“¿Cómo he llegado a esto?”, se pregunta Demi Moore varias veces en el prólogo de sus memorias. Inside Out: Mi historia, recientemente en Argentina, es una historia catártica, confesional. Un intento de encontrar respuestas y de hacer las paces. Con el pasado y con ese presente del que parece renacer después de tantas cenizas. En esas primeras líneas está el revés de aquella estrella que asomó en los años 80 como juvenil expresión de una sexualidad que no todos los rostros de las comedias de aquella década se permitían. Demi Moore trascendió esa imaginaria barrera que pareció devorar a todo el ‘Brat Pack’ en volutas de una fama efímera. Se erigió en la chica del pelo corto de Ghost (1990), la encarnación de los miedos masculinos en Acoso sexual (1994), el tabú de la tapa de Vanity Fair, desnuda y embarazada, el récord de los 12 millones de dólares. Todo fue en la última década de las estrellas de cine, aquellas que no necesitaban secuela ni franquicia sino esa esquiva fotogenia, esa dorada oportunidad de habitar para siempre en escenas inolvidables, de hacer del cine algo más que consumo y reproducción.

“¿Cómo he llegado a esto? Después de todos esos golpes de suerte en mi vida. Después de todos los éxitos. Después de todo el esfuerzo que me había costado sobrevivir a mi infancia. Después de un matrimonio que empezó como un cuento de hadas”. Demi Moore asume en sus palabras los pliegues de aquella fama que encandiló con su nombre una década para luego dejar el vacío. Inside Out: Mi historia no explora los recovecos de su arte, las decisiones sesudas antes de cada interpretación, la estatura de los directores con los que trabajó a lo largo de su trayectoria. Es una excursión inusual, modesta, vista con ojos descarnados e inocentes. Un intento de comprender ese itinerario, de medir a la distancia aquel tiempo de inesperada gloria. “Me encantaría poder decir que lo que me motivó a perseguir el sueño de ser actriz fue la admiración que sentía cada vez que asistía a una obra de teatro en la escuela, o la emoción que me invadía cuando protagonizaba alguna escena en mis clases de teatro. Ojalá hubiese sido así pero en honor a la verdad debo decir que Hollywood para mí fue otra escuela en la que encajar”.

Encajar. Encajar fue la estrategia de Demi Moore como sobreviviente. Encajar en cada nuevo barrio al que se mudaba luego de las repentinas huidas de sus padres, encajar en la infancia luego de las peleas y los intentos de suicidio en el seno de su familia, encajar en la adolescencia californiana de los 70, en aquella rebeldía que compró la agencia Elite de modelos, en los años 80 y el clan juvenil forjado por las comedias de John Hughes, en esa última condición de estrella que dejó el cine de los 90 y que impregnó el imaginario popular de una vez y para siempre. Demi Moore fue siempre más que sus películas, más incluso que su condición de actriz, fue demonizada por los medios por ese sexo que ellos mismos vendían, por ser una mujer que gozaba en cámara, que corría los límites de lo que cobraba una actriz, por un matrimonio perfecto que terminó en desilusión, luego por casarse con un hombre más joven, por ser esa sobreviviente que se decide a contar su historia.

PALMERAS SALVAJES

Demi Guynes nació en 1962 en Roswell, el célebre pueblito del avistaje de un plato volador ubicado en el corazón de Nuevo México. “Cuando la gente oye hablar de Roswell enseguida piensa en alienígenas verdes, pero en mi casa nunca se mencionó la palabra ovni. El Roswell de mi infancia era un pueblo militar. Teníamos la pista de aterrizaje más grande de Estados Unidos en la base de las Fuerzas Armadas de Walker, que cerró sus puertas a finales en los sesenta. Aparte de eso había vergeles de nogales, campos de alfalfa, una tienda de petardos y fuegos artificiales, un frigorífico y una fábrica de Levi’s”. La vida en Roswell era bastante terrenal, signada por la explosiva convivencia de sus padres, el alcoholismo y las pastillas, las fugas de los acreedores y el fantasma de los amantes. “Poco después de que nació mi hermano dejamos Roswell para mudarnos a California, la primera de una larga lista de mudanzas de nuestra infancia. Mi madre se enteró que mi padre estaba teniendo una aventura, así que hizo lo que su madre le había enseñado a hacer: ‘alejarlo del problema’. Al parecer, las mujeres de mi familia nunca pensaron que si te llevas a tu marido infiel a otra ciudad, también te llevas el ‘problema’. De la noche a la mañana estábamos con la mochila al hombro en la ruta, en alguno de los autos color tierra que mis padres coleccionaron a lo largo de los años: el Maverick color óxido, el Pintón amarillo, el Ford Falcon beige”.

