Hacia fines de los noventa, uno de los pocos espacios donde el absurdo podía expresarse sin límite fue Todo por dos pesos. Era tal el caos, que en el humor político flotaba cierta tibieza, y las viejas teorías de la burla y la inversión carnavalesca habían entrado en crisis. Era necesario expresar lo contrario, o al menos encontrar el lenguaje para hacerlo. El neoliberalismo había logrado construir un nuevo costumbrismo y las formas conservadoras abrían paso a la acción del mercado como aspiradora de la totalidad social. Todo bicho que caminaba iba a parar a la góndola. La crítica social, en cambio, se había vuelto seria, apolillada. Había que afinar la puntería. Pero fue apenas un adelanto.

Tras la crisis del 2001/2, a partir de las columnas radiales Hasta cuándo, vamos a hacer un país poco serio, la dupla Capusotto/Saborido entró de lleno en la nueva década con una mirada política sensible, fresca y activa. Montonero renuncie, 6 a 1 con Bolivia, 7 de la mañana Panamericana, choque múltiple, dos muertos… Había que hacer crítica de los medios, de la sociedad de consumo y del espectáculo, del aire vuelto mercancía, pero desde adentro y con voces, guiños y giros reconocibles. De Bombita Rodríguez, el Palito Ortega montonero, dijo Horacio González: “Fantoche desbocado, llama a la condescendencia reflexiva, y así libera al pensamiento como lo haría algún texto fundamental de los teóricos de la política”. Tal vez ese logro dramático y cultural lo vuelve único, extraordinario. Para Rocco Carbone, coautor de La sonrisa de mamá es como la de Perón, hay un carácter ambiguo entre el drama y la comedia, dual, de las culturas nacionales: “Todos los personajes de Capusotto hacen reír escandalizando. La sonrisa que promueven no es sólo convulsiva sino preocupada”. Una risita nerviosa, rara, como cuando Bombita, promociona el fijador de cabello La Orga con un slogan que insinúa lo trágico: “Cinco por uno no va a quedar ninguno... (pausa), sin un buen peinado”. Y las pinceladas de Micky Vainilla alcanzan, como poco, para retratar al facho de este tiempo.

Dicen que, en el fragor de las grabaciones, las últimas líneas que Violencia Rivas espetaba, en una monserga antisistema cada vez más extrema, iban in crescendo, ya que el actor lograba decir algo propio en ese momento del personaje. Cigarrillo y vaso de whisky en cada mano, revoleo de un gato mediante, la señora que ahora llegaba a una edad en que una acreditada juventud combativa le quedaba lejos, no ahorraba epítetos ni centellas. Una lenguaraz de esquina que venía a aleccionar a una tímida medianía dormida. Diego Capusotto agregaba al guión, sobre la marcha, un morcilleo de factura personal. Había un aumentativo de términos que le eran propios. Desahogo y expiación. Podía ser un accidente, pero se convirtió en texto. Lo mismo que las frases emblema de Olmedo, Minguito, Calabró. Pero Capusotto no solo exploró el humor, sino que, de la mano de Pedro Saborido, encarnó la crítica y buscó una manera de trocar picardía en denuncia.

De alguno de esos apuntes de Violencia Rivas, quizás de alguna nota al margen en los resquicios del saltimbanqui, Diego Capusotto esbozó durante este último año textos propios. Una reflexividad personal que lo pone en otra parte, un susurro melancólico donde impera cierto aire de existencialismo barrial que respira en frases cortas, destellos: “Y si explotara en mil pedazos, ¿qué? / Enceguecerá el cielo / Pestañarán las nubes / sus sueños suspendidos / ¿saludaría antes del estruendo? / Alguien preguntará qué fue eso?”. Alguna vez, en los ochenta, las palabras calientes de Walter Santa Ana solían traer a escena, botella de vino mediante, textos de François Villon que abrevaban en la poética de Gargantúa y Pantagruel, recuperando cuando Rabelais pone la lengua filosa del mundo popular al servicio del desenmascarar, de quitar las caretas. La escatología no es el fin sino el medio para expresarse. El carnaval como crítica feroz que dice lo que el populacho necesita decir. En este caso, Capusotto juega a otro pentagrama, acaso haciendo equilibro entre una métrica y una forma con otro volumen y otro contenido, pero tirando un centro a una indagación personal a pensar: “Acurrucado en plena batalla, las tropas fantasmas desinflan el aire / Mientras gritan la inutilidad de la victoria atroz, de no animarse a cegar los rostros que nos vigilan”. Y más adelante: “Moderé de agonía los labios temblorosos, de una tímida tormenta asesina”.

¿De qué se ríe Capusotto? ¿En qué piensa cuando manifiesta un temor en voz baja? Espanto, miedo, advertencias. Para muchos, las reglas monásticas de la pandemia impusieron una introspección más cercana al pánico que a la meditación. Para Capusotto fueron una invitación a la expresión escrita. Hay géneros que permiten jugar a la épica cuando el realismo no deja respirar, y acaso en estas líneas volcadas sobre la hora haya una desolación nocturna que pide una gloria olvidada. No es el apocalipsis que ya nada anhela ni cobija, sino tal vez el último grito antes de la muerte definitiva.

Capusotto poeta llega con su libro Lo que teme la noche (Ed. Lamás Médula), poniéndole el cuerpo a un conjunto apretado y firme, estricto, de pensamientos. Como quien está de vuelta del circo, y oye el sonido de la furia apagarse de a poco, como quien vuelve en el bondi por Rivadavia hacia el oeste. Capusotto, que hasta ahora lo contábamos como capo cómico y actor dramático, de pronto se nos vuelve poeta. Y el reflejo urbano de sus palabras, de incendio mientras la multitud duerme, viene desde el título Lo que teme la noche, y también se potencia con las fotografías de Daniel Berbedés. “Quizás muera por un rato / Para atravesar los destinos inciertos / Para llenar los aires los ataúdes hermanos (…) Mover el avispero y caer ahí / cabeza abajo, para saberme muerto en vida”. En esa combinación entre la frase corta y la composición visual es donde este pequeño libro adquiere una belleza urbana que dice cosas. Como ciertas ensoñaciones que en la madrugada vuelven, como esquirlas que testimonian el vacío y el desborde. Las fotografías de Berbedés le aportan una representación que completa la poesía a cuatro manos. Porque las figuras capturadas allí también abren filones para la luz y el calor amoroso: “De pronto, la cara de mi compañera tapó todo. Y me recosté feliz sobre ella.”.

Cuando se acerca al drama en una entonación seria, a la sombra de Micky Vainilla, Capusotto se detiene en la esquina del barrio a advertirle a quien pase que las cosas laten oscuras. Tal vez entonces, cuando se asoma, en ese clown que abre los ojos, mira a cámara y se arregla el carmín de un maquillaje desarreglado, Capusotto se parece más a un Discepolín contemporáneo. Porque sabe ser Mordisquito mejor que nadie, criticando el sistema sin hacer la corte ni la claque, porque busca lleno de esperanza, pero también conoce el cambalache y el yira yira.