El día se presentó desapacible para el hombre que se ganaba la vida puliendo cuidadosamente lentes en la bohardilla sumamente humilde y húmeda. Lo mejor era salir, poder exponerse un rato al débil sol de febrero y así evadir el polvillo que invadía los pulmones, pero le faltaba la fuerza necesaria y además, siempre existía un riesgo como el de esa noche, cuando el piadoso creyente dispuesto a demostrar su fe con una puñalada, lo hirió en el cuello. Por suerte logró evadirse, seguramente sin poder eludir la ascensión de la angustia, que trataba de contrarrestar repitiéndose una y otra vez que la excomunión por cargos de herejía “a nada me obliga que no hubiera hecho de todas formas”. Lo cierto es que se encontraba solo, su padre lo expulsó, su hermana se apropió de una pequeña herencia que le correspondía y sus antiguos amigos lo evitaban.

Por suerte, o por una contactación de fuerzas determinantes que, como diría el mismo, desconocemos, su aspecto humilde le cayó bien al matrimonio menonita que aceptó rentarle un ático en la calle Outerdek, en las afueras de Amsterdam. Las primeras noches fueron de incertidumbre, de temor y temblor, agravando la precariedad de sus pulmones. Para colmo, una febril y persistente pesadilla reiteraba el acta de excomunión con que lo castigaron: “…que ninguno mantenga conversación ni comunicación por