La madre de Demi Moore aparece una y otra vez en las páginas de sus memorias. Ginny, como ella la llama, es amada y odiada, pasajera de aquella caótica road movie por todo Estados Unidos, demasiado adolescente, caprichosa y tirana, víctima y victimaria. “Una noche escuché gritos y me acerqué a la habitación de mis padres. Ahí estaba mi madre llorando, revolviéndose en los brazos de mi padre que intentaba sujetarla. Vi un frasco de pastillas amarillas sobre la cama y mi madre me pidió ayuda. Lo siguiente que recuerdo es utilizar mis diminutos dedos para sacar las pastillas de su garganta. Esa noche algo cambió, mi infancia había terminado”. Ginny había anhelado la vida perfecta del sueño americano, la de las publicidades de los 50 que prometían el pedestal de una esposa venerada y una casa colorida. Pero su historia se escribía sobre temores (“después de ver El exorcista, Ginny se unió a un movimiento carismático católico y empezó a llevarme a misa cada domingo. Allí tocaban canciones de George Harrison y bailaban por toda la iglesia con dashikis") y escapatorias (“en una de las tantas separaciones, mi mamá nos contó que pasaríamos unas noches en un hotel porque iba a dejar a mi papá por su psiquiatra Roger. Era más que evidente que no era de la clase de terapeuta que se ciñe al código deontológico”), sobre aquellos sueños frustrados que nadie le había prometido.

A los 12 años Demi llegó a Redondo Beach, en California, después de una nueva huida repentina, de algún amante o algún cobrador, de las amenazas de la mafia o del psiquiatra Roger, a quien Ginny le robó la tarjeta de crédito para costear el viaje. “En el trayecto a mi padre le dieron una paliza, tenía la cara hinchada y llena de moretones, además de un ojo morado. En el auto, todos hacíamos silencio. Todos los momentos desagradables que vivía mi familia estaban rodeados de un silencio sepulcral”. 

Aquella California de los 70 fue territorio de aprendizajes y desengaños. La marihuana y los vaqueros Dittos en el colegio, el descubrimiento de que Danny Guynes no era su padre biológico, la mudanza a West Hollywood con su madre por el divorcio, la fractura definitiva de la familia. En ese tiempo Demi comenzó a imaginar la estrategia de salida de aquel infernal paraíso de palmeras y desencantos. “Desde el balcón de nuestro departamento de King Road solía observar a una chica hermosísima que iba cada tarde a nadar y tomar sol. Era una actriz alemana, unos años mayor que yo, que se llamaba Nastassja Kinski. Roman Polanski la había traído con su madre a Estados Unidos para que mejore su nivel de inglés en el estudio de Lee Strasberg antes de protagonizar Tess. Nunca había conocido a una persona tan segura de su cuerpo y de sí misma. No sabía qué era lo que tenía pero lo quería para mí. Puede que su madre fuera incluso más irresponsable que la mía. Eso nos unió y durante un tiempo fuimos muy amigas. Quería hacer lo mismo que ella y si eso significaba ser actriz, pues actriz sería”.

LA PARTE DEL VÉRTIGO

Uno de los pasajes más desgarradores de las memorias de Demi Moore es el relato de la violación que sufrió a los 15 años. Conciso en los sucesos, elíptico en los detalles, firme en la marca que perduró en el tiempo. Es la página más oscura en la relación con su madre. Val Dumas era el dueño del restaurant Mirabelle de Los Ángeles, un hombre de unos cincuenta años que un día se acercó a la mesa que Demi compartía con su madre y unas amigas en Le Dome, un boliche de moda. Val las invitó a conocer el Mirabelle, las acercó al departamento de King Road en su Mercedes, comenzó a aparecerse a la salida del colegio de Demi todas las tardes, hasta que un día la esperó en el living de su casa. “¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está mi madre?”, fueron sus primeros interrogantes. “Durante muchos años ni siquiera consideré que aquello fuera una violación. Me convencí de que yo había provocado la situación. Unas semanas después nos mudamos y él se presentó en casa para ayudarnos con el traslado. Me senté en el asiento trasero del Mercedes del hombre que me había violado. En cuanto tuvo oportunidad me susurró al oído: ‘¿Qué se siente cuando tu madre te prostituye por quinientos dólares?”.

