Recurriendo al realismo mágico, la historietista cuenta el abuso que sufrió durante su infancia.

Gato Fernández edita su novela gráfica "El golpe de la cucaracha" 

Estuvo diez años imaginándola, pasó tres años escribiendo y dibujando, y por fin esta semana estará en las liberías la primera novela gráfica de Gato Fernández, discípula de Carlos Trillo, que en la inquietante y extraordinaria El golpe de la cucaracha logra por fin contar la historia del abuso que sufrió cuando era niña por parte de su padre. Ganadora de uno de los premios regionales del último concurso de letras del Fondo Nacional de las Artes, el primero en admitir novela gráfica, la historia de Gato se publicará también en Francia, Italia y España, y para ella su autora tomó como referencia --además de sus recuerdos-- el album familiar que se llevó consigo cuando a los 20 años escapó de su casa. Militante feminista, directora de los dos siluetazos previos al Ni Una Menos, Fernández publicó en revistas como Fierro o Clítoris y dibujó guiones de Trillo y Pablo de Santis. En esta entrevista recorre su vida como dibujante y activista, explica las razones del título de una obra que tendrá cuatro tomos, cuenta todo lo que le costó dibujarla, y recuerda cuándo se decidió a contar su historia. 
Una escena de El golpe de la cucaracha, la novela gráfica de Gato Fernández.Una escena de El golpe de la cucaracha, la novela gráfica de Gato Fernández.Una escena de El golpe de la cucaracha, la novela gráfica de Gato Fernández.Una escena de El golpe de la cucaracha, la novela gráfica de Gato Fernández.Una escena de El golpe de la cucaracha, la novela gráfica de Gato Fernández.
Una escena de El golpe de la cucaracha, la novela gráfica de Gato Fernández. 
Gato Fernández (Foto: Daiana Aquije)

A partir de esta semana, el libro que proyecta hace más de una década, que trabajó durante tres años, su primera novela gráfica –ganadora de uno de los premios regionales del último concurso de letras del Fondo Nacional de las Artes– será un producto terminado al alcance de todo el mundo. Eso a Gato Fernández, que fue discípula y dibujante de Carlos Trillo, le genera mucha ansiedad, y al mismo tiempo, borra de su mente otras cuestiones, como la pandemia o los problemas económicos. Uno de sus objetivos con El golpe de la cucaracha, editada por Historieteca, es llegar a las escuelas para leerse en el marco del Programa Nacional de Educación Sexual Integral. “Así que si estas ahí, Ministro de Educación”, dice Gato, de 33 años.

En la casa hay fantasmas es el primer subtítulo de una serie de cuatro libros con el mismo nombre, también vendida a Francia, Italia y España (iLatina, Comicout, Astiberri). Gato ya tiene en la cabeza los próximos subtítulos, imágenes de tapa y espaciotiempos de lo que fue su experiencia como víctima de abuso intrafamiliar, desde que los 3 a los 7 años. “Vivo con mi mamá, mi hermano, mi abuela Chana, y Alberto... mi papá”, se presenta el personaje. En el primer libro, de 112 páginas, la locación central es un departamento en la ciudad de Buenos Aires, donde la protagonista, Lucía, vive con la familia en la casa de la abuela paterna. Los espacios secundarios son una sala de jardín de infantes, otros dos departamentos (la casa de una amiga y el que finalmente alquila la madre, mujer abusada verbalmente y golpeada), un consultorio de psicóloga, y en las escenas que suceden en la imaginación de la nena, un bar prostibulario y una selva.

Para documentarse, Gato usó el único álbum familiar que tiene, que se llevó cuando, a los 20 años, escapó de la casa materna. De la unión de dos fotos tuvo la idea para la primera versión del dibujo para la portada: en un living con sillones separados, de un lado están la madre y el hermano –ella con los ojos en otra parte, él mira serio a cámara–, del otro la protagonista, con un peluche en brazos pero las manos en el aire, a upa, abrazada por una cucaracha gigante. “Son mi máxima fobia”, dice Gato: “Por otro lado, en una psicología bastante básica, las fobias son la representación del padre ausente”. La imagen resultó un tanto fuerte para la editorial de Thomas Dassance –que ya compró los cuatro números de la serie–, el francés radicado en Argentina, fan y propulsor de la historieta latinoamericana, director de los festivales Viñetas Sueltas y Comicópolis. Repensarla, en sintonía con haber tomado el título de una frase hecha francesa –le coup de cafard– dio origen a ese otro dibujo impresionante: un plano cenital de la niña, que estaba dibujando en piso, mirando arriba con molestia, bajo la sombra de la cucaracha. “Literalmente se traduce el golpe de la cucaracha, pero significa tener una depresión profunda”, dice Gato: “Tener la cucaracha es estar triste”.

