La decisión casi inevitable

Imagen: NA

Lo coyuntural pasa inevitablemente por las vacunas y la vuelta a clases. Lo estructural excede a ese factor y, como acaba de ratificarse cual si hiciera falta, es atravesado por la puja distributiva.

Según fuentes propias y otras publicadas por diversos medios, al cabo de la reunión entre el Gobierno y (una parte de) la crema empresarial, con más gerentes que jerarcas, se destacaron dos cosas.

La primera, considerablemente difundida, es la buena impresión causada por Martín Guzmán entre esos hombres de grandes negocios que tantas veces son límpidamente turbios. Es sencillo inferir que, al margen del modo shaolin del ministro, les resultara endulzante que éste aludiera a los componentes macro de la economía como determinantes para su marcha.

Lógico. Por mucho que el ministro tenga razón en cuanto a la incidencia del tipo de cambio y su estabilidad, el déficit fiscal, el orden presupuestario, hablar de eso --como debe hacerse, sin dudas-- implica que se relativice hacerlo en primer lugar sobre los formadores de precios, las cadenas de especulación, los agujeros de fuga de divisas y sus etcéteras.

Recordatorio importante: Santiago Cafiero sí habló de que debe recomponerse el poder adquisitivo de los salarios, y Matías Kulfas sí lo hizo acerca de las distorsiones de precios generadas por el entramado sectorial.

Pero, claro, lo que sobresalió mediáticamente fue el recorte de lo dicho por Guzmán, porque es aquello que el establishment quiere escuchar.

El segundo aspecto de lo sabido al cabo del encuentro con el Gobierno, pero en este caso sin mayores trascendidos periodísticos, es el fondo y la forma en que quienes representaron a varios de los grupos oligopólicos más emblemáticos del país se tiraron responsabilidades inflacionarias por la cabeza.

En estricto off the record y aunque siempre coincidiendo contra el estigma de la carga impositiva estatal, salidos de la reunión los productores trasladaron culpas a los acopiadores, los acopiadores a los supermercados, los supermercadistas a los fabricantes de alimentos procesados y así sucesivamente.

Como perfecta imagen agregada de cuánto de desprendido y patriótico tienen, entre otros, la Mesa de Enlace agropecuaria o sus presuntos representados, está en las redes el fílmico de la cola de cinco kilómetros de camiones, entre las localidades santafesinas de Roldán y San Lorenzo, para entregar en puerto sus acopios antes de que al Gobierno pudiera ocurrírsele subirles las cargas retencionistas.

Por cierto, a esta altura también vale citar que hubo cónclave gubernamental con dirigentes de la CGT y de las dos CTA. Pero no sería allí donde se dirime la resolución de contradicciones principales, porque la torta del poder está en el partido frente a las corporaciones de la economía. Los sindicatos juegan en la reserva de la resistencia, a través del tira y afloje en los cálculos paritarios y bien que, desde ya, con un gobierno enormemente más amigable que en la pesadilla macrista.

En la coyuntura habrá de verse cómo incide --en un año electoral, nada menos-- la pericia que tenga Casa Rosada en la administración vacunatoria. El manejo de los tiempos; las negociaciones externas sujetas a imprevistos de provisión y distribución ya sucedidos; el empalme --o no-- entre la cantidad de vacunados y el casi seguro rebrote invernal; la --casi-- lotería de qué ocurrirá con el retorno a clases en el AMBA, donde junto a la mayor densidad poblacional se concentra la vidriera política.

Esos datos, muy complicados para prever, no sólo son fundamentales por razones sanitarias. Hay una relación directa entre la confianza que se pueda tener para ganar la calle, auto-reprimida desde comienzos del año pasado, y la movilización social de que debe disponer el Gobierno para respaldar(se) las decisiones que tome.

En lo personal y de vuelta a lo estructural, se coincide con lo expresado por Mario Wainfeld en su columna del vienes pasado en Página/12: uno es menos optimista que el oficialismo respecto del presente y futuro de las conversaciones con quienes cortan el postre.

“Sobre todo, respecto de un desenlace que contenga un acuerdo estabilizador y redistributivo a la vez (...) La convocatoria del Gobierno apunta a atenuar la inflación e intervenir en la puja distributiva a favor de los asalariados. Dos metas de difícil compatibilización a la luz de la experiencia histórica. El oficialismo conoce y padece al establishment económico. Sabe que la burguesía nacional es más mito que realidad. ¿En dónde afinca, entonces, su optimismo de la voluntad?”.