La huida definitiva de aquellos recuerdos llegó a través de las clases de teatro. Allí conoció a Tom Dunston, un músico que tocaba la guitarra acústica y había estado de gira con Billy Joel. “Cuando Tom me propuso que viviéramos juntos acepté de inmediato. Recuerdo que estaba esperándome en el auto cuando salí del departamento de mi madre. El día anterior había cumplido 16 años. Jamás regresé”. 

La vida comenzó adquirir mayor vértigo: al principio combinó sus estudios en el instituto Fairfax High en Los Ángeles con su trabajo en una agencia de cobranzas, después fue recepcionista en la Twenty Century Fox, hizo una serie de desnudos para revistas japonesas para ganar unos dólares, fue modelo de catálogos de mallas fotografiados por Philip Dixon, el rostro de un reportaje en la revista Oui, la nueva adquisición de la agencia de modelos Elite. Eran los años en los que ser modelo era el sueño prometido, los viajes a la Nueva York yuppie del reaganismo, el glamour kitsch que vestía en el afiche de una película de culto como Escupiré sobre tu tumba, la anhelada independencia. También fue un tiempo de tragedias. El padre que la había criado se suicidó a los 36 años luego de un severo diagnóstico de cirrosis. Al mes siguiente cumplió 18 años y se casó con Freddy Moore, guitarrista de The Kats con el que vivía desde hacía un tiempo y que le dio su apellido artístico. “Nuestra boda no fue más que el reflejo de aquel momento tan confuso. Se celebró en una pequeña iglesia de Los Ángeles que no recuerdo. No quería aceptar que iba a casarme solo para distraerme y olvidar, por unos días, el dolor de la muerte de mi padre”.

LUCES Y SOMBRAS

El inicio de la carrera cinematográfica de Demi Moore asoma borroso como retazos de días turbulentos. Pequeñas apariciones en algunas series, el debut en Hospital General y las tardes de alcohol en el camarín de Tony Geary para atemperar los nervios, el viaje a Brasil para Echale la culpa a Río (1984) y los saltos en ala delta bajo los efectos de la cocaína, el fiasco del casting para John Hughes y el ojo de Joel Schumacher para sumarla al elenco de El primer año del resto de nuestras vidas (1985). “Cuando salí del casting con Hughes, que no pareció impresionado así que asumí que no me daría el papel, alguien me llamó a mis espaldas. Era la asistente de Joel Schumacher. Durante años Joel contó la anécdota y Vanity Fair la publicó en un reportaje de 1991. Según sus palabras, ‘vio un relámpago bajando por las escaleras, con una melena azabache larga hasta la cintura. Era increíblemente bella como un caballo de carrera árabe’”. La metáfora animal concebida como el mejor cumplido en aquella época signó la entrada de Demi Moore al firmamento de estrellas juveniles bautizadas por la prensa con el apodo de ‘Brat Pack’ e integrado por Rob Lowe, Emilio Estevez, Ally Sheedy, Andrew McCarthy, Mare Winningham, Judd Nelson, y los dos miembros restantes que venían de El club de los cinco, Molly Ringwall y Anthony Michael Hall.

DEMI CON PATRICK SWAYZE Y WHOOPI GOLDBERG EN GHOST, 1990

El primer año del resto de nuestras vidas me cambió la vida” es la frase que resume ese advenimiento. Sin la inteligencia ni el talento de Hughes, Schumacher consiguió el relato perfecto para aquella generación que percibía el incipiente abismo de la vida adulta luego de la graduación. La banda sonora de David Foster, con el tema de amor de St. Elmo’s Fire como estandarte, el bar de amigos, los romances cruzados, todo ese universo que luego recogió la televisión en los 90 en series como Friends exploró los contornos de la comedia más allá de su inocencia inicial. Cuando llegó el momento de consolidar una pareja, Demi Moore fue la elegida para protagonizar ¿Te acuerdas de anoche? (1986) junto a Rob Lowe, dirigidos por Edward Zwick. Ahora su desenfado juvenil se trocó en una enérgica conciencia de su libertad sexual aún bajo las coordenadas del romance. Basada en la obra Perversiones sexuales en Chicago de David Mamet, la película combinaba la neurosis de Annie Hall con las tensiones entre amor y amistad que luego consagrarían a Cuando Harry conoció a Sally de Nora Ephron y Rob Reiner. “La idea de que una mujer quisiera acostarse con un hombre para después esfumarse de su departamento en lugar de tratar de empezar una relación romántica era radical para entonces”.

