Mario Cafiero soñaba con la oportunidad de desplegar en el territorio profundo una organización popular dotada de un innovador sistema de financiación propia, basado en circulantes locales. 

Pero era el sueño de un realizador que lo había militado desde el llano y ensayado antes de recibir la oportunidad de gestionar el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES)

Cafierp había estudiado los mecanismos de la dependencia económica, la persistencia increíble de la Ley de Entidades Financieras y la perversión de la deuda externa, luchando contra el silencio de propios y extraños.

Sabía que la asistencia social necesitaba dar un salto hacia la justicia social por lo que auspiciaba el pase del INAES desde el Ministerio de Desarrollo Social hacia el de Desarrollo Productivo. Apuntaba a la reconfiguración de una estructura dentro del Estado. 

Pero también hizo docencia en el campo de los pueblos que se pretenden libres, donde es imprescindible generar otra vez las condiciones para que cada uno produzca por lo menos lo que consume.

Por eso mismo, apostó a un régimen simplificado para la agricultura familiar campesino e indígena por el cual durante meses se trabajó en gabinete con actores involucrados para facilitar la producción, distribución, circulación y consumo de alimentos sanos. El paso para proponer al Directorio su aprobación quedo trunco, pero ahí está disponible para la nueva administración. Del monocultivo de ideas a la economía social fue uno de las frases más risueñas y profundas de Mario.

Poder

La economía social no puede ser política social solamente. No la podemos encorsetar porque de hacerlo renunciaríamos a disputar poder con los poderosos. Esa es una precisión de tipo política. 

Lo que distingue la economía social y solidaria es que la centralidad de la vida y la naturaleza guían el proceso económico. Y no lo hace como prima pobre de la economía de mercado sino que pretende ser cada vez ser más central y menos periférica.

Una economía basada en la generación de ingresos monetarios con lo que se tiene a mano para sobrevivir (a costa de mucho sacrificio) casi sin protecciones ni regulaciones, con prácticas que reproducen desigualdades en la base de los negocios del capitalismo periférico es la economía popular. Es menester discernir, distinguir, precisar que la economía popular no es economía economía social y solidaria.

Más de la mitad de la Población Económicamente Activa (PEA) se encuentra en condiciones de precariedad laboral y las políticas que previamente se han desarrollado han sido en marcos asistenciales incluso utilizando las cooperativas de trabajo. Pero no han llegado a buen puerto. Cuando el Estado se retiró durante el macrismo dejaron de existir. Esa lección la aprendimos. Suena raro que después de la partida de Mario se intente reponer como política económica una política social.

El INAES hace un año hizo un giro de 180 grados para que la producción de servicios y el trabajo asociativo organizado en cooperativas, empresas recuperadas, mutuales, empresas sociales, comunidades indígenas pudieran alcanzar sostenibilidad económica, social y ambiental. De eso se trata nuestro sueño colectivo.

* Politóloga. Mapuche. Comunidad Epu Lafken.