[Desde Pinamar]

Una de las tantas cosas que trastocó la cuarentena fue el sentido del tiempo: a diferencia del viejo acertijo sobre si pesa más un kilo de plomo o uno de plumas, un año no duró lo mismo que el 2020, tan pringoso e interminable que cerró con ese meme en el cual el 31 de diciembre era sucedido por el 32, por el 33, y así hasta un infinito aterrador.

Dicho esto, el 1º de octubre –hace apenas tres meses… que parecieron tres años– publicamos en El NO una nota sobre la entonces flamante normalidad mixta porteña: la Plaza Houssay reinauguraba un patio gastronómico con distancia social y en los espacios verdes la gente se entreveraba sin tanto reparo y la policía intervenía como le pintaba: mientras un agente reprendía a una chica que tomaba sol en el barranco lindero a la entrada del subte, otros dos charlaban a carcajadas con un muchacho sin barbijo pero con birra en mano. Todo en un contexto de notable fastidio acumulado por meses de encierro sanitario entre personas mirándose de cerca pero con recelo.

La volanta de aquella nota presentaba la crónica como "un botón de muestra para un verano posible" por la sencilla razón de que ese era el escenario que podría repetirse si –tal como se confirmó un mes después– se abrían las rutas para vacacionar dentro del país.

Otro verano... ¿es posible?

Cada punto turístico tiene sus atractivos, sus encantos y su perfil social. En ese catálogo, Pinamar históricamente fue un destino de familias ABC1, lleno de jóvenes dispuestos a copar playas, curtir paradores, acelerar en cuatriciclos e ir a boliches. Pero este verano, con todos los protocolos, restricciones y obligaciones, la bocha cambió completamente. O eso parecía.

A excepción de Mar del Plata (con toda su potencia de gran ciudad, sobre todo a la hora de evaluar números e índices), Pinamar fue la localidad costera que más contagiados de Covid tuvo en 2020, al punto de que inauguró su temporada con casi 200 casos activos tras un alarmante pico de 280 en octubre, justo cuando se libraban las negociaciones y los lobbies para que hubiera temporada turística.

No obstante, el sábado vimos una escena dantesca en pleno centro, a metros del muelle y cerca del límite con Ostende, otra de las localidades del partido de Pinamar: policías del Operativo Sol intentaron disipar el amontonamiento de pibes rampeando en cuatriciclos y con sirenas a todo volumen entre la multitud. Un día antes, una barrera de efectivos se había desplegado en la desembocadura de la avenida Bunge para impedir que los jóvenes bajaran a la playa en la madrugada del 1º de enero, tal como suele ocurrir para Año Nuevo en todas las ciudades de la costa argentina.

La estrategia se vendió como "disuasiva" y no como "represiva", pero los resultados fueron negativos: en lo sucesivo, el parador Boutique Club de Mar intentó aplicar un sistema de "burbujas" con plataformas de palets para que el piberío dispusiera de un after-beach a la tardecita, con bebidas y música, bajo un aparente distanciamiento social que fue imposible de cumplir porque unos y otros se desplazaban de aquí para allá.


Las fiestas y pandemias de la temporada

Otro drama es el de las fiestas clandestinas. El lunes descubrieron una en la zona del El Bosquecito, al norte de Pinamar, con alrededor de 600 pibes, aunque en simultáneo es probable que se produzcan otras que no llegan a ser desbaratadas porque ocurren con más sigilo (o desatención). Como si esto fuera poco, un reciente relevamiento de la Universidad de Hurlingham arrojó un dato que conviene considerar: 1 de cada 4 positivos por covid en ese municipio tienen entre 18 y 20 años.

El uso del barbijo es obligatorio cuando uno se desplaza, sea en el lugar que sea, y sólo está permitido sacárselo al sentarse en un local gastronómico o establecerse en un lugar fijo de la playa. Pero la norma es ignorada de manera preocupante: por la misma Bunge, el gentío se mueve en una masa donde el tapabocas se distingue casi excepcionalmente. Algo similar se ve en la calle Espora y alrededores, centro neurálgico de Valeria del Mar, la alternativa "económica" de Pina.

No pasó una semana de la primera de las cuatro quincenas fuertes de la temporada y parece que los controladores ya tiraron la toalla ante la imposibilidad o impericia de manejar el multitudinario desbande. Entonces todo parece quedar en manos de la "responsabilidad social", una apelación que no funcionó en el verano europeo y desató el rebrote de contagios que motivó cuarentenas aún más duras que la primera. Europa es nuestro "diario del lunes", el lugar que nos permite anticipar lo que luego puede suceder aquí. Y lo que ahora está pasando no es nada alentador, tomando lo visto en plazas y parques porteños en la noche del 24 de diciembre.

En paralelo, toda la costa cundió ante el rumor de que la temporada podía darse por terminada el 15 de enero si este caos creciente deriva en una explosión de contagios, convirtiendo al verano 2021 en una bomba sanitaria imposible de desactivar. Finalmente se desechó esa opción, aunque por lo bajo se evalúan otras alternativas, como el toque de queda nocturno.

La transición y el trance hormonal

La pregunta es qué hacer con una marea de jóvenes acostumbrada histórica (y culturalmente) a veranear en busca de opciones de esparcimiento. ¿Cómo funciona la cabeza de quien estuvo acuarentenado todo el año por una pandemia mundial y ahora tiene la puerta abierta para salir a jugar? Una olla a presión caldeada por intensidades hormonales que, según lo visto hasta el momento, se imponen por encima de la necesidad de entender que este verano no es parte de la vieja normalidad, pero tampoco de la nueva.

La temporada 2021 es una especie de transición que, al mismo tiempo, sirve para mirar desde arriba hasta qué punto cada cuál es capaz de ejercer estas libertades concedidas sin literalmente cagarle la vida a los demás. La respuesta a estos interrogantes la tendremos en breve.