La película fue un éxito y si bien representó cierta madurez en términos interpretativos también inició la obsesión por su aspecto físico. “’Sos la persona perfecta para el papel pero me tenés que prometer que vas a adelgazar unos kilos’, me dijo Zwick cuando me eligió. Ahí empezó mi lucha para intentar controlar mi cuerpo, y el hecho de medir mi valía según mi peso, mi talla y mi aspecto físico. No abordé el problema de una forma sana y racional sino que ingresé en un espiral de terror y desprecio por mí misma. Me levantaba a la noche y me daba atracones de comida. Incluso llegué a ponerle un candado a la heladera”. La condición de “símbolo sexual” que signó la trayectoria de Demi Moore tuvo que ver también con la transición del cine entre los años 80 y 90, entre un modelo que había resultado el antídoto a los excesos del Nuevo Hollywood e imponía las coordenadas del negocio adolescente configurado por Spielberg y Lucas, y un cine pretendidamente adulto, con un erotismo publicitario, heredero del exploitation de los 70. Demi Moore fue la figura perfecta para ese pasaje, una celebridad meteórica que se forjó más allá de la relevancia artística de sus películas, casi como un síntoma de esa nueva era.

Ghost fue su primera película adulta, la del corte de pelo alla Isabella Rossellini y los lagrimones en primer plano, la del romance celestial forjado en arcilla bajo los acordes de “Melodía desencadenada” de The Righteous Brothers. Fue el despegue de ese coro generacional, la consagración de un nombre con derecho propio, el anhelo de un amor trascendental en una ciudad despiadada y materialista. Dos años después llegó Cuestión de honor (1992), que persiste hoy como el punto más alto de su filmografía, sostenida en el andamiaje argumental de Aaron Sorkin y en el efecto final de la frase de Jack Nicholson: “¡Vos no podés soportar la verdad!”. Bajo las órdenes de Rob Reiner, que venía de los éxitos de Cuando Harry conoció a Sally y Misery, Moore se convierte en el corazón de un relato judicial, disparador de la defensa de dos marines acusados de asesinato frente a un consejo de guerra, detonante de las estrategias de encubrimiento en el epílogo de la reciente Guerra del Golfo. “Lo que más me interesó de Cuestión de honor fue la decisión de no involucrar a mi personaje y al de Tom Cruise en una relación romántica o poco profesional. Años después, Sorkin reveló ante un aula atiborrada de alumnos de cine que lo presionaron muchísimo para incluir una escena de sexo. ‘Si Tom y Demi no van a acostarse, ¿por qué Demi es una mujer?’, lo increpó un productor. Me dejó sin palabras”.

Propuesta indecente (1993) volvió a elevar el tope de las recaudaciones en la carrera de Demi Moore convirtiendo a su presencia en sinónimo de éxito. Pero sobre todo instaló a su figura en el seno de la conversación pública, tanto por las críticas a la prostitución encubierta, por la famosa cifra del millón de dólares por una noche de sexo, como por ese fetichismo que proyectaba la imaginería sexual de Adrian Lyne en la pantalla. “Glen Close ya me había advertido que Adrian era un director un poco raro y excéntrico, sobre todo cuando se trataba de escenas de sexo. Me contó que se había puesto a gritar obscenidades como un energúmeno en la escena de sexo que ella compartía con Michael Douglas en Atracción fatal. La verdad es que no exageró en lo más mínimo. Adrian resultó un voyeur de manual. Sudado y con aspecto de rockstar británica, se la pasaba gritando que estaba teniendo una erección mientras filmamos la escena de sexo con Woody Harrelson”. La atención pública escaló hasta el final de aquella década: la femme fatale de Acoso sexual, los doce millones de cachet en Striptease (1996), el entrenamiento físico en Hasta el límite (1997). Su nombre se convirtió lentamente en controversia: sus desplantes de diva enumerados con saña en la célebre nota de Vanity Fair, el mote de ‘Gimme Moore’ por sus pretensiones salariales, el remolino alrededor del divorcio de Bruce Willis y una lenta espera hasta que las turbulencias de su vida privada finalmente se calmaran.

