Carlos Gardini
El arquitecto de las palabras

Recordar al autor a través de los personajes de sus novelas puede parecer un ejercicio torpe y frívolo, digno de un crítico perezoso. Sin embargo, como recurso elegíaco (Carlos Gardini murió el primero de marzo pasado, dejando tras de sí un notable abanico de relatos y novelas de género fantástico) podría resultar de algún valor. Volver a recorrer con este espíritu la extraordinaria prosa de Gardini, revisitar personajes y universos sabiendo que detrás de todos ellos él está presente de alguna forma, es un consuelo para quienes lo conocimos, disfrutamos de su amistad y hoy lo extrañamos.

Quien pueda acceder a las novelas de Gardini, sobre todo las escritas en las últimas dos décadas y media (tarea complicada por el hecho de que la abrumadora mayoría no está disponible en las librerías argentinas), verá que los protagonistas arquetípicos son “elegidos” o “predestinados”, en general marcados por el dolor. El que los hayan elegido los lastra con una misión que los excede y los obliga a jugar el juego que otros (con más poder, con más visión) les han impuesto. Son, por eso mismo, los involuntarios engranajes motores de un proceso de cambio que implica a muchos. Se ven a sí mismos como actores/observadores de la sociedad, en lucha por despegarse de su entorno. Este sino ya puede verificarse en El Libro de la Tierra Negra: una de las novelas más publicadas de Gardini, cuya primera edición en 1991 fue en formato digital (Axxón, febrero de 1991). En Belcebú en llamas (originalmente publicado en España, en la antología del Premio UPC 2007 de novela corta de ciencia-ficción, y reeditado por Letra Svdaca el año pasado), el hermano Quinto es el miembro destacado de una cofradía de asesinos, aunque su férrea disciplina lo hace ver más como un monje o un samurái. En su condición de mercenario, está sometido a las cláusulas del contrato que sus líderes han acordado con el cliente. Él sólo es la herramienta de una tarea desagradable. En El Libro de la Tribu (Elaleph.com, 2001), Ariel es también un elegido: todo cuanto hace, incluso durante su miserable infancia, parece cobrar sentido en la medida en que el lector y el mismo Ariel van conociendo la naturaleza del destino que su padre en la sangre le ha reservado. 

El protagonista de Fábulas Invernales (Minotauro-España, 2004), Jonás Angélico, es un Observador de Artes y Menesteres destinado a ser el intercesor entre la metrópoli y las deidades que la protegen. Fallará en seguir el rígido guion protocolar que exigen esas potestades para garantizar sus dones, y entonces –al igual que Quinto, al igual que Ariel– sentirá que su realidad se resquebraja, que el mundo es un gran teatro de sombras y apariencias. En esa iluminación está la semilla de la rebeldía, que impulsará el cambio. Pero en ese cambio está la realización del libreto vital que les han impuesto. Así, los personajes asumen sin contradicciones ambas caras de la moneda: sumisión y rebelión, predestinación y libre albedrío. Quien haya leído las novelas de Gardini con alguna rigurosidad pronto observará esta suerte de nuevo camino del héroe. No se trata de una receta industrial para escribir relatos de fantasía o ciencia-ficción, de esas que abundan en las mesas de novedades de las librerías, y también en las de saldos. Es más bien una estrategia para explorar universos, personajes, circunstancias y preocupaciones, que Gardini emplea con eficacia.

El contexto en el que se mueven estos personajes es funcional a ese nuevo camino del héroe. Gardini supo construir universos apasionantes, apilando ladrillos/palabras con solidez. Se podría pensar que, siendo un escritor de ciencia-ficción, es esperable que así sea. Sin embargo esa presunción es errónea. Los universos gardinianos (los sistemas, los mundos, las ciudades) tienen una lógica fluida, más propia del poeta que del albañil o el ingeniero, o incluso el escritor de ciencias-ficción. Gardini renegaba de los géneros, a pesar de que la ciencia-ficción y la fantasía fueron por elección su coto literario. “El problema para mí, en todo caso, es que [la ciencia-ficción] no es un género. Es como yo veo el mundo. Pero también me gusta que los libros creen mundos que no están en la realidad”, dijo en diciembre de 2001, en ocasión de un reportaje realizado para la revista digital Axxón. Unos días antes de ese reportaje había ganado por segunda vez el premio a novela corta de ciencia-ficción de la Universidad Politécnica de Cataluña, en aquél entonces el más importante de lengua castellana, con “El Libro de las Voces” (editado primero en la antología del Premio UPC en España, y luego, en 2004, como parte de la colección de literatura fantástica y ciencia-ficción que publicó PáginaI12).

Es frecuente observar que los universos a los que Gardini encadenó a sus personajes conservan un alto grado de “fractalidad”. No sólo en el diseño de artefactos, edificios, paisajes o constelaciones, sino también en los argumentos, los diálogos, las metáforas y las paradojas. Las estructuras (imágenes, ideas, juegos de palabras que son a la vez juegos especulativos) se repiten en lo grande y en lo pequeño, en lo aparente y en lo patente, en lo público y en lo privado, dotando a las narraciones de un sentido que en el momento de leerlas es sólido como el acero, pero que sin embargo se vuelve evanescente una vez que cerramos el volumen: surcos en el agua. 

“¿Hay algo más elusivo e impuro que las palabras? –se pregunta Lamec en El Libro de la Tribu–. Reflejan el mundo mientras lo niegan. Son su propia ley, una galería de espejos deformantes”. A pesar de su condición de elusivos e impuros (o tal vez debido a ello), los ladrillos/palabras que usa Gardini encierran una magia potente. “En un día radiante de nuestra vida –piensa Lamec–, pronunciamos una palabra que designó una cosa o persona y el mundo se iluminó para siempre. Las palabras se eslabonaron y formaron una urdimbre de luz que súbitamente nos permitió ver”. En este construir con ladrillos/palabras para que otros vean, Gardini fue el Gran Tejedor, un verdadero Mago Palabrero. Utilizando la definición que da Tarim en Fábulas Invernales, la narración de Gardini es cóncava y convexa. “Una voz profunda y abierta que anhela que se le sumen otras voces. Una superficie ofensiva y cerrada que la proteja de la incoherencia”.

Para que este nuevo camino del héroe concluya como se debe, el protagonista debe comprender cuál es su lugar en el universo, y entender cabalmente los mecanismos que lo animan. Previsiblemente, esa revelación llegará al final del libro. Entonces, lo que parecía una acumulación de piezas exóticas se revela en un conjunto orgánicamente armonioso. Ahora que Carlos Gardini ya no está entre nosotros, quienes admiramos su obra y cultivamos su amistad buscamos en sus novelas las pistas de esta última revelación. Si hablamos de la obra de Gardini, este ejercicio se asemeja a la jornada del prófugo enamorado de la imagen de Faustine, en La invención de Morel. Las palabras ya no pueden cambiar, están a salvo de las exhaustivas reescrituras del autor, pero nosotros siempre podemos transitarlas, descubrir nuevos significados y evocaciones, incluso aspirar a formar parte de ellas como si fuéramos un personaje más.

* Autor de novelas de ciencia ficción, entre ellas la premiada La ruta a Trascendencia.