La vida breve de Sabanita, primera novela de Luisina Bourband

Un agujero siniestro en la novela familiar

El libro se presenta mañana, a las 19, en el Facebook Live de Homo Sapiens Ediciones. Marcelo Scalona y Roberto Retamoso serán quienes dialoguen con la autora
Luisina Bourband es psicoanalista y pone la ética del psicoanálisis en juego en su novelaLuisina Bourband es psicoanalista y pone la ética del psicoanálisis en juego en su novelaLuisina Bourband es psicoanalista y pone la ética del psicoanálisis en juego en su novelaLuisina Bourband es psicoanalista y pone la ética del psicoanálisis en juego en su novelaLuisina Bourband es psicoanalista y pone la ética del psicoanálisis en juego en su novela
Luisina Bourband es psicoanalista y pone la ética del psicoanálisis en juego en su novela 

Para su primera novela, Luisina Bourband, autora de la saga Maternidad intratable (publicada en capítulos en la sección Contratapa de Rosario/12 y como libro por Le Pecore nere en 2017) no podía elegir un título más sugestivo. La vida breve de Sabanita, el nuevo libro de la colección Ciudad y orilla que la editorial Homo Sapiens presenta mañana a las 19 por Facebook Live de Homo Sapiens Ediciones, se abre con al menos dos preguntas: ¿Quién era Sabanita, o qué era, y cómo fue que su vida se abrevió? 

La autora maneja la intriga muy hábilmente, de modo que la respuesta no aparecerá casi hasta el final del relato; pero para no frustrar demasiado a sus lectores, nos da una respuesta provisoria en la mitad. Hay un salto de tono entre el sintagma "la vida breve" (grave, trágico) y el tierno apodo en diminutivo. Podría ser el de una mascota, o el de algún fantasmita de pueblo. Es el salto de tono que el libro da, a la inversa: al álbum familiar de simpáticos personajes (cuyo frontman es un padre amado y mucho más amable que las figuras paternas a las que la literatura nos tiene acostumbrados) le falta una hoja, arrancada por la complicidad civil con el terrorismo de Estado. Lo siniestro es que no se sabe (pero se lo sospecha) de qué lado quedó ese padre, justamente porque la página falta y porque nadie comenta nada; y esa discontinuidad es sintomática de la disociación individual y la escisión social que sigue padeciendo el país. Tantas preguntas quedan y siguen sin respuesta que el libro deja flotando un silencio incómodo, más allá del cual ni la autora ni el relato se atreven a avanzar: temen matar literalmente al padre.

Al cerrarlo, sabremos quién fue Sabanita (en su segunda acepción, la de las últimas páginas) pero no quién lo mató, ni dónde, ni cuándo. Ni mucho menos qué grado de implicación con los engranajes estatales y corporativos que llevaron a su desaparición tuvo ese padre tan laborioso y creativo, tan novelesco y lindo, tan en las antípodas del monstruo. Al archivo obsesivo del padre le falta una hoja: la hija autora no quiere hacer más que señalar el vacío, prevenir la forclusión. Luisina Bourband es psicoanalista. Algo de su ética profesional viene a velar y a regular la criminal obscenidad de la literatura, esa sed incalculable de belleza y verdad que condena a los autores y salva las obras.  

Pero ni esta es una novela trágica ni sería pertinente reseñar la que no se escribió. Es una primera novela, que culmina un esfuerzo de investigación aplicado a los afectos más cercanos; o al menos esa es la lectura que habilita el pensar que se trata de una crónica, cuando podría ser una completa ficción. Los pasajes más profundos de la obra portan un efecto de verdad a través de la autorreflexión sobre el proceso de escritura, que parece haber sido antes que nada un recorrido de escucha. Y al evocar esa nube de imágenes y afectos que el libro deja, aparece algo tan verdadero y profundo como una estructura de sentimiento de época. Quienes hayan vivido los tiempos que se narran en el libro, reconocerán algo inefable de la vida de la clase media argentina en los años '60, '70 y '80. La gran proeza de Luisina Bourband es haber capturado esa microscopía. 

¿Cómo lo logró? Abriendo el juego, practicando un experimentado arte de la entrevista que le ha permitido a cada entrevistada (son casi todas mujeres, a excepción de ese padre excepcional, que no responde solo, sino junto a la madre) sumergirse en las luminosidades submarinas de la memoria de cada una. Hubo tantas infancias como hermanas: no hay un mundo objetivo, parece decirnos la autora. Lo que se filtra, en estas remembranzas, de una serie de climas de época compartidos, es íntimamente individual a la vez. Cuando no está atravesada por la memoria de los vivos (es decir, al principio), la novela familiar amenaza con naufragar en lo banal del relato transmitido; viene al rescate el misterio de las fotos, pero más que nada viene la prosa al rescate, una y otra vez; una prosa que se forja en el trabajo. Al comienzo hay dos familias: una de todas hermanas y otras de todos hermanos, que se van uniendo en matrimonios sucesivos. Al final hay una situación análoga, cuya simetría la dictadura viene a romper. Y los matrimonios no sucederán. Nada de esta coincidencia final se comenta ni subraya, quizás porque no se creyó necesario subrayarla o quizás porque aún no se la pensó.    

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