Portada de la edición de HIstorieteca de El golpe de la cucaracha

QUÉ HACER CON LA VIDA

Cuando llegó a su primer taller con Carlos Trillo, se presentó como Cecilia. No se animó a hacerlo con el apodo que adoptó de un personaje de El Loco Chávez, antes de ver el dibujo, sólo por la descripción que se hace de ella y la impactó: “Como que era una persona muy difícil de describir, que no se sabía y ni siquiera se podía describir su edad”. El modo de Trillo de demostrar interés por su única alumna –con 18 años entonces– fue tomarla de punto. Pero Gato sobrevivió a los chistes y desaires del maestro, y terminó con guiones suyos en la casilla de mail para dibujar. Como una película. En 2010, cuando ya tenía 22, presentaron a la entonces revivida revista Fierro el episodio piloto de un proyecto de serie protagonizada por una repartidora de pizza, China, una chica punk. Los rechazaron y Trillo la llamó por teléfono para hacerla sentir bien. Meses después, Gato hizo su debut profesional en la revista Animals de Italia, con la historieta Pizza china.

Hasta ese momento, pensaba que quería tener guionistas: no escribir historias, solo dibujar. “En algún momento, lo único que me dejó de provecho uno de mis miles de terapeutas era que podía escribir algo que valiera la pena. Ahí empecé a verlo con otros ojos a la idea de contar todo”, dice. En la secundaria se había destacado: una buena maestra le había dicho que podía ser escritora. Le contó la idea a Trillo: la de escribir una novela autobiográfica sobre su vida bastante difícil. “Mirá, mi viejo era como... ¿viste Guastavino?”, le tuvo que decir para que, a los ojos de Trillo, resultara de interés público una historia personal. La alentó hasta último momento. “Terminá un libro y después ves que hacés con tu vida”, fue su último consejo.

Pizza china, con guión de Carlos Trillo, fue el debut de Gato Fernández. 

A construir una narrativa aprendió en el taller de Horacio Lalia, y también tomó clases con Juan Bobillo. El objetivo siempre fue convertirse en una profesional de la historieta. “Nunca pisé una facultad salvo para trabajar en una fotocopiadora. Pasé por muchos trabajos, pero nunca abandoné mi carrera de novelista grafica. Estoy re casada con lo que hago”, dice. En 2012 finalmente debutó en la Fierro –en un suplemento especial de autoras, Flores, que compiló Alejandra Lunik–, con una tira bautizada Amontonadas, cuatro viñetas sobre un evento de mujeres historietistas. Los editores hombres se interesaron en ella al saber que estaba trabajando en un guion de Pablo de Santis (El truco de la ballesta, sobre un mago que reveló trucos y corre peligro de vida, publicada a comienzos de 2013). Llegó a aparecer antes como autora integral, con una historia corta sobre una chica que, mientras espera y viaja en el tren Mitre, recuerda su pasado. “Hace cuatro años y veinticinco días que a Bianca no le cuesta tanto llevar un plato de comida a su mesa y tener donde dormir. Pero al recordar sus días de desamparo en la calle, se le hielan los huesos de dolor como en aquel momento”.

Menta con limón se había publicado meses atrás en la tercera revista Clítoris, el espacio de historieta y debate feminista gestado por Mariela Acevedo, que a lo largo de cuatro números habló de aborto, prostitución, violencia y sexismo, con autores diversos y también entrevistas y ensayos. Gato ilustró la última portada, publicada en agosto de 2013: hay un fondo de fuego y en el centro de la página, una mujer desnuda en blanco con las manos esposadas; en primer plano, en turquesa y negro, mujeres con los brazos en alto y los ojos con ira. También participó en las dos antologías de la revista publicadas por Hotel de las Ideas: para la primera, Sex(t)ualidades en viñetas (2014), adaptó Al pie de la teta, una obra de teatro sobre el aborto de Sebastián Fanello; para la segunda, Relatos gráficos para femininjas (2017), ilustró los separadores y la portada: una juntada previa o post marcha en un pequeño living, con carteles, tarro de pintura, bandera LGBT, y todas en situación, como una foto tomada sin avisar.

