la película –gracias a las imágenes tomadas por los fieles, los únicos que pueden acceder al lugar– vuelve a recordar que la Kaaba, el prisma rectangular que descansa en el centro de la principal mezquita de La Meca, en Arabia Saudita, contiene la famosa “piedra negra”, un fragmento de lo que podría ser un meteorito milenario.

Estamos hechos de polvo de estrellas, dijo alguna vez Carl Sagan, y la sentencia es repetida en Fireball, disparando la única intervención de Herzog en cámara: “Yo no estoy hecho de polvo de estrellas, soy bávaro”. Los visitantes de mundo oscuros adquieren muchas formas, tamaños y composiciones y uno de los capítulos más alucinados de la película encuentra a su protagonista en el músico de jazz noruego Jon Larsen, que en sus tiempos libres se transforma en astro-geólogo aficionado, un recolector de los fragmentos más pequeños jamás caídos del cielo. Parado sobre la azotea de un enorme estadio cubierto de Oslo, Larsen recoge con un aparato, inventado por él mismo, una serie de fragmentos microscópicos de cristales de meteoritos, que luego serán analizados en su propio laboratorio, instalado en el subsuelo de la casa. El análisis de algunos de esos pequeños visitantes señala algo indudable: la composición es exactamente idéntica a la de la atmósfera de Marte. La manera en la cual se desarrolla el diálogo con Oppenheimer y los comentarios de Herzog permiten que lo científico se dé la mano con lo fantástico, al tiempo que las ampliaciones del microscopio habilitan la posibilidad de maravillarse con las formas de los cuasi cristales, descubiertos en estado natural hace relativamente poco tiempo. De lo micro a lo macro, las palabras de Herzog. “No debemos hacer planes y pensar que hay que prepararnos para un gran impacto. Simplemente vivamos la vida en su máxima expresión”. La posibilidad de que un enorme meteorito o asteroide impacte en la superficie terrestre es siempre posible, aunque matemáticamente poco probable. El realizador y su equipo visitaron también a los científicos del ATLAS (Sistema de Alerta de Impactos Terrestres de Asteroides), quienes todas las noches fotografían y analizan el movimiento de aquellos objetos celestres cuyas órbitas podrían llevarlos a colisionar contra la Tierra. Herzog incluye algunas imágenes de la película catástrofe de 1998 Impacto profundo como ilustración de un cataclismo celestial, admirando las bondades de los efectos especiales del cine de gran presupuesto, ámbito ideal para generar imágenes imposibles y, al mismo tiempo, creíbles.

BOLAS DE FUEGO

“Cuando uno descubre una piedra en medio de la inmensidad de la Antártida, sin dudas se trata de un meteorito. Hablamos de aquellos sitios donde las rocas no pueden ser el resultado de la erosión de la corteza terrestre. Estar en ese lugar y encontrar una piedra sabiendo que viene del espacio, es algo extraordinario”. Las palabras son de Clive Oppenheimer, quien junto a Herzog volvió a visitar aquellos confines helados registrados en Encuentros en el fin del mundo. Las imágenes de la infinitud blanca impactan los sentidos y el hallazgo de las pequeñas piedras negras incrustadas en el hielo desde hace ¿miles, millones? de años se asemejan a una vieja leyenda o a un cuento de aventuras y tesoros escondidos. El viaje de Fireball: visitantes de mundos oscuros está por llegar a su fin y el director de Cobra verde ha logrado nuevamente conjurar la sensación de maravilla ante el mundo que nos rodea. Un viaje en zigzag, con desvíos y ramificaciones de toda clase, pero siempre apasionante y sorprendente. Ateo confeso –a pesar de un coqueteo con el cristianismo durante la juventud–, Herzog nunca obtura la posibilidad de la trascendencia. No hay contradicción alguna en los términos, desde luego. Como tampoco la hay en ese encuentro con un sacerdote astrónomo, en la residencia papal de verano, quien ante la pregunta del cineasta respecto de la posibilidad del impacto de un enorme bólido responde que, entonces, sólo quedaría juntar las manos y rezar.