Lo pasado pisado

EL CUENTO POR SU AUTOR

Me interesa pensar, desde la ficción, las relaciones de poder que se establecen en el mundo del trabajo. Hurgar en las violencias que se respiran en un segundo plano y que no son tan diferentes a las que podemos hallar, por ejemplo, en el mundo del delito, oscuridades que la novela negra puede interpretar muy bien. Lo veo de la siguiente manera: alguien con empleo formal en una economía en crisis y precarizada es, desde luego, un afortunado, pero esa ventaja lo vuelve al mismo tiempo un sujeto expuesto al chantaje. Sabe que posee un bien tan preciado como escaso (el salario en blanco) y que perderlo lo expone a hundirse en la marea de desesperados. Del otro lado hay millones de personas como él que se acuestan todas las noches soñando con tener un empleo como el suyo. El problema es que ese dato también lo sabe su empleador, que lo utiliza como variable a su favor para definir la correlación de fuerzas del vínculo laboral: lo que puede dar, lo que puede quitar, lo que puede pedir. Este es el punto de conflicto de "Lo pasado pisado". De un lado, Travis, y la exigencia extrema del que cree tener la sumisión asegurada. Del otro lado, Pereyra, y la vacilación del que camina por la cuerda floja. La tensión de nuestros días bajo el lente (amplificador y deformante) de la literatura.

LO PASADO PISADO

Pereyra había forjado su espalda de percherón en los oficios más despiadados; es decir, en el ejercicio de su única virtud, la fuerza bruta. Eso era Pereyra, fuerza bruta en su estado más elemental, un burro de carga incómodamente encajado en un mameluco gris a punto de desgarrarse. Impresionaba por lo ancho, por lo macizo, pero igual parecía poca cosa hundido como estaba en el mullido sillón de cuero que Travis destinaba a sus invitados. Apenas alguien se sentaba en esa butaca, un complejo dispositivo de sensores le escaneaba las dimensiones del cuerpo, le medía las coordenadas del eje de gravedad y en menos de dos segundos procesaba la información para que ciento quince resortes desplegados debajo del tapizado se adaptaran anatómicamente a las formas del visitante y lo hicieran sentir entre algodones. La misma tecnología que la NASA había aplicado en las naves Apolo y que, según el fabricante del sillón, era capaz de transformar el latigazo feroz del despegue en la caricia de una madre. Travis, sin embargo, jamás lo usaba; prefería una sillita cualunque de oficina. Había un por qué: la butaca espacial estaba ahí para tragarse a sus huéspedes; los embotaba en un placer vago y relajante, ese cadalso en el que solían caer decapitadas las voluntades –primero firmes, luego somnolientas-- de delegados gremiales que pedían aumento, de socios que pretendían una tajada mayor de la torta, de empresarios que se resistían a desventajosos proyectos de fusión.

Travis hablaba con palabras que Pereyra no había escuchado jamás en su vida. Una de ellas, que le sonaba a algo así como brequíven, le repiqueteaba especialmente porque parecía ser la clave de todo; la razón que lo había llevado a la gerencia general justo cuando debía estar en Constitución esperando el tren de regreso a Ezpeleta. Pereyra achinaba los ojos como si eso lo ayudara a entender mejor y cada tanto asentía con la cabeza para disimular su desconcierto, pero ese movimiento era tan brusco que se confundía con un gesto de modorra.

--Para que usted se haga una idea más precisa del problema, le voy a mostrar algo. Le pido reserva y discreción –Travis giró hacia Pereyra la pantalla de su computadora--. La línea roja marca la curva descendente de nuestra empresa; la azul, en cambio, el crecimiento de la competencia. ¿Se da cuenta? La crisis es grave. Y cuando una crisis es grave se necesitan decisiones valientes.

Travis hizo una pausa, se paró cuán largo era (un metro noventa de silueta sin adiposidades), rodeó su escritorio y, distendido, se apoyó contra un ángulo del mueble, lo que hizo que Pereyra se sintiera acosado por la insólita cercanía y, sobre todo, empequeñecido.

--Hay que hacer cirugía mayor. No veo otra manera. Está en juego la suerte de los operarios calificados como usted, la de los ejecutivos como yo... –pasó un dedo por el borde de la mesa y miró con disgusto la huella de polvo que se le había adherido a la piel--. Está en juego hasta la suerte de la señora que limpia...

Extrajo del bolsillo interno de su saco de alpaca inglesa una delgada cigarrera de oro. La abrió y le ofreció su contenido a Pereyra.

--Los mejores del mundo, tienen un gustito a chocolate que me vuelven loco. Son franceses, pero los hacen artesanalmente con el mismo tabaco de los habanos Cohiba. Sin químicos, ecológicos. Sírvase con confianza.

Una mano abierta de cuatro dedos, deformada por callos como piedras, lo frenó en seco. Travis reculó con elegancia. Tomó un cigarrillo y lo prendió con un aparatoso encendedor de base de mármol que estaba sobre el escritorio y que hacía juego con un portalápices.

--Lo envidio, créame. Llevo diez años tratando de dejar y no puedo. Intenté todo. Parches de nicotina, hipnosis. En fin, después pienso: si uno no tiene un vicio, ¿para qué vive?

Dio dos pitadas profundas, jugó con las volutas de humo y, como distraído, caminó hacia el amplio ventanal de la oficina para abrir una hoja y dejar que entrara aire fresco.

--Le decía que fue entonces que la empresa pensó en usted. Estimamos que es el hombre indicado. Alguien de la casa, de perfil bajo, confiable y, sobre todo, conocedor del paño.

Travis regresó a su sillita cualunque, abrió el cajón derecho del escritorio y sacó una carpeta de cartulina marrón. En la tapa se leía un nombre, “Pereyra Andrés”, y un número borroneado.

--Dos causas por asalto a mano armada, una por homicidio que quedó en la nada, dos años en la cárcel de Olmos...

Pereyra se revolvió en la butaca espacial, lo que obligó al sistema de sensores a calcular nuevamente el eje gravitatorio de su cuerpo. Todo era verdad: los robos, la cárcel, el muerto, que no había sido el único. Sí. De pendejo había reventado camiones para el Turco. El Turco era como Travis: a veces le hablaba de cosas que no entendía. Y como Travis, también, tenía mucho poder. Lo había conocido una tarde a la salida de la cancha de El Porvenir, bajo los Siete Puentes. Pereyra se estaba cargando él solo a una bandita de hinchas de Berazategui. Pim, pam, pum. Piña y cadenazo, piña y cadenazo. Tenía la cara como una ciruela machucada, pero bancaba lo que le tiraban y no daba un paso atrás. Un derroche de coraje. En eso, dos tiros al aire y los de Berazategui que se rajan. Era el Turco. “Vos sí que tenés aguante, pibe”, le dijo, y ahí nomás le ofreció laburo. Le enseñó a manejar armas y lo rodeó de gente veterana para que fuera aprendiendo el oficio. Siempre le pedía que se controlara, porque se había dado cuenta de que a Pereyra enseguida le saltaba la térmica y arruinaba todo. “Los negocios no se manchan con sangre al pedo”, le repetía el Turco, paciente, comprensivo. Lo agarraba del hombro, lo meloneaba al oído y Pereyra le decía que sí, disculpemé jefe, va a ser la última vez, y al ratito se olvidaba, no por rebelde o por idiota; simplemente no le gustaba llenarse la cabeza con cosas que después le hicieran ruido adentro.

Hasta que una noche de invierno pasó eso, en Villa Tranquila. Asaltaron un camión cargado de televisores. El chofer hizo un movimiento dudoso, como si hubiera intentado sacar algo de la guantera, Pereyra se asustó y le voló la cabeza. También al acompañante; un policía, para peor, que iba de civil tomando mate y llevaba la nueve oculta en una sobaquera debajo de un camperón de Independiente.

El Turco se enteró y lo mandó llamar. “Vení, pibe, que tenemos un asunto en la Isla Maciel.” Le habló y habló durante todo el viaje, como si hubiera querido distraerlo con boludeces, y por fin paró el coche en un descampado al borde del Riachuelo. Bajaron todos: el Turco, él y dos más. La noche estaba vidriosa de niebla y olía a perro muerto. En este punto, siempre, a Pereyra se le empasta la memoria: sabe que algo pasó, un cambio en la voz o en las palabras del Turco, pero nunca acierta a decir qué. Sólo recuerda tres o cuatro balazos, el Turco revolcándose en el suelo, un matón con la frente perforada, otro que corría dando saltitos y él de pie, como saliendo de un sueño, con el revólver caliente en la mano, entre charcos bermellones y una bruma que se arremolinaba ante sus ojos.

--Pero no se alarme, hombre, que no estoy aquí para discutir los capítulos oscuros de su vida. Lo pasado pisado. Así se dice, ¿no? –Travis sonrió y volvió a guardar la carpeta de cartulina marrón.

Lo pasado pisado, sí. Eso Pereyra lo entendía. Eso le decía Lucy cada vez que él se despertaba de noche gritando como un chico después de soñar con cuerpos que sangraban por los ojos. Ella lo abrazaba y lo besaba en la frente y le murmuraba ya está, ya está. Después prendía la luz y le mostraba las cuatro paredes sin revocar, las cabecitas de los nenes asomando de las sábanas en un colchón tirado ahí nomás, porque la pieza de ellos estaba a medio hacer pero avanzaba, despacito pero avanzaba; una manera de recordarle todo lo bueno que tenía, todo lo malo que había dejado atrás. Ahora dormí, Andrés, que en un rato tenés que ir a trabajar, le decía Lucy, y eso lo terminaba de tranquilizar. El despertador a las cinco y media, el viaje en tren, el mameluco, la fábrica. Una vida.

--De lo que se trata –dijo Travis, imparable-- es de aprovechar cierto aspecto de su calificación profesional, llamémosla así. ¿Quiere un vaso de agua?

Pereyra negó con la cabeza mientras parpadeaba a repetición, como quien intenta enfocar una imagen que se le escapa. Sentía un cansancio raro, antinatural. Un peso concentrado en el pecho que lo empujaba contra el respaldo de la butaca.

--El objetivo –continuó Travis-- maneja una empresa familiar, poca cosa. Sobrevivió los años noventa casi de milagro. En esa época, rechazó todos nuestros intentos por comprarle la fábrica. Un insensato: hoy podría estar durmiendo sobre un colchón de dólares en una isla del Caribe. Lo concreto es que se mantuvo firme y, con los nuevos tiempos y algún golpe afortunado, se recompuso y nos amenaza. Hace una semana, en ese mismo sillón en el que está usted sentado, tuvo el tupé de hacer una oferta por la mayoría de nuestras acciones. Imagínese... ¡el mundo al revés!

Travis golpeó el escritorio con la palma de la mano y en el acto se dio cuenta de que estaba perdiendo la compostura, una flaqueza imperdonable para alguien de su jerarquía. Dio la última pitada, se dejó ganar por el humo achocolatado y puso toda su atención en el proceso de apagar el cigarrillo contra la superficie de un cenicero de plata tallada: apoyó levemente la cabeza de tabaco encendida y la fue desplazando en círculos concéntricos, dibujando un espiral de cenizas hasta calmarse.

El rostro de Pereyra parecía haberse fundido en el tapizado negro del sillón. Sólo sobresalían los ojos enrojecidos, que seguían parpadeando frenéticamente como una boya en el río. Los contornos de la espalda también estaban desapareciendo comidos por el cuero que se esponjaba por todos lados. Travis creyó oportuno abrir el cajón izquierdo del escritorio y sacar un sobre de papel madera y una bolsa de plástico transparente de la que brillaba el metal de una pistola. Empujó el sobre hacia Pereyra.

--Acá hay fotos y datos del objetivo. Es un hombre mayor y de costumbres... populares, no se me ocurre otro calificativo –ironizó--. Todos los jueves a la noche va a un club de barrio a jugar a las cartas con sus amigos de la juventud y se queda hasta la madrugada. No tiene custodios ni usa autos blindados. A veces lo acompaña uno de los hijos, un muchacho que tampoco debería traerle complicaciones. Un pájaro a tiro... o dos –dijo Travis y señaló el arma--. La mejor de plaza. Colt Doble Aguila, calibre cuarenta y cinco, cañón de cinco pulgadas. Un balazo bien puesto y listo. Puede parecer un robo. O no. Eso lo decide usted.

Pereyra intentó erguirse pero ya no le daban las fuerzas. Ensayó una frase confusa en voz casi inaudible. Parecía un chico en el confesionario apabullado por la vergüenza de sus pecados veniales.

--Andrés, ¿me permite llamarlo así, verdad? –Travis arremetió, seguro de su victoria--. Usted es un buen hombre, trabajador, nunca una llegada tarde, jamás una falta. Tiene a su mujer embarazada y dos chiquitos más que mantener. Una nena y un varón en edad de escuela primaria, ¿no es cierto? Me han dicho, además, que está edificando una casita en Ezpeleta, bien, bien, me gusta la gente que se esfuerza en progresar... Pero le pido que piense, Andrés. ¿Qué puede pasar si la empresa no levanta cabeza? Recortes salariales, suspensiones, despidos. ¿Cuál de estas suertes cree que le tocará primero a usted? Vea, el futuro está en sus manos. No le pido nada que no haya hecho antes. Y le ofrezco conservar lo que ya tiene: empleo seguro, sueldo puntual el último día hábil de cada mes, cobertura médica. Oro en polvo en estos tiempos. Si algo sale mal, va a contar con el respaldo jurídico de los mejores abogados y le prometo que a su familia no le faltará nada. Si todo va bien, lo que doy prácticamente por descontado, recibirá una bonificación extra con el aguinaldo y ayudas fuera de convenio para la educación de las criaturas. Eso para empezar nomás, porque esta empresa será lo que será pero no abandona jamás a sus empleados más fieles. ¿Qué le parece?

Pereyra refunfuñó algo que Travis interpretó como un sí macerado en desconcierto y sopor.

--¡Así me gusta! Yo mismo me voy a encargar de que le den unos días de licencia para que pueda estudiar bien los detalles. Y el jueves a la noche me liquida el trámite...

Travis siguió parloteando para que no hubiera ninguna rendija de silencio de la que pudieran filtrarse, como una luz, el arrepentimiento o la reflexión. A Pereyra, la voz del gerente le llegaba ahora amortiguada y lejana, como se oyen los gritos de alguien a quien le tapan la boca con una almohada. Un sonido agónico y molesto que amenazaba con no parar nunca y que taladraba su mente desde el vamos extraviada, una mente que quería irse de ahí ya y volver a las cosas simples que no le hacían ruido adentro. Se despegó como pudo del respaldo absorbente y estiró la mano derecha para agarrar la bolsa de plástico. La rompió. Sacó la pistola. La sopesó, la miró de un lado y del otro, y con un movimiento algo torpe, abrió el cargador para verificar si tenía balas.

Sí.

Tenía.

Travis, satisfecho, lo dejó hacer: sabía que su talento mayor era el convencimiento. “Soy un pastor de almas”, solía decir, y presumía de su capacidad de evangelizar al Diablo o de satanizar a Dios según fuera la conveniencia de la empresa. Lo que hacía Pereyra en ese momento –agarrar el arma, sopesarla, chequear el cargador-- era el resultado de su habilidad para moldear voluntades, la cara opuesta de la fuerza bruta. Agarró un nuevo cigarrillo, lo encendió y cuando volvió la vista, creyó descubrir un brillo acerado en la mirada oblicua de Pereyra; una chispa vital que parecía provenir del caño de la pistola y que articulaba su postura: el brazo derecho, tenso, apuntándole, el dedo índice enroscándose en el gatillo. Recién ahí pensó si no había sido una mala idea, si no había ido demasiado lejos.

--¿Qué hace, Pereyra? –murmuró Travis con la respiración entrecortada y la corbata ciñéndose a su garganta como una horca de seda italiana.

Pereyra abrió la boca, un poquito, apenas, y dijo algo en una voz áspera, astillada por el desuso y el pudor. Algo que no era una amenaza ni un ruego. Algo que no estaba dirigido a Travis, aunque a Travis lo miraba con tres ojos, dos enrojecidos del cansancio, otro negro como un pozo sin fondo. Tres ojos, tres palabras.

Lo pasado pisado.

Lo dijo y se dejó ir. Primero aflojó el brazo derecho. Luego los dedos de la mano, uno a uno. La pistola cayó al piso de parquet con un ruido seco. Eso fue lo último que escuchó Pereyra. Eso, y la tos nerviosa de Travis.


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