Volante del Siluetazo, dibujado por Gato Fernández

LEYES DE LA TERMODINÁMICA

En marzo de 2015, seguido a los asesinatos de Andrea Castana y Daiana García, Gato fue una de las impulsoras y quien dirigió los dos siluetazos contra los femicidios, actividad que antecedió al primer Ni Una Menos. Fue viral su flyer de la chica tirada en el piso, la silueta marcada en rojo e inscripciones en las piernas: “Tenía escote”, “usaba shorts”, “iba a bailar”, “lo quiso dejar”, “andaba sola”. Al costado, la frase que en adelante se empezó a repetir: Nos tocan a una, respondemos todas. “Mi trabajo en agencias y ONGs, todos tuvieron que ver con transfeminismo, DDHH y LGBTQ+. Hace tiempo me tienen asociada con eso”, dice Gato, que también hizo el storyboard de un capítulo de Zamba sobre memoria y genocidios que ganó el Martín Fierro.

2016 fue un año clave en su historia personal, profesional y de militancia. Gato es amiga de Mailén, quien con su denuncia pública por violación y tortura psicológica a Miguel del Pópolo, líder de la banda indie La Ola Que Quería Ser Chau, destapó la olla de abusos en el rock, que poco después hervía con el caso contra Cristian Aldana. Gato se ofreció a ayudar a quien llevaba la página de Facebook, Víctimas de Cristian Aldana, y a acompañar a las que iban a declarar a la UFEM para la denuncia conjunta. Uno de esos días, con 29 años, se le ocurrió preguntar por lo suyo: su progenitor la había abusado sexualmente durante cuatro años, en plena infancia, a lo largo de la transición que va entre dejar de ser un bebé y convertirse en una niña. Le dijeron los años de cárcel que le correspondían, pero también que judicialmente la causa estaba prescripta. “Eso me generó tanta bronca que me comprometí a hacer esta historieta, a decir algo al respecto. Pero también, y esto lo quiero dejar en negrita para todes: es un derecho denunciar, por más que esté prescripto el caso y no se siga, tenés derecho a que se tomen declaraciones, a que exista un legajo y a tener acceso a ese legajo”, dice Gato.

Algo que le sirve en general como terapia es dibujarse a sí misma. En su timeline de Facebook hay dibujos de guerreras y street fighters, de amigos, maestros y artistas musas, pero más está lleno de autorretratos, en sus tres estilos de dibujo –“bastante sencillo y muy suelto, un poco más realista y un poco más a la mitad”–: una niña de jumper con los ojos negros bien grandes, una joven desnuda abriéndose una herida tajante a la altura del plexo solar, otra que llora, viñetas tragicómicas (“¿Por qué no me robás la pena en vez de la sangre?”, le dice a un mosquito), de perfil y de la cabeza le salen árboles, acostada en un sillón con papeles y birome escuchando Chico Trujillo. Como regalo para la preventa de El golpe de la cucaracha, Gato armó un fanzine que es un conjunto de autorretratos en acrílico, acuarela y grafito, titulado Sobreviviente. “No se trata solo de mostrar la parte de lo que es vivir y ser víctima, sino también de lo que es ser sobreviviente. Que tampoco es fácil”, dice.

Leyes de la termodinámica, de Gato Fernández

Participó con una página en el número 100 de Fierro, y en su regreso trimestral de 2017, con Quieta, sobre una chica que se encuentra con una versión monstruosa de sí misma en la calle y entra con ella a la casa. Este año tiene planeado trabajar en dos novelas: el segundo libro de El golpe de la cucaracha, y Leyes de la termodinámica, sobre una persona llamada Giri, que nació con una deformidad en el corazón cuyo efecto es que no come comida sino objetos, adquiriendo su información. “La familia rechaza a Giri, de quien no nos enteramos de su sexualidad biológica en toda la novela. Para cuidarle está Gabrielle, su mejor amiga barra pareja platónica, y para desestabilizarlo todo aparece Gala, una bailarina que hace que Giri no solo quiera comer y digerir información, sino también plasmarla”, cuenta Gato: “Ese el proyecto. Tiene que ver con mi proceso artístico, con algo muy íntimo. Es una historia que creo que me va a ayudar mucho a descansar de la tensión que fue trabajar en El golpe de la cucaracha. Aunque a mitad de año vuelvo a eso. Estoy comprometida con la causa, que es mía y es la de muches”.

