Escepticismo e indignación

La obligación de gritar

Si la realidad no les gusta, las derechas la niegan. No importa lo que pase después, apenas mella la coraza de negacionismo con que se protegen algunos que la muerte por covid se instale entre la filas de los anticuarentena. Trump clamando fraude. La jueza que detiene a Dolores Etchevhere es la misma que protege a un femicida. La indignación no alcanza para transformar la injusticia pero poner el grito donde se escuche es necesario
Imagen: Sebastián Freire

El sentido común es la cosa mejor repartida del mundo, prueba de ello es que nadie se queja de su propia opinión, que es la vara con la que cada cual mide la realidad. La diversidad de criterios no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino de la consideración de un mismo hecho desde distintas perspectivas. Descartes abre el telón del Discurso del método. Habría que agregar que no toda perspectiva es adecuada y que obstinarse en una verdad a priori suele traer consecuencias nefastas.

Troya se hubiera salvado si sus líderes hubiesen aceptado la propuesta de la hija del rey. Poseía una inteligencia asombrosa -por ser mujer se decía- en un mundo en que saberes, herencias y poderes son machimanipulados por el patriarcado que atraviesa géneros. Veremos el ejemplo de una mujer jueza que chorrea machismo.

Casandra advirtió el peligro del caballo de madera. Héctor, Paris, Hécubo -sus hermanos- no le creyeron e introdujeron en la ciudad al gigante embarazado. Tiraron las armas y se descontroló la fiesta. Horas más tarde, mientras la borrachera dormía el caballo paría. Violaciones, torturas, raptos, matanza. Los griegos incendiaron la ciudad y la regaron con sal. Para su propia comunidad Casandra había sido la otredad. Sus palabras chocaron contra el paroxismo del escéptico: el negacionismo.

Los escépticos de la pandemia, de la cuarentena, de la vacuna, de la equidad social -que en todo ven una malvada argucia partidaria- inventan conspiraciones, enarbolan simulacros de ¡ahorcamiento de opositores! y niegan lo real contra toda evidencia. “Sucedieron cosas malas que nuestros observadores no pudieron ver”, le grita Trump al mundo rechazando su derrota. Si la realidad no les gusta, las derechas la niegan.

Antenas, garras, caparazones, colmillos como cuchillos son armas autodefensivas animales. Al humano se le concedió el intelecto como medio de mantenimiento y lo utiliza para llevar el arte de la simulación a su cumbre. El engaño, el adular, mentir, embaucar, el vivir de un brillo prestado, el enmascararse, la convención ocultadora, la representación escénica ante otros y ante sí mismo, en una palabra, el revoloteo continuo en torno a la llama de la vanidad son hasta tal punto la regla y la ley que casi no hay cosa más incomprensible que el hecho de que pueda surgir un impulso sincero y puro hacia la verdad, manifiesta Nietzsche en “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”.

Pero hay más, esta extraña criatura suele utilizar el intelecto contra sí misma. Referentes de marchas contra cuarentena enfermando y muriendo por covid; líderes en decadencia balbuceando criminalidades que los terminan de hundir; exfuncionarios de salud que dejaron vencer millones de vacunas cuestionando futuras vacuna. Y lo hacen sin rigor científico o epistemológico, sin argumentos sólidos o constastaciones empíricas, ¡cuestionado el país de origen de un producto! Demencial, el espectro del disparate se cierne sobre nuestro pequeño satélite.

“Nada existe, si existiera no se podría conocer, y si se conociera no se podría transmitir”, es la tesis nihilista del retórico Gorgias. Aunque el fundador del escepticismo extremo fue Pirrón de Elea, desconfiaba de todo, su incredulidad era tan radical que rozaba la impotencia vital. Los escépticos a la violeta actuales traspasaron el límite que separa escepticismo de negacionismo. Cuestionan lo que no comprenden, rechazan lo contrario a sus privilegios. La impunidad de sus prerrogativas de clase -reales o aspiracionales- no puede sino provocar indignación genuina.

Paraná, Entre Ríos, mayo 2020, Jorge Christe, de 31 años, golpeó brutalmente a su novia de 24, María Julieta Riera, y aún viva, la tiró desde un octavo piso. Acusado de “homicidio triplemente agravado por el vínculo, alevosía y violencia de género” podría ser condenado a perpetua. Pero pertenece a un poder incólume: es hijo de la ex jueza Ana María Stagnaro. El joven acomodado y sin ocupación conocida, tan pronto como cometió el crimen, se fue a tomar la leche con su mamá. Después de tres meses dictamina sobre el caso otra jueza -de la misma provincia- y lo favorece con prisión domiciliaria a cumplir en la casa materna. La jueza que minimiza la crueldad del femicida beneficiándolo es María Carolina Castagno, la misma que le negó sus derechos a Dolores Etchevehere e hizo que la policía se la llevara por desobediente.

La sana indignación es el dolor que se experimenta al ver la fortuna de alguien que no la merece o, recíprocamente, el dolor de ver sufrir a alguien injustamente, dice Aristóteles en “La gran moral. De la indignación que inspira el sentimiento de la (in)justicia”.

* * *

El rostro rubio y rollizo del rapado no transpira ni se tensa. Imperturbable máscara de cera, a pesar de que está sometiendo salvajemente a una embarazada de nueve meses. La tira al piso, le da una patada y la deja boca abajo. La mujer afroamericana cae pesada sobre su propia panza. Siente que el hombre le clava la rodilla en la nuca mientras le aprieta las muñecas y tironea para ponerle las esposas. En primer plano aparece el escudo en la manga del violento: “Police”. Ocurrió el 30 de octubre 2020 en Kansas City. El video llegó a las redes sociales y estalló la indignación. Se armó un campamento con un centenar de personas frente al destacamento. Reclamaban la renuncia del agresor y del jefe de policía, exigían que se redujera a la mitad en número de efectivos y ese dinero se destinara a instituciones solidarias. Pero no siempre los estallidos de indignación logran cambiar el estado de las cosas. Aunque resulta imposible no indignarse ante actitudes que nos interpelan. Esa fue la gran preocupación del filósofo lituano Emmanuel Levinas, sobreviviente de un campo de concentración, con casi toda su familia masacrada. Desde el sentirse nadie ante el otro (nazi) y el posterior anhelo de ser en el entre comunitario, concibe un pensamiento de la otredad. Se pregunta cómo pensar y actuar la filosofía no como amor a la sabiduría, sino como sabiduría que nace del amor, del intercambio y también de la indignación. Imposible callar. Hay obligación de hablar. Y si la política, que se filtra por todos lados, falseara las intenciones éticas originales del discurso, también hay obligación de gritar.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