Ese interrogante no significa que sea incorrecto haber convocado a un gran acuerdo social, o empresarial, o multisectorial, o policlasista, o como quiera denominarse.

¿Por qué habría que oponerse a priori, como si las buenas intenciones y sus eventuales resultados fuesen lo mismo?

Todo lo contrario y más todavía: el gobierno de los Fernández revela una generosidad dialoguista que el de Macri ni siquiera atisbó iniciar.

¿O acaso hay algún antecedente de que durante los años amarillos se convocase a parlamentar con sectores enfrentados?

Uno solo: el 14 de mayo de 2018, el hoy lugarteniente de la FIFA llamó a acordar con “todos” el Presupuesto del año siguiente, con la precondición de aceptar las pautas que se estipularían mediante la ayuda del Fondo Monetario reclamada cinco días antes y concretada al mes siguiente por la cifra más espeluznante de la historia del organismo.

El autoritarismo K; el Albertítere; los chorros y vagos choriplaneros; un Congreso Nacional en el que a distancia se trabajó más que en las sesiones presenciales prepandémicas, y que hasta sacó entre retóricas encendidas pero respetuosas la legalización del aborto con un Papa argentino, demuestran ser extraordinariamente más democráticos, tolerantes y consensuales que esa falsaria bestia liberal capaz de haber querido introducir por decreto a dos jueces de la Corte Suprema; de haber armado una red de espionaje para-estatal; de haber promovido un capitalismo de amigotes personales; de haberse rendido a los fondos buitre a cambio de nada que no fuera volver a endeudar al país en cifras monstruosas que, para variar, ahora tiene que resolver el execrable populismo.

No hay ninguna medida de este Gobierno que pueda ser imputada de haber violado límites “institucionales”, como gusta decir la derecha. Ninguna. Todas las acusaciones que recibe son objetivamente interpretativas, no fundadas, no susceptibles de solidez técnica.

En cambio, sí es veraz que, mientras se convoca a dialogar, la suba inflacionaria de enero, con alimentos y bebidas en primer término, resulta demasiado perturbadora hacia futuro de corto y mediano plazo.

¿Qué pasó en enero? ¿Hubo algún tembladeral del dólar? ¿Algún factor estacional? ¿Algún hecho impensable, como no ser el aumento del precio internacional de los productos exportables, que justificase incrementos en la canasta básica, en un cuadro recesivo a pesar de índices favorables de la industria y la construcción? ¿Algún otro, infartante, además de la incidencia de las tarifas de cable, telefonía móvil, telecomunicaciones, con el pavoroso desparpajo de Clarín desobedeciendo las resoluciones oficiales? ¿Qué diablos hubo como no sea la angurria de una clase dominante que ni hoy ni nunca manifiesta interés en ser dirigente?

En la entrevista publicada el domingo pasado en este diario, y justamente acerca de la suba en el precio de los alimentos, el Presidente dejó un concepto que va o debería ir más allá de ese rubro, tras afirmar que no se puede especular en un contexto de pandemia.

Dijo que el Estado tiene como únicas herramientas subir las retenciones a los agroexportadores o fijar cupos para abastecer en forma suficiente al mercado interno. Que prefiere no usar ninguna de esas atribuciones, pero que a él lo votaron para que ejerza el poder.

“O se resuelve con diálogo o lo resuelve el Estado”, remató Alberto Fernández.

Se supone que él, el frente político que integra, los sectores dinámicos que lo apoyan, son conscientes de que deben estar más listos que nunca para activar lo segundo.

P/D: Mientras escribía esta opinión, llegó la noticia del deceso de Carlos Menem. Ni la muerte cambia a las personas ni se trata de regodearse en el mal gusto de, con la muerte tan fresca, cargar las tintas sobre el líder político/personaje a quien uno combatió desde un primer momento. “El hombre que nació para una cosa, pero hizo lo opuesto”, como sintetiza Luis Bruschtein en su artículo, es una buena síntesis de lo que, además, resulta una llamada de atención sobre el presente. Porque la cosa opuesta que hizo Menem, en los nefastos ’90, fue, primero, traicionar el mandato popular. Sin embargo, después siguió adelante con el apoyo de una parte significativa de nuestro pueblo. De eso también hay que sacar conclusiones, a propósito de que la necesidad de tener claro al enemigo esté, siempre, muy presente.

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