En una de las últimas entradas de su blog, que muestra su recorrido desde 2006 y no se actualiza hace diez años, ya hay bocetos de esta historia, del año 2011. Con el título El invierno de la cucaracha, está la escena en la calle donde el hermano le muestra una cucaracha y le dice: “Tenele miedo”. A comienzos de 2016, subió un dibujo de la niña rezando en el bidet –el triángulo en representación de Dios–; un año después, la imagen del bar prostíbulo: “A veces me despierto y estoy acá”. Ya decidido el uso del presente que la obligaba a volver a su cuerpo de niña. En mayo de 2017, algo así como el teaser de la novela –diez páginas que resumen la idea– apareció con el título Historia de una nena y dios, en DisTinta, la antología de nueva historieta argentina compilada por Liniers y Martín Pérez, editada por Sudamericana. “Fue muy fuerte, me costó muchísimo, y fue medio una terapia de choque. Ni ahí voy a decir que hice este libro y ahora sí estoy liberada del dolor, porque la verdad es que no, pero me sirvió mucho hacerlo”, dice Gato. 

El difícil proceso creativo de El golpe de la cucaracha, en esta pagina realizada antes de comenzarla 

PARA ESTO SOS MUY CHIQUITA

La escritura fue rápida: una tarde de un tirón y cuatro meses de pulido. Plantarlo en dibujos fue lo difícil: “Diseñar el personaje de mi progenitor, que se pareciera, ver todo en imágenes”. Se puso la pauta de ir en orden con el guion, y no la cumplió en solo dos ocasiones. La escena de los hermanos comiendo a solas con el padre, un momento terrible con dibujos poderosos, con sombras terroríficas y lágrimas gordas, fue lo primero que dibujó y estuvo casi un año haciéndolo. Le pareció una buena escena para muestra de la novela –“lo suficientemente fuerte y expresiva”–. El otro momento es la violación arriba de la mesa, que Gato tuvo que dibujar antes de tiempo para poder hacer las cuatro páginas que le precedían, las que llevaban a la situación: “No podía hacerlas porque sabía que venía esa escena. Esas tres páginas las dibujé en medio de un ataque de pánico, y recién cuando las tuve pude ir para atrás y hacer las páginas que venían antes”.

Gran parte del trabajo, dice, era poder ponerse a trabajar. Vencer las trabas de los ataques de pánico, ansiedad, depresión. “De repente, lo lograba, y eran tres días de trabajo, doce horas de corrido, después volvía a caer, seguía, y así”. Dibujó toda la historia en lápiz, primero bocetos pequeños, después tamaño A5, después A3, calcar y escanear: “Trabajo bastante rápido, pero soy meticulosa”. Algunas de las escenas más livianas y tranquilas no le resultaron interesantes de dibujar, porque no tenían tanto impacto visual. Y otras fuertísimas le encantaban como imagen y quería dibujarlas, aunque le costaran mucho. “Elegí un estilo sencillo porque me pareció que ya la historia era tan fuerte que el dibujo tenía que serme bastante llevadero. La mayor parte de las perspectivas y fugas fueron bastante inventadas, tiradas libremente; no me preocupé tanto por eso sino por la expresividad”, dice.

El golpe de la cucaracha, de Gato Fernández.