CON TOM CRUISE EN CUESTION DE HONOR, 1992

LA DAMA SIN CAMELIAS

“Después de ¿Te acuerdas de anoche? me fui a Nueva York a hacer una obra de teatro, The Early Girl. La obra se representaba en el Circle Rep y mis agentes me encontraron un departamento en uno de los primeros edificios Trump de la Quinta Avenida. Organicé una fiesta para celebrar mi cumpleaños número 23 y me atreví a invitar a Andy Warhol, a quien había conocido en el Indochine, un restaurant vietnamita. Años más tarde me quedé helada cuando leí en Diarios, su biografía, que no solo había ido al teatro a ver la obra sino que además ‘creyó haber convencido a Demi Moore de invitarme a su boda’. De hecho, Emilio y yo acabábamos de mandar las invitaciones para nuestra boda”. La boda con Emilio Estevez, su romance en la era del ‘Brat Pack’, fue la que no pudo ser, la postergada indefinidamente hasta que en un estreno conoció a Bruce Willis, en la cima del éxito de Luz de luna.

El romance fue a toda velocidad, de hecho comenzó arriba de un auto en las autopistas de Los Ángeles y continuó con una escapada a Las Vegas, una ceremonia fastuosa en los estudios de la TriStar, y el embarazo de su primera hija en la mismísima noche de bodas. Compartían la crianza en la pobreza, la necesidad de un hogar, el anhelo de sueños de grandeza. Pero también la competencia profesional, los desencuentros y algunos solapados rencores. “Esto nunca va a funcionar si estás fuera de casa filmando una película” fue la advertencia de Bruce Willis unos meses después de la boda. Lo que vino fue negociación, acuerdos y resistencia para que todo no se desmorone. En las páginas de Inside Out: Mi historia queda el registro de esa amistad perdurable antes que el de un amor salvaje. El matrimonio estuvo signado por prolongadas separaciones, por los temores de Willis de perder el desenfado de la vida de soltero, por la reserva de ella de exponer sus sentimientos y quedar herida. El tiempo después del divorcio supuso un prolongado retiro en su casa en un pueblito de Idaho, la dedicación a sus hijas, la muerte de su madre con la que saldó las cuentas del pasado luego de pasar ocho años sin hablarse, el regreso al cine como respuesta a la admiración de Drew Barrymore en la secuela de Los ángeles de Charlie. A los cuarenta parecía otra vez renacer de sus cenizas.

El final retoma aquella frase del inicio. “¿Cómo he llegado a esto?” Allí transita el matrimonio con Ashton Kutcher, la persecución de la prensa por la diferencia de edad, la pérdida de un embarazo y los intentos infructuosos de volver a ser madre, las infidelidades y la separación final. “Cuando él me confesó que fantaseaba con incluir una tercera persona en nuestra cama, no me negué. Y no lo hice porque quería demostrarle que podía ser una mujer divertida, despreocupada y de mente abierta. Nos proporcionó una falsa sensación de poder y una efímera sensación de emoción”. El tono es íntimo y sincero, deudor de todos aquellos golpes que parecieron acumularse cuando ya no había tanta fuerza para soportarlos.

Los problemas con sus hijas adolescentes, de las que se distanció durante los últimos años de la relación con Kutcher, funcionan como espejo del vínculo con su madre. Ginny vuelve al centro de la escena. “No me separé de ella ni un solo día hasta su muerte”, revela sobre el reencuentro con su madre en esa última despedida. “Comprender a mi madre me permitió ser más indulgente y bondadosa conmigo. A partir de ese día dejé de invertir tiempo y esfuerzo en intentar no parecerme a ella. Por fin me había quitado ese insoportable peso de encima, el peso del rencor”. Demi Moore se despide como se definió desde sus primeras líneas, como una sobreviviente. “He pasado los 55 años y he vivido más que mis padres”. El camino por delante siempre es el mejor ganado.