Un libro para heterosexuales y no tanto que buscan una vida mejor

"Amores bárbaros": Monogamia y patriarcado, un solo corazón

El nuevo libro de Abelardo Barra Ruatta, Amores bárbaros. El asedio a la monogamia patriarcal (Prometeo Libros apunta contra los males de la monogamia, sus orígenes y sus consecuencias. El filósofo cordobés que ya ha trabajado sobre otras vivencias al margen como el erotismo del pie y del zapato, conversó con SOY sobre el amor, el cariño, las trampas de la propiedad privada en las relaciones amorosas.   

Es responsable de un pensamiento propio que él mismo también reconoce tributario de formulaciones ajenas, algunas muy anteriores a sus investigaciones. Es un pensamiento forjado en la ciudad cordobesa de Río Cuarto, en la que fue un profesor universitario amado por sus alumnos y combatido por algunos colegas. Con ese doble apellido lleno de erres (como para que la voz pese cada vez que se lo nombra), el Licenciado en Filosofía especializado en Ética Aplicada Abelardo Barra Ruatta salió del armario de ciertas ideas “imposibles” en 2013 con El animal que calza. Erotismo del pie y del zapato, libro que marcó su desembarco definitivo en el estudio y la exploración personal de zonas eróticas que para la heterosexualidad suelen permanecer silenciadas. A partir de él, de su diálogo con mujeres de todo el mundo a propósito de la “podolatría” y una sexualidad extragenital, Barra Ruatta cobró fuerzas, publicó un nuevo libro en Buenos Aires -Ética erótica. Política, tecnología y gestión de los placeres (2019)- y ahora, en este enero pandémico y enrarecido, presenta Amores bárbaros. El asedio a la monogamia patriarcal (Prometeo Libros), un trabajo que define como su mejor libro y en el que propone desarmar la monogamia obligatoria en la que viven, sin opción aparente, miles de millones.

Aunque aquí en territorio de SOY suene ajeno, Barra Ruatta es heterosexual. Piensa desde y para la heterosexualidad, pero planea desregularla. Si los amores, las relaciones, los modos de vincularse que él postula en las páginas de su edición son “bárbaros” es justamente porque no son civilizados, porque en este estado de los Estados que sería la civilización no encuentran más que ataduras internas, deberes sociales y cercos morales. Hay largos párrafos sobre celos, conflictos, swingers, rechazo a la noción de pareja nuclear con compañeros ocasionales y apología de la orgía como momento tan íntimo como desenfrenado.

Abelardo cree en el amor. Cree que el amor es digno, poderoso e intenso. Esa intensidad, dirá, no puede ser sentida y destinada sólo a otra persona, a otre más y a nadie más. Como quien aprendió a multiplicar observando las prácticas de varones gays, asoma en sus argumentos aquella “promiscuidad” con la que históricamente se combatió a los homosexuales. De hecho, la reinvidica expresamente: “Yo reinvindico la idea de promiscuidad porque veo en ella mezcla, desorden, cambio, transformación y cohabitación simultánea de amantes con libres y voluntarios proyectos de convivencia amorosa en un orden desprovisto de jerarquías excluyentes y devaluatorias”. Barra Ruatta homenajea así al trolaje histórico, ubicándolo en la cima de la “sofisticación erótica” de Occidente: “La homosexualidad llegó a ser la forma sublime de las relaciones sexo-afectivas” anota. Por eso, también por eso, dialoga con SOY.

En Amores bárbaros hay una sentencia transversal: “La monogamia es una forma de la propiedad privada”. ¿Por qué?

Yo lo vinculo con cierta seguridad que me viene dada del conocimiento histórico respecto de cómo emerge la propiedad privada, muy vinculada a aquellos momentos donde es necesario tener absoluta seguridad sobre a quiénes se van a legar los bienes. En este sentido, es cuando el varón, el patriarca, el macho se apropia del útero femenino y así del cuerpo de la mujer. En ese momento la transforma en un enser, una parte de la casa; como un mobiliario, un útil. Incluso en el pensamiento griego totalmente sofisticado ya, sutil y desarrollado, en La política de Aristóteles, en el capítulo dedicado a la economía, la mujer forma parte de la casa, es la encargada de manejar a los esclavos, como una cosa; la mujer en Aristóteles no es plenamente racional, es capaz de comprender la razón pero no tiene la racionalidad en su total plenitud, es decir que tenemos que señalar que Aristóteles -esto lo hice mucho como profesor y molestaba mucho a mis compañeros- fue el padre del machismo. 