Una de las imágenes iniciales es la nena con cara de hastío en el medio de una ronda de ratones antropomorfos, varones, desnudos. Son personajes incomodísimos, que no terminan de ser enemigos –en una entrada del padre a la habitación, uno le cubre los ojos: “No veas, Lucía. Para esto sos muy chiquita”–, que parecen funcionar como herramienta de defensa y representar una sexualidad infantil exacerbada por el entorno: “Esa incomodidad rodeando a la nena, como si fuera un juego, es un resumen de la sensación de mi infancia”, dice Gato. Otra arma imaginaria es la espada en los juegos de Lucía y el hermano, donde interpretan a una guerrera y un mago que se enfrentan a demonios que viven en una cueva. “Aunque mi hermano es muy fuerte, siempre me deja ser la guerrera a mí. Él es campeón de judo, pero yo con mi espada soy la más fuerte”. Lucía quiere aprender judo como él, pero a ella la mandan a ballet. La madre, una psicoanalista, es una figura ambivalente, que cumple el rol de proteger y educar –es afectuosa, los lleva a comprar cómics, les presenta música–, o bien puede contarles un cuento erótico de Popeye, Olivia y Brutus.

En la casa hay fantasmas y solo Lucía los ve. Juega a buscar escondites –“siempre hacen falta”–, entiende que Dios está en el bidet y le cuenta cosas. Quiere aprender a dibujar y a pelear. Disfruta el cine y la música. El padre abusador lo tiñe todo, pero la vida le muestra otras cosas, y en este primer libro, la protagonista de seis años se empeña en ser dueña de la suya. “Para mí es muy importante que sea una historia, no solo una descarga. Es mi historia, pero no me olvido que también es una historia. Por más que yo la siento mi testimonio, la última oportunidad de denunciar que tengo, no me olvido que es un relato. Incluso le elegí el género a la historia, el realismo mágico. No es anécdotas y ya está”, dice Gato.

El golpe de la cucaracha, de Gato Fernández.

Historieteca, la editorial que publica en Argentina El golpe de la cucaracha, nació en 2009 con presupuesto para dos libros. El primero fue La burbuja de Bertold (2005), de Diego Agrimbau con dibujos de Gabriel Ippóliti, ciencia ficción premiada en Francia, y publicada en España y Grecia; y el segundo Boggart (2003), un policial en un mundo de hadas de Carlos Trillo, con dibujos de Horacio Domingues, también inédito en Argentina. Hasta ahora, la única mujer de su catálogo “más clásico” era Lauri Fernández, que dibujó una de las nueve historias cortas ambientadas en la dictadura para el libro Qué querés ser cuando seas grande (2019), de Marcelo Pulido, que es también el responsable de la editorial. “Todas las editoriales tenemos más o menos armado un plan; si te ofrecen un libro hoy, lo ponés en la fila de lo que estés programando. En el caso de Gato, atendí su reclamo y su necesidad, por eso el libro sale ahora. Ella necesitaba que el libro estuviera, que la denuncia estuviera. Y me pareció válido eso, además de que el libro está muy bien. Cuenta de manera muy sutil lo que pasó, lleva muy bien el relato. No hay morbo, pero está todo. Como mi aporte, me pareció valioso que el libro estuviera en la calle temprano”, dice.

Aquella primera imagen de tapa –la foto familiar con la nena a upa de la cucaracha– se incluye en los extras, con la primera versión del personaje, más ilustraciones de las distintas etapas del trabajo y un texto escrito. “Para mí la obra es la obra y el contexto de creación”, dice Pulido. A esta altura el año pasado, Gato estaba por terminar la novela cuando la pandemia suspendió su primer viaje en avión y la publicación del libro en Europa. “Apareció una depresión muy fuerte, y el concurso del Fondo Nacional fue la excusa para pushearme a terminar”, dice. Esta novela, esta serie, es lo que le hubiera servido leer a ella en su momento. “Ahora pienso en qué me metí, pero bueno”. Gato también trabaja como docente, y desde el año pasado se puede decir que es youtuber: con Diego Agrimbau, un vínculo de años, llevan el programa de periodicidad libre Traeme liyos, donde tocan cuestiones técnicas, conceptuales y anecdóticas relacionadas a la historieta. “Ser normal es estar hecho mierda pero que no se note”, dice un cartel firmado por “un tipo sabio” al final de una tira de 2009, donde aparece una versión anterior de los ratones antropomorfos: están ahí mientras Gato en versión actual dibuja. En cuanto a la espada, su otra arma imaginaria, también aparece ese año en el blog: en un proyecto con protagonista Ailin, una guerrera de anteojos de sol, zapatillas y cigarro en la boca, que se enfrenta a una especie de dinosaurio con lengua de serpiente.

Gato Fernández (Foto: Daiana Aquije)

 

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