Cruces negras

Imagen: Celina Cappello

EL CUENTO POR SU AUTOR

La historia la escuché en un bar de L'Hospitalet, una barriada en la periferia de Barcelona. Me la contó Irena, una croata que emigró de su país cuando aún se llamaba Yugoslavia. “No parecés argentino”, me dijo detrás de la barra donde servía cañas dobles sin mirar la chopera. Luego, cuando empezó a recargarme vasos a mitad de precio, siguió con la historia del “segurata” del MACBA. Me dijo que también era argentino, que podía tener mi edad. Me dijo que durante dos años fue a un bar de Barceloneta todas las noches, donde ella trabajaba. Me dijo que aún en primavera llevaba un montgomery largo, para que no se le viera el uniforme de seguridad. Me dijo que dibujaba muy bien. Me dijo que en su país podría haber sido falsificador. Me dijo que hacía un tiempo largo que no sabía nada de él, que la última vez que hablaron había sido una llamada breve desde el aeropuerto. Pasaron varios años hasta que me senté a darle forma a la historia, el tiempo que tardé en olvidarla. La llamé “Cruces negras” y cierra el libro Biografía y Ficción, que obtuvo el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en el 2017 y fue publicado por la editorial Notanpuan. 


CRUCES NEGRAS

I

De miércoles a lunes, de once a veinte, me siento al lado del vacío, de la desolación, de la ausencia. Eso es lo que escucho de los hombres y mujeres que pasan unos segundos por mi lugar de trabajo. Avanzan con paso tímido, culposo, como si estuviesen entrando a la ceremonia de una religión que intuyen ajena. Ellos me observan de reojo, me identifican, pero me dan menos importancia que si fuera una cámara de seguridad. Me pagan por sentarme en un taburete cuarenta horas a la semana. El taburete está en un rincón de la sala cuatro del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Mi función, es que nadie toque o altere las obras que los turistas apenas se detienen a mirar.

En la sala hay cinco cuadros de autores diferentes. A simple vista, podrían atribuirse al mismo. Tienen dibujos de rayas, cruces, círculos, pintados con trazos anchos y delgados. Por más que te pares enfrente -de cualquiera- ocho horas por día, no te dicen nada. Ni siquiera impacta la combinación de colores. Blanco, negro y gris es el tridente cromático que manda. De lejos, parecen banderas de países recién descolonizados hechas a las apuradas. Todos la misma porquería. Eso pensaba. Hasta que alejé el taburete de Dos cruces negras.

Al día siguiente, mi jefe me esperó en la puerta de la sala. Sin abrir la boca, agarró el taburete y lo volvió a colocar al costado del cuadro. Después sacó el ipad que usaba como agenda. Primero me mostró una foto de su novia con un pote de Kentucky Fried Chicken. Luego, simulando una torpeza artificial, cambió con un dedo la pantalla. En reemplazo del pollo grasiento y de los cachetes gordos, apareció un gráfico con la curva de desocupación que mis amigos de facebook no paraban de compartir.

II

Como todo lo que ocurre en esta ciudad, el nombre oficial del cuadro está en catalán. Dues creus negres, dice en un cartel blanco debajo del nombre del autor, Antoni Tàpies. El catalán no es una lengua difícil. En poco tiempo aprendí a leerlo y a escribirlo. El problema aparece cuando intento pronunciarlo. Tartamudeo como un futbolista argentino cuando lo presentan en la Premier League.

En Barcelona llevo dos años nomás, aunque me parezca haber pasado una vida. Debe ser porque ando cerca de festejar mi década española. Tenía diecinueve cuando me vine. Vi despegar el helicóptero de la Casa Rosada, con el muñeco del ex presidente de pasajero, y pensé yo también tengo que rajar. En un cajón guardaba la partida de nacimiento de mi abuelo; del papá de mi vieja que conocí sólo por fotos. La tenía desde el último año del secundario. Hasta un pendejo como lo era yo podía intuir que el país se iba al carajo. Junté los papeles que me faltaban y saqué turno en el consulado español. Me pasé una noche entera haciendo una de esas colas milenarias que salían en la tapa de los diarios. Pasaron dos meses, cinco presidentes, treinta y nueve muertos, y me convertí en ciudadano europeo.

El mismo día que me dieron el pasaporte saqué un pasaje a Madrid. Desde entonces trabajé en un lavadero de autos, de lavacopas en un comedero chino, de repositor en un mercado de paquis, de botones en un hotel, atendiendo una cancha de futsal en Chueca y en la tienda del Reina Sofía. El tour ascendente por la cadena del inmigrante tercermundista, me dijo por skype un amigo politólogo. Luego, en una especie de venganza íntima y monetaria, me tomé el paro un año entero. Viajé por otros países de la eurozona, goteando el subsidio español.

Por algún motivo que desconozco, siempre giro en círculo. Mi último destino fue España, Barcelona. Llegué siguiendo a una argentina. Compartimos piso cinco años y cuatro la cama. El asunto iba bien. Hasta que se metieron Zapatero y Rajoy en el medio, estalló la burbuja de mierda financiera y se volvió a Buenos Aires. Estuve a un sí de acompañarla. Pero la verdad es que allá no hay nada para hacer.

Este trabajo me lo consiguió un ex colega del Reina Sofía. Cansado de subir datos a portales de empleo, mandé un mail desesperado, en cadena a la lista de contactos de gmail. Al rato, el pibe que cuidaba las mini-réplicas del Guernica, me contestó. Me dijo que le mande un cevé, que había escuchado que necesitaban gente en el MACBA, que no se me ocurra mentir, que ponía en juego su laburo con la recomendación. Luego me envió otro mail. Me pidió que haga una pequeña modificación. Así dijo, pequeña modificación. Donde decía que había trabajado de lavacopas, botones, recepcionista o repositor, debía escribir seguridad.

III

La primera vez que me puse el uniforme, me acordé cuando de pibe me vestía de Duke, el Primer Sargento del Comando G.I.JOE. En el vestuario, el jefe, bizco y con pinta de analfabeto, me dio una bolsa de nylon y una caja de cartón madera. En la bolsa había un pantalón negro, una camisa gris de mangas largas, una corbata con el nudo hecho y una chaqueta con un bolsillo en el lugar del corazón. En la caja de cartón madera, un par de botas militares que parecían diseñadas por Himmler. Tardé menos de diez minutos en disfrazarme. Abrí el locker y me miré en el espejo detrás de la puerta de chapa. Como en las viejas publicidades de cigarrillos, sonreí.

Apenas entré a la sala cuatro, me imaginé en la barra de un bar de Barceloneta al terminar el turno. Me senté en el taburete y apoyé la espalda contra la pared blanca. Pasaron dos horas y a la sala no entró nadie. Saqué el celular del bolsillo de la chaqueta y lo guardé enseguida: no tenía mensajes ni mails. Después miré la cámara de seguridad colgada en un ángulo del techo. Tuve la sensación de que era un aparato de decoración, de que no existía un panel de pantallas en un cuarto oscuro, donde otro seguridad me estuviera observando como si fuese una cámara Gesell.

Este trabajo es mejor que lavar copas de alemanes americanizados o que obedecer a un chileno dueño de un hostel copado, como nos exigía decir. Sin embargo, después de nueve horas diarias viendo líneas que no van a ninguna parte y de admitir que mi función la puede cumplir un espantapájaros, el aburrimiento se convierte en un monstruo invisible. Se camufla en el silencio blanco de la sala, se te mete por los orificios de la nariz y de los oídos. Si no encontrás el modo de entretenerlo, se te acovacha en el centro del estómago y, de a poco, destruye lo que te queda de vida por dentro.

IV

El silencio blanco de la sala sólo es interrumpido por el chirrido del carro de limpieza o por la respiración de un visitante. Apenas entran a la sala encaran a las fichas que están debajo de las obras. Fruncen las cejas, algunos sacan un par de anteojos, y continúan. Los que se detienen unos segundos, por lo general se demoran más en leer el nombre de la obra, del autor y la fecha, que en mirar el cuadro. Unos pocos se enfrentan al texto del catálogo, buscando una explicación, unas líneas para reproducir cuando tengan que jactarse de su paso por el MACBA. Luego se van arrastrando los pies, buscando una salida del laberinto, paladeando el sabor de la estafa en la boca, pensando que podrían haber gastado esos euros en cañas y jamón serrano en el mercado de la Boqueria. Al menos, eso es lo que pensaría yo en su lugar.

En los últimos meses cada vez hay menos visitas. Ascen, una de las curadoras del museo, me contó que una crítica despedazó la muestra. No sé si será verdad. No pierdo el tiempo leyendo suplementos culturales. Luego de haber pasado seis meses en este taburete, prefiero pensar que los turistas no son estúpidos y percibieron la farsa. Aunque, para ser cuerdos, las salas vacías son otra consecuencia de la crisis. Desde la administración armaron promociones especiales, visitas guiadas hechas por artistas, convenios con museos afines y otro recetario de soluciones que ni siquiera llegaron a ponerse a prueba.

Puede pasar una semana entera sin ver a nadie ajeno al museo dentro de la sala. Por momentos, me imagino que estoy en la habitación de una clínica neuropsiquiátrica, con cuadros millonarios, adquiridos sólo para impresionar a los familiares de los clientes. Encima, en un ataque de disciplinamiento desesperado nos prohibieron usar el celular. Dicen que da mala imagen, que alienta el desgano de las visitas, que contagiamos el desinterés por las obras. Antes de ponernos el uniforme debemos dejar el celular en una caja de metal como si estuviésemos en un colegio secundario. Para pasar las horas me traje una libretita. La uso para dibujar. Nunca fui muy bueno, pero viendo las porquerías que hay acá tengo esperanzas.

Una tarde y cuatro borradores me sobraron para hacer una réplica exacta del cuadro de Tàpies. Juro que no estoy exagerando. Al fin y al cabo, tampoco es como los dibujos de ese tal Juan Gris que están en el piso de arriba. Dos cruces negras y gruesas en las puntas, unos raspones grisáceos en el medio y listo.

Estaba tan contento con la copia del dibujo que esa noche se la mostré a Irena. Cuando me rellenó la caña doble dejé la hoja en la barra, pegada al apoya vasos.

Es tuyo, me preguntó clavándome sus ojos balcánicos.

En parte, le dije.

Me parecía, dijo. Me gusta, pero le falta algo. Y no hablo de colores.

Irena interrumpió el comentario y atendió a un catalán que se había sentado junto a mí.

Luego volvió y dijo: otro símbolo, eso, le falta otro símbolo.

V

Al día siguiente, casi ni me senté en el taburete. Recorrí la sala cuatro de punta a punta, despacio, siempre con la vista fija en Dos cruces negras.

De qué símbolo me habla, me pregunté llenando el tiempo. En el cuadro están las cruces y nada más. No puede ser tan trucho este tipo. Ahí tiene que haber algo, otra cosa, pensé.

Me acerqué a la entrada y agarré un catálogo en castellano del buzón transparente. La única vez que había tenido uno en la mano, lo había usado para abanicarme. Debajo de una foto de Tàpies, entre comillas, decía: “El interés por la cruz es consecuencia de la gran variedad de significados, a menudo parciales y aparentemente diferentes, que se le han dado: cruces (y también equis) como coordenadas del espacio, como imagen de lo desconocido, como símbolo del misterio, como marca para sacralizar diferentes lugares, objetos, personas o fragmentos del cuerpo”.

Igual que las banderas, pensé, esas cruces están puestas para marcar un territorio. Un territorio que sin las cruces no existiría, sería tierra virgen, la nada. Un territorio blanco, puro, alterado por la oscuridad de las cruces.

Anoté estas ideas en la libreta. Las leí y las sentí ajenas. Sin embargo no las taché. Di vuelta la hoja y, como si estuviera descubriéndola, miré con atención la copia que había hecho, disconforme.

VI

Irena se movía detrás de la barra igual que un químico en un laboratorio. A la vez que servía pinchos sobre platitos de café, bajaba de los estantes botellas rojas, verdes y transparentes. Al abrirlas olía el interior de las tapas y luego mezclaba el contenido en vasos largos que parecían tubos de ensayo. Llevaba el pelo negro atado, exhibiendo la cicatriz en el cuello que arrastraba desde chica, desde el año en que su país de origen dejó de ser Yugoslavia para autoafirmarse como Croacia.

Esperé a terminar el pedazo de tortilla y la segunda caña para hablarle. Mejor dicho, para darle la hoja con el dibujo. Como si estuviese pasándole las coordenadas de un ataque terrorista, repetí la estrategia de la noche anterior. Pedí que me vuelva a llenar el vaso y apoyé sobre la barra la hoja que había arrancado de la libreta. Irena tiró de la palanca de la chopera hasta que la espuma desbordó el vidrio. Luego, en un mismo movimiento, sacó la hoja con el dibujo y apoyó el vaso en el lugar de la barra que acababa de dejar libre. Lo miró con atención, punzándolo con sus ojos azules.

Un pez, me preguntó en su castellano adiestrado, al que era capaz de torcerle el tono para traficar una ironía. Cuando te dije que le faltaba un símbolo hablaba de algo propio, de algo que fuese tuyo. Esto se parece a uno de los caprichos de Gurvich, dijo con el dedo sobre la hoja.

Debajo de la primera cruz había dibujado un pez en vertical, con la cabeza apuntando hacia el centro. Yo no tenía idea de quién era Gurvich. En los labios de Irena, sonaba como una de las puteadas que escupía en croata cuando le miraban demasiado las tetas.

El símbolo no debe tener un significado por sí mismo, continuó Irena. El significado se lo tiene que dar la estructura, el universo que lo contiene. Pensá en las cruces de Tàpies, dijo buscándome los ojos. En mi país podrías haber trabajado falsificando pasaportes, agregó. Esas cruces no hablan sólo de la fe cristiana ni, menos, de la muerte de cristo. En este cuadro, dijo señalando el dibujo, a las cruces, al cristianismo, se les adjudica la creación. Vienen a confirmar el anacronismo del génesis, a decir que sin dios no habría nada, que él es el creador de todo.

Mientras la escuchaba, entre sorprendido y fascinado, con un fibrón negro iba dibujando círculos en espiral sobre la cabeza del pez.

Irena me llenó el vaso sin que se lo pidiera.

Levantando la voz para recortarla del murmullo que crecía en la barra, continuó: En el cuadro, Tàpies nos dice que nacimos de la muerte negra de cristo. Pero se equivoca. De la muerte no nace nada. Yo que nací y crecí en la guerra te lo puedo asegurar.

Esa noche no dormí. En internet encontré una galería de fotos con los cuadros de Tàpies. Con dos clicks amplié la imagen de Dos cruces negras. Acostado en la cama, con la notebook apoyada en el pecho, la observé con una birome en la mano y la libreta sobre el teclado.

La pantalla encendida era un tajo en la oscuridad del cuarto. La luz chillona alcanzaba para alumbrar la libreta y el contorno de mi cara. Tracé en el papel, una y otra vez, el perímetro de las cruces.

Cuando la claridad del día empezó a filtrarse por la ventana, iluminó los bollos alrededor de la cama. Pasé con cuidado las hojas que no había arrancado del anillado. Me detuve en la última. Un símbolo que no recordaba haber dibujado sobresalía entremedio de las dos cruces.

VII

María Cristina, la encargada de limpieza, se asustó al verme del otro lado de la puerta de servicio. Faltaba una hora para que me tocase dejar la huella de mi pulgar en el registro digital y dos para que el museo abriera al público.

Qué haces acá, me preguntó más por instinto que por comunicación.

Fui a hacer un trámite cerca y terminé temprano, le dije sin esperar que me creyera. Avisame cuando terminás y tomamos un café, le dije mientras giraba hacia el pasillo.

Las paredes de la sala cuatro tenían el color de la sombra. Las dicroicas de los ángulos superiores aún no habían sido prendidas. Sin embargo, las cinco telas resplandecían como si tuvieran luz propia. Levanté el taburete y lo puse frente a Dos cruces negras. Saqué la libreta que llevaba en el bolsillo interno de la campera. Busqué la hoja con el dibujo: la interpuse entre mi vista y el cuadro. El esbozo era idéntico. La única diferencia era el símbolo que había descubierto: un semi círculo del tamaño de un dedo, en sentido horizontal, paralelo a la cruz superior.

Con un impulso que ahora recuerdo ajeno, como empujado por un viento fuerte o, mejor, por dos hombres vigorosos que no admitían resistencia, abandoné el taburete y caminé hacia Dos cruces negras. Luego tanteé en los bolsillos de la campera, hasta que encontré en el pantalón el bulto que buscaba. Un fibrón negro indeleble. Lo agarré igual que a un puñal. Y en dos trazos de dudosa conciencia, emparejé las diferencias que había entre la hoja y la tela.

VIII

Es sólo el comienzo, me dijo Irena en un tono que no admitía refutación.

Desde que había vaciado la última caña y me dispuse a irme del bar, estuve pensando en esa frase. Las palabras de Irena no me revelaban nada nuevo. Tampoco agregaban elementos o conexiones que no hubiese pensado durante las noches de insomnio que arrastraba. Sin embargo, al escuchar la sentencia salir de su boca, fue como si las ideas que tenía pingponeando en la cabeza se hubiesen materializado. Las vi tomando textura, color, temperatura; recobrando la forma de un obstáculo sólido y afilado que no podía esquivar.

Iba a subirme a un taxi pero preferí caminar. De pasada, frené en el único bar abierto del Gótico. Estaba cargado de argentinos y brasileros. Me tomé una ginebra acodado en la barra. Se me acercó un argentino preguntándome por putas y drogas. Le contesté en catalán y se alejó diciendo boludo con una mueca en la boca. Luego, cerré el montgomery marrón que no me había sacado y salí a la calle.

Afuera, empezaba a amanecer con la timidez propia del invierno.

María Cristina no se sorprendió al verme en el hall central tres horas antes de que fuera mi turno. No necesité justificarme. Le di una bolsa de madera con media docena de churros y le dije “me merezco un café, ¿no?”. Ella sonrió y, como si siguiera una orden, encaró hacia el subsuelo donde estaba la cocina. Apenas giró, me fui para el otro lado del museo.

La sala cuatro estaba iluminada con una sola dicroica. Soltaba una luz amarilla y cónica sobre Dos cruces negras. Caminé hacia el cuadro igual que un sonámbulo. Me detuve de golpe. Y en dos movimientos apoyé la punta del fibrón negro sobre la tela. Luego sentí que el trazo se desplazaba con fuerza propia, siguiendo un perímetro translúcido que debía ser remarcado. Me alejé tres o cuatro metros. Lo contemplé acariciándome la barba que me había crecido en los últimos días. Sobre la tela blanca, en negro azabache, igual que el color de las cruces, había dos círculos entrelazados. Parecían un par de alianzas o la suma de dos cintas de moebius.

Algo del orden del equilibrio se había quebrado. La sala empezaba a inclinarse. Desde mi perspectiva, la veía hundirse suavemente. Un bote de madera arrastrado hacia el fondo del océano por el ir y venir del oleaje, de un oleaje verde y espumoso. La base del marco de Dos cruces negras estaba a la altura de mi cabeza. El resto de los cuadros raspaban el suelo. Parado en el centro, temía dar un paso sin acertarle a una baldosa. Iba a gritar, a pedir ayuda, a decir auxilio como si estuviese en el balcón de una casa carbonizada. Pero tampoco lograba abrir la boca. Menos mover la lengua. La tenía apretada entre los dientes; agujereándola, agrietándola, exprimiéndole sangre igual que jugo a un limón. Con solo estirar los brazos alcanzaba a tocar las cuatro paredes. Cada vez las sentía más cerca. Podía oler los pigmentos secos, tocar el relieve de las telas, mirar el espesor de los trazos. Con el brazo pegado al cuerpo, busqué en el bolsillo el fibrón. Lo saqué con el puño cerrado y apunté al frente, hacia las cruces y rayas que amenazaban con aplastarme.

IX

Irena me contó que María Cristina me encontró tirado en el suelo de la sala cuatro, con la mano negra y el fibrón sin tinta. El resto de los cuadros tenían el mismo símbolo que había agregado a Dos cruces negras. Me lo dijo en el aeropuerto. La policía española me había dejado hacer una última llamada antes que me deportaran.

Me subieron a un vuelo de Aerolíneas Argentinas con un juego de esposas en las muñecas. Me acordé que cuando había viajado por primera vez a Madrid, el almuerzo lo servían en bandejas que tenían el logo de Iberia. Me sentaron solo en una fila de cinco asientos como si fuese un pasaje en primera. Me explicaron que iban a juzgarme en Argentina. Un oficial me dijo que fueron negociaciones de Cancillería. Parece que ahora sos famoso, agregó. Luego dijo que en el aeropuerto me esperaban la policía y una periodista de un suplemento cultural. Para hacer un perfil sobre mi obra.


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