¡Alta acusación para Aristóteles! 

Y eso no sería lo más grave: lo más grave es que fue el padre de la esclavitud, porque él consideraba que había hombres que carecían de racionalidad, que había esclavos que lo eran por naturaleza y la mujer estaba un poquito por ahí, cerca. A partir de ahí ella queda totalmente al servicio de la reproducción, la forma primitiva del capital. De un modo más bien grosero, siempre se ha procurado que los capitales se reproduzcan. En los períodos medievales, los feudales a través de alianzas matrimoniales, que dan por efecto el aumento de cuestiones patrimoniales, de fortuna, de poder mucho más amplio. La mujer fue siempre un bien de cambio, de trueque. Eso implica someterla a monogamia.

De allí que insistas en el libro con la innaturalidad de la monogamia. Decís que la monogamia no es natural ni antinatural: es innatural.

Porque es una práctica cultural que no está ahincada en la naturaleza. Hay un intento mistificador llevado a cabo por quienes detentaban el poder, y para quienes todavía lo detentan y lo custodian: quieren mostrar que ciertas cosas son absolutamente naturales. Entonces, yo no diría que se trata de algo totalmente antinatural porque no es antinatural amar a alguien, no es antinatural querer estar con alguien, lo que quiero tratar de mostrar es que es una construcción, una forma de unión construida culturalmente y que perfectamente puede ser discutida, disputada, relevada, modificada. Carece de naturalidad, no tiene nada de natural. 

¿Y el amor?

En la introducción -que es un poco larga- a mi me interesa mucho demostrar cómo los sectores dominantes de todas las épocas se apropiaron de la palabra, e identificaron la palabra con la cosa. Tenemos todavía la libertad de poder seguir construyendo mundos posibles que siguen emergiendo porque existe la cosa sin nombre. La cosa amor no se agota en la monogamia, se agota en formas que ni sabemos cuáles van a ser, como las relaciones interespecies o las relaciones con máquinas, con híbridos. Jamás vamos a tener la última palabra. Nunca vamos a poder definirnos aunque para algunos la indefinición puede llegar a ser algo muy doloroso de aceptar, como una carencia de identidad.

Los feminismos y buena parte de lo que el mundo llama diversidad sexual sí ha experimentado desde siempre formas de relacionamiento no estrictamente monogámicas. ¿Por qué crees que la heterosexualidad no?

Las causas deben ser más que una. Me parece que en otras formas de relacionamiento no heterosexual estamos encontrándonos con algo interesante. El nombre absoluto del amor vendría a ser la relación entre un hombre y una mujer. Ese es “el amor”, ese es el paradigma, de modo tal que cuando algo rompe con eso ya estamos frente a una cosa novedosa y rica, completamente distinta y que puede ser un disparador para otras exploraciones. Ahí encontramos sujetos díscolos, disidentes, sujetos que instalan una ruptura de esa unicidad. La cosa se vuelve más fogosa, más como el fuego, más como Heráclito, la idea de la llama que no tiene formato. El amo, el dueño de la palabra, es un tipo enfermo, hay cierta patología en el amo y es la perversión de su carácter; un tipo atravesado por un mal moral que es su deseo de posesión absoluta. Nada puede ser discutible. La permisibilidad en una relación heterosexual -sumar experiencias, emprender exploraciones- es un menoscabo del carácter del macho. El macho ve cómo se restringe su potencia masculina. 

El factor macho entra en juego...

Su ser macho se deteriora, decrece cuando permite algo, cuando está en juego. Este aspecto que yo diría es de más tipo psicológico tiene que ver con cierta dignidad moral. Que esté todo bajo control. Ese control es lo que ha impedido que existan otras cosas, lo que no significa que ese ser perversamente maligno ha sido sin embargo un monstruo que ha hecho todas las tropelías sexuales habidas y por haber, ha tomado el cuerpo de las personas más frágiles que han sido las mujeres a las cuales las violó sistemáticamente en sus aventuras colonizadores por todo el mundo, las sometió en América, en Asia, en África por todas partes, pero por supuesto siempre vistas como simples cosas y en las propias sociedades en donde estos individuos moran también lograron instaurar un sentido común que expulsa al macho de ciertos deberes que son absolutamente necesarios de respetar por parte de la pareja en su conjunto. La mujer jamás puede vulnerar la norma heterosexual básica que es la fidelidad, ese compromiso asumido no lo puede dejar nunca, en cambio el varón... Por eso siempre existieron las amantes, los prostíbulos, “las segundonas”. Para la mujer ha existido cuando mucho el tipo que fugazmente la puede haber enamorado en un pasillo diciéndole una palabra hermosa. Este hombre duro, este macho, no necesita decírselo porque ella es su esclava, no necesita enamorarla permanentemente, esa es otra de las cosas trágicas… no hace falta amar a esta persona, hace falta mantenerla ahí como un muebles de la casa.

LA FUERZA DEL CARIÑO

“Comunalismo de los afectos” y “Camaradería amorosa”, dos conceptos clave que Barra Ruatta emplea a cada renglón. El primero busca superar al mero comunismo y priorizar el cariño como principio constructivo. El segundo, piensa en el respeto y, cómo no, en el romanticismo bien repartido. Si hay algo a lo que su libro no le teme, además, es a los posibles eslóganes. Como una caja secreta de mantras condenados al arte gráfico en el espacio público, asoman en él afirmaciones del tipo “Nuestra desnudez consiste en desvestirse”, “Toda solidez es una provación a la verdad” y “Un tiempo decidido por la vitalidad de los afectos”. En las útlimas décadas, las derivas teóricas de Barra Ruatta lo alejaron de su relación monogámica con el marxismo. Hoy es feliz con su poliamor anarquista y a ese poliamor gusta en llamarlo “el acaso de los gustos”.

Amores bárbaros está dedicado a tus hijes y a la libertad con la que en este orden puedan vivir. ¿Qué sentís hoy respecto de nuestra sociedad? Si hay cambios, ¿llegan a ciertas provincias?

En las provincias las cosas vienen retardadas. Hay cosas que van cambiando pero siempre hay más lentitud. Aprendo con mi hija menor, de 16 años. Pero la sociedad va a tener cambios que no vamos a poder imaginar. Es cierto que para el poder moral -hay que saber identificarlo porque es un poco foucaultiano difuminado por todas partes- bueno ese poder se va a sentir muy escandalizado y por cierto ya se sienten escandalizados sino no estaríamos hablando de estos libros en donde decimos que estamos poniendo en cuestión lo existente.

¿Y cómo te fue a vos en este sentido? ¿Pudiste asediar al aparato monogámico?

Ética erótica. Política, tecnología y gestión de los placeres, mi libro anterior, está dedicado a la mujer con la que vivo. Ahí yo le digo que ella ha entendido mi necesidad de emprender viajes hedónicos que tienen que ver con crecer y con la libertad. Con ella tenemos muy hablado cómo puede fructificar una relación. Estamos muy abiertos a la libertad, lo que no significa que sea muy fácil en una ciudad como esta encontrar gente que abiertamente se atreva a pensar como uno. Me cuesta bastante. Te doy un ejemplo fundamental que es el libro que más me interesó haber escrito, El animal que calza. Es un libro para el que me costó una barbaridad encontrar interlocutoras. En él hablo del pie femenino y me resultó muy difícil encontrar modelos sin que la invitada creyera que se trataba de una relación perversa, asquerosa, una relación degenerada. Es difícil gestionar este tipo de posicionamientos políticos amorosos, son complejos en ciudades pequeñas. Me imagino que en todos lados, por eso aparecen reductos y lugares donde la gente piensa parecido y se junta. Acá no hay un lugar donde la gente parecida se junte.

De vuelta, las disidencias están ya habituadas en muchos casos a la erótica del pie. ¿Es impensable esto por fuera de ellas?

 

Un poco sí, porque es poner en asedio un régimen de verdad, un régimen de relacionamiento, un régimen de producción de saberes, de conocimiento, de afectos y emociones. Por eso en mis dos últimos trabajos hay una apuesta fuerte a la transformación de la sociedad. Yo encuentro que va a existir una férrea resistencia a aceptar otros modelos. A mí lo que me parece es que nosotros debemos luchar para que esto no se vea como una anomalía. En todo caso, todo es artificial. Yo me imagino una sociedad sin propiedad y no tengo ningún problema en usar la palabra, de hecho lo digo lo largo del libro: anarquía. Para mí lo anárquico, es decir el triunfo del individuo - tema interesante porque es el individuo dentro de la comunidad, lo que yo veo es que hoy la idea de comunidad excluye a la idea de individuo, es decir la comunidad que muchos quieren construir es una donde se disuelven las individualidades-. Sueño con un mundo en donde el individuo sea el centro de la sociedad y no hay otra forma de ser individuo sino en comunidad. Que el individuo florezca como como singularidad, como agente de cambio.

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