Esta nota podría llamarse “ganar perdiendo” y sería más o menos lo mismo. Me refiero a cuando se gana pero en realidad se pierde. O se pierde mientras parece que se gana. Es lo que yo siento cuando vuelven gobiernos populares en esta zona del mundo, llámese Bolivia, ahora (quizá) Perú, luego de que el enemigo haya hecho su trabajo a conciencia: arrasar, malvender, entregar, empeñar y en algunos casos, matar.

Nuestras democracias no han logrado crear antídotos para esto. Ni siquiera sé si hay alguien que lo está pensando. Hay mucha gente inteligente pensando en tonterías muy trascendentales, pero en esta tontería no: ¿Cómo crear antídotos para que el enemigo no arrase cíclicamente nuestros países?

A las democracias acosadas como a las nuestras les lleva veinte años construir lo que a los títeres ocasionales de la derecha, llámese MMLPQTP o Bolsonaro, les lleva un año destruir. Luego se van a Miami, o a sus countrys, con la satisfacción de la tarea hecha y los bolsillos repletos. Y dejan deudas impagables, compromisos leoninos y los muebles de la abuela rematados.

Ahí volvemos nosotros, cumpliendo con la promesa de “Volveremos”, cuando ya es imposible regresar al punto de partida, al país desendeudado, con menos pobreza y más trabajo. Porque el enemigo quemó las naves y ya no hay cómo volver a ese estado original, donde por lo menos había esperanza.

Con suerte irá preso algún títere, algún Pepín, y haremos memes y reiremos entre dientes por un rato. ¿Y los que se robaron las empresas, las tierras, los sueños?

Claro que ganar alegra. Es mejor ganar que perder. Ganar deja abierta la posibilidad de sanar heridas. Pero no basta. A mí no me basta. A veces siento que nos dejan ganar una para que entremos en el aro. ¿Qué quieren? ¿Sacarse una selfie? Bueno, ahí está, si total ya tengo sus empresas, lagos, recursos y costas. Vayan, pero no ensucien mucho…

El desafío es pensar (y es obvio que desde mi lugar es fácil decirlo, hacerlo debe ser otro cantar) cómo se puede construir un poder compatible con el del enemigo, con su misma capacidad de fuego y recursos. Y, además, saber usarlos.

A menudo mandamos a estudiar historia al enemigo, pero me parece (siempre dicho desde mi comodidad) que los que tenemos que estudiar historia somos nosotros. Porque nos hicieron lo mismo como diez veces, y lo volverán a hacer.

Y nosotros seguimos luchando con las armas de siempre.

A veces, en lugar de pensar en cómo ser parte del nuevo mundo que se desarrolla frente a nuestros ojos, parece que le estuviéramos pidiendo al enemigo que no actúe como tal, que se vuelva bueno. Que deje de hacernos trampitas.

Y ellos hacen su trabajo. Hacen lo que saben hacer, lo que los favorece. Acá nos empeñaron por décadas. En Brasil le abrieron la puerta a la derecha armada. En Bolivia (dicen) entregaron el litio. ¿Cómo se regresa al punto de partida? No se regresa.

Y nosotros seguimos confiando sólo en la política tradicional y en ganar la calle. ¿Por qué no nos especializamos en nuevas teorías y técnicas de seducción del electorado y el enemigo sí? ¿Por qué no tenemos medios y jueces de nuestro lado como sí los tiene el enemigo? ¿A qué le tenemos miedo, a que digan que somos autoritarios? ¡Si lo dicen igual!

¿No sabemos, no podemos? ¿O no queremos construir así? ¿Nos da vergüenza tener a un Durán Barba bueno (ponele) que sepa devolver trampa con trampa? ¿Tenemos, acaso, una estrategia de comunicación para esta nueva realidad, donde una influencer mejicana de 25 años transformó a su marido en gobernador a fuerza de videítos de Tik Tok donde se los veía haciendo monerías? ¿O nos conformamos con que los dirigentes (e incluso el propio presidente) contesten tuit por tuit?

Mientras, algunos de nuestros dirigentes desfilan por una televisión abducida por el enemigo y dirigida a gente que no distingue la historia del chisme, la publicidad de la noticia, a discutir con mentirosos seriales, donde, en el mejor de los casos, pueden desarticular una fake news cuando ya hay cuatro más en elaboración.

¿Acaso no vemos a la velocidad a la que el mundo cambia?

Vivimos en un mundo donde un grupo de coreanitos le arruinó un acto a Trump usando Tik Tok. Un mundo donde Facebook debe tener un PBI más grande que Argentina y más influencia que todos los diarios del mundo juntos. Uno de estos jetones cibernéticos podría silenciarnos durante una semana, mientras nosotros seguimos confiando en que las elecciones se ganan llevando la boleta a la casa del votante (cosa que además hay que hacer, evidentemente).

La democracia moderna ha pasado a ser apenas una abstracción de tan endeble que se ha vuelto. Y por estos lados subdesarrollados, ni les cuento. Hoy, una empresa de Singapur te puede tumbar con un candidato creado en una sala de marketing. Eso, que podemos llamar política moderna, nació hace poco rato, y ya la están usando en contra nuestra. ¿Entonces? Hola, ¿hay alguien ahí?

 

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