Tributo

La muerte del Diego todavía nos duele en el fondo del alma. Cuesta acostumbrarse a la idea que ya no aparecerá más, al menos en vivo y en directo, en la tele o en la radio con sus irreverentes exabruptos políticamente incorrectos.

El pibe de Villa Fiorito, del potrero más rancio, se fue de gira hacia las estrellas, pateando el sol y las nubes, en el centro de un picado en el que el Che brilla por patadura…

Todos lo quisimos, incluso los que lo odiaron. Habrá que ver, ahora, cómo haremos para vivir sin él.

Su muerte produjo un dolor inmenso. Todos sabíamos que era una bomba de tiempo y que estaba mal, pero… queríamos creer que podía seguir. 

Los dimes y diretes de su propia muerte, acribillados desde el vamos por causas judiciales, como lo fue, por otro lado, toda su vida, están por verse.

Una vez muerto, Maradona entró al ámbito de la leyenda y el mito. Si vivo era una fábrica de dinero eternamente carancheada por muchos, después de muerto, producirá, seguramente, mucho más dinero que antes, y a su vez, muchos más litigios judiciales.

Tuvo la virtud de ser siempre el mismo y de nunca transformarse en otra cosa. No eligió su adicción, como no la elige ningún adicto. Hizo lo que pudo para salir de ella, con golpes y porrazos, caídas y recaídas, y un séquito de parásitos que lo vivieron mientras estaba vivo y que lo seguirán viviendo después de muerto.

Fue un pibe de la villa que nunca dejó de ser de la villa, a pesar de haberse convertido en la mejor estrella del fútbol mundial. Siempre hizo lo que quiso, dijo lo que pensaba y acomodó en su lugar (en el mejor sentido de la palabra) a la gente que se burló de él.

Los odiadores de su vida y su figura creyeron que eran sabios y éticos, y que porque no se drogaban, podían hablar muy mal de él.

Maradona siempre puso antes que nada a su gente en primer lugar, la Tota, don Diego, sus hijas. Los que lo odiaron, odiaron, antes que nada, su capacidad de haber salido de la villa y seguir siendo, en cualquier ambiente y en cualquier momento, ese pibe de la villa que la pateaba tan bien…

Con él nos identificábamos todos, en algún momento y en algún lugar, nos marcó la vida, como el viejo o la vieja, como esa mano de Dios, como el papa Francisco o como Perón, Néstor, Evita o Cristina. Era nuestro y era del mundo. Diego era (como dijo alguien en su funeral) el beso de la vieja. Fue quien nos representó siempre en todas partes. Fue amado y venerado en todos los lugares del mundo. Por ser lo que era, el 10, el Diego Maradona. Más allá de ser un poeta del fútbol todos lo amaron por ser auténtico, humano, querible hasta el más allá y alguien que nunca dejó de ser un tipo de abajo que se identificaba, siempre, con los de abajo (esa fue la raíz del odio, su conciencia de clase).

En muchas cosas me recordaba a Ringo Bonavena, una estrella en decadencia perseguida por una nube de chupasangres y un ejército de parásitos. Tuvo un tristísimo final, no tanto como el de Ringo, pero…

Marcó mi vida, mi adolescencia, mi poco interés por el fútbol. Hizo todos los partidos a beneficio que pudo. Lo conocí en 1982, en un partido a beneficio para los soldados de Malvinas, en plena guerra, en el Estadio de Rosario Central. Unos meses antes había visto a Queen en ese estadio. Era un tape negrito puro músculo y rulos. La pelota se enamoraba de sus pies e iban, siempre juntos, hacia todos lados, sobre todo al arco. Armaba el juego, siempre, la pasaba, siempre, lo importante era hacer el gol. Era lo único que valía, no importaba quien lo hiciera. No le importaba. Le importaba que su equipo ganara, era generoso, siempre lo fue.

Fue un hijo al que adoptaron muchos, Fidel Castro, Hugo Chávez, el Nápoles. Los cubanos, los venezolanos, los italianos. Era un ser entrañable y terriblemente querible. A pesar de.

Fue un tipo derecho, honrado y honesto, más allá de todos los litigios judiciales que tuvo y seguirá teniendo. Solidario y auténtico. Alguien, al que, en este puto año de mierda, no pensábamos llorar. Alguien a quien es mucho más que justo, que dejemos descansar.

 

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