"El objetivo de organizarnos es que nos empoderemos y que logremos la igualdad" 

Constructoras de su mundo

Las ocupaciones de tierras que ocurrieron durante 2020 en la provincia de Buenos Aires y que se mantienen en algunos territorios, desnudaron una crisis habitacional que agravó la pandemia, pero también volvieron a comprobar la potencia de las redes feministas de mujeres y diversidades para edificar y defender el techo propio, como lo hacen las albañilas de Agote, en Mercedes, a partir de un proyecto del MTE, que se sostienen en una trama de cuidados y trabajo colectivo.
Imagen: Constanza Niscovolos

Es el mediodía de un día de calor intenso, la cuadrilla de mujeres albañilas está sentada a la sombra, en el mismo espacio de tierra ubicado en la toma de Agote, partido de Mercedes. Al costado del lado derecho se ve el proceso de construcción de la segunda vivienda que están haciendo para su compañera Miriam. Hay una mezcladora, pero antes la mezcla la hacían manualmente. Cuando lo cuentan, una de ellas dice: “No te das una idea la fuerza que teníamos que hacer, y además tardábamos el triple”. Algunas de las chicas están con cascos, otras con viseras y vestidas con jean y remeras de mangas cortas, y para protegerse la cintura se compraron fajas. Miriam cuenta que con algunas changas que hace se va comprando sus propias herramientas, las que puede, y las que son más urgentes, como el medidor que saca a lucir. La crisis se les había hecho carne, pero decidieron aprender y compartir saberes para edificar sus propias viviendas, ese trabajo pesado que ellas alivianan en una red con cimientos feministas.

Desde este terreno con césped –que podría llegar a ser un futuro jardín- y que da a una calle, estas mujeres cuentan que se conocieron en plena cuarentena, haciendo un taller sobre enfermedades respiratorias para menores de cinco años en uno de los Centros de Salud (CAPS). “Nos capacitaba el pediatra y la trabajadora social con la idea de que si alguno de nuestrxs hijxs tuviera síntomas respiratorios producidos por el Covid-19, nosotras podamos ayudarnos. Lo cierto es que hay muy poco personal para la cantidad de personas que acuden a ese Centro de Salud”, cuenta Virginia Jofré, una compañera de 39 años que desde temprano está trabajando en la segunda casa destinada para Miriam, la albañila que hace tres años pudo comprar este terreno. “Es un sueño tener mi propio lugar y dejar de pagar alquiler. Aunque trabajé desde siempre para mantener a mi familia y tener una vivienda digna, toda mi vida laboral me costó llegar a pagar el alquiler. Encima este año, como a muches, con el parate del sector gastronómico por la cuarentena, me quedé sin trabajo”, dice.

Como casi todos los Centros de Salud, éste no es la excepción y ocupa varios roles a las vez. Es por eso que la mayoría de ellas, a mitad de 2020, llegaron allí en busca de ayuda para poder salir de alguna situación de violencia de género. Melisa, que es la referente zonal del Movimiento de Trabajadores Excluidxs (MTE), interrumpe y hace un comentario al aire que produce nerviosismo e indignación: “Bueno, a ver, ¿qué mujer no pasó por una situación de violencia de género?”. Las compañeras responden con hartazgo “y sí, casi todas”. Soledad asiente con la cabeza y decide sociabilizar su experiencia de vida. “Me fui de mi casa cuando tenía 13 años, a vivir con una persona que no conocía. Con él viví 17 años de maltrato físico y psicológico. A mis treinta años creí salir de esa realidad, sin embargo me volví a juntar con otra persona que resultó ser igual o peor. Hace algunos años me junté con otra persona y de momento es buen compañero, pero no deja de ser muy importante para mí poder contar con este espacio laboral y de contención.” Para todas la desdramatización es importante, porque en este camino de salida y de tomar conciencia sobre la violencia de género lo que importa es la fuerza de voluntad, el sostenerse colectivamente y el empoderamiento con fortaleza.

Entre caminatas de ida y vuelta del barrio al CAPS, Romina, madre de tres hijxs - dos muy pequeñxs y una adolescente con discapacidad-, contó a sus compañeras que, como a muchxs, el dueño de la casita que alquilaba le renovaba el alquiler pero a un monto que no podía pagar. Su ex marido -que actualmente tiene una orden de restricción de acercamiento hacia ella y sus hijxs- se ocupaba de pagarlo. “Antes de tener a mis hijxs limpiaba casas; luego me dediqué a criarlxs y sobrevivimos gracias a la Asignación Universal por Hijxs y una pensión por discapacidad que me corresponde por parte de mi hija. Pero se hace muy difícil porque no llego ni a los 20 mil pesos. Muchas veces termino vendiendo lo poco que tengo para darles de comer.” Sobre la distribución de su dinero y de cómo arma su estrategia diaria, dice: “Un día podés comer pollo, otro arroz o fideos si tenés, o podés comprar yogur o leche. Te la vas arreglando con mucho sacrificio y haciendo malabares para ver qué pueden comer. Usamos la ropa que tenemos, jamás podemos comprarnos nada nuevo, y además ahora, con la crisis económica, muchas cosas tuve que venderlas”.

Romina tenía una casilla sin terminar en un terreno que compró hace algunos años. Es un módulo de 35 metros cuadrados donde podía arroparse junto a sus hijxs, pero le faltaba casi todo y sola no podía levantarla. Virginia, su compañera y vecina de casa, cuenta que “cuando surge esta necesidad, buscamos ayuda, y fue así cómo dimos con Melisa y Maximiliano -referentes zonales del MTE-, y les preguntamos si existían talleres de construcción y carpintería. No éramos sólo nosotras, somos alrededor de diez mujeres las que nos dividimos en dos grupos, con la idea de terminar algunas casas y también de construir otras para nosotras”. Un techo digno dicen, y enseguida salen de la sombra que nos calma el calor para ir hacia la obra en construcción de la segunda casa que están levantando.

Fue con esta impronta que empezaron asistiendo a diferentes talleres en el Centro Comunitario Negrito Manuel, para aprender lo más urgente y terminar la casa de Romina. No sabían nada de cómo interpretar un plano, ni sobre el mundo de levantar paredes, armar cañerías, poner ventanas y demás oficios impredecibles a la hora de, ni más, ni menos, construir una vivienda. En este Centro Comunitario, donde se improvisa un aula con sillas y mesas largas, quienes dictan los talleres prácticos y teóricos son compañerxs del MTE, maestrxs mayores de obra que también las acompañan ajustando y guiándolas en este proceso. Ellas lo especifican mejor: “Algunas de las logísticas que aprendimos fue poder sacar nivel de la calle y trasladarlo a un punto fijo del terreno para abrir los cimientos; también cómo preparar el pastón para levantar pared revocarlo en grueso”.

Pero hay algo más que surge de estas necesidades esenciales y que también son pulsiones necesarias para llevar adelante las concreciones de derechos fundamentales, y es la fuente laboral con un ingreso. “No sabía que iba a poder contar con un aporte económico. La idea de que me pudieran ayudar a terminar la casa ya era todo”, dice Romina, no sabiendo que era posible obtener una ayuda por parte del Estado desde el Programa Potenciar Trabajo, un programa que otorga un ingreso de 9.400 pesos para que puedan producir, y este grupo de mujeres lo capitalizó en construir viviendas. “El surgimiento de organizarnos es que nos empoderemos y que logremos la igualdad. Algunas nunca nos vimos como albañilas, ¿quién iba a agarrar una pala? Nosotras lo hacemos y es un trabajo muy pesado, pero acá estamos”, dice Virginia.

La rutina de todos los días la arman entre todas. Se dividieron en dos grupos que van cuatro horas diarias, cuatro días a la semana, y uno de esos días lo dejan libre para seguir capacitándose. En esta ronda de preguntas para responder a Las12, dicen lo que van aprendiendo, la importancia de los cálculos de la medición entre el cemento y los ladrillos, las cañerías, el peso que levantan entre todas y cuidándose para que nadie sufra accidentes. “Nosotras, acostumbradas a organizar una casa, sabemos qué es importante. Muchas veces unx entra a una vivienda y se da cuenta de que el baño no tiene ciertas cosas elementales, y si tenés niñes esos detalles son sumamente importantes. En el caso de la vivienda de Romina, sabíamos que no podía mudarse sin tener un baño digno”, señala Melisa. Todas viven en los alrededores de Agote; el vehículo que las lleva hasta su obra es la bicicleta o las caminatas en conjunto.

La situación del municipio de Mercedes con respecto a las viviendas es compleja y también es un reflejo de lo que pasa a lo largo y ancho de la provincia de Buenos Aires hace décadas. Las compañeras cuentan que los terrenos de estas tomas son fiscales, cada una de las que están construyendo su casa lo compró y que si bien el municipio, a partir del proyecto de construcción de estas viviendas que les presentó el Movimiento de Trabajadorxs Excluidxs, recientemente les brindó los materiales necesarios para que puedan construir, ningún responsable por parte del Estado ofreció una logística para llevarlo a cabo, ni siquiera un proyecto. No es una rareza, las dos tomas de tierras fiscales que están hace más de diez años terminaron siendo barrios, hasta con certificados de viviendas, pero sin ayuda ni un planeamiento municipal de vivienda digna para las personas que lo habitan. “Una vez que terminemos con la segunda casa que estamos levantando, vamos a ayudar a aquelles vecines que necesiten una mano de obra”, dice Miriam.

Mientras cae la tarde y la jornada laboral de Miriam, Virginia, Romina, Soledad, Micaela, Flavia, Evelin, Maira, Natalia y Viviana va terminando, algunas van a sus casas a maternar, pero otras ingresan a su trabajo; algunas son niñeras, pero la mayoría trabaja en el polo gastronómico que queda en la misma localidad. A Romina le toca volver a su casa nueva a cuidar de sus hijxs, y nos invita. La están esperando en la casa de la vecina, hacen red para el cuidado de ellxs. Está contenta porque ya tienen el revoque, las ventanas, el techo y sobre todo el baño. Soledad agrega que el baño fue lo que más le costó hacer. “Es que antes lo habían hecho mal, viste cómo son los varones, no se dan cuenta de la importancia de algunas cosas. Además cuando la terminamos, todavía hacía frío y cómo no iba a tener nada para bañarse y demás”.

Hoy su casa está ya con sus muebles, en proceso de ser pintada y vivida por ella y sus hijxs. La casa de Miriam en camino de ser concretada, y al terminar una de las dos que estaba en proyecto resolvieron mejorar el Centro Comunitario Negrito Manuel, que en la actualidad es su espacio de clases y es un comedor comunitario para niñxs y adultxs.

La cuadrilla de mujeres constructora tiene como plan para 2021 poder seguir trabajando para el Programa Primeros Mil Días. Es que muchas veces a las logísticas de este programa les falta mano de obra, y entonces allí estarán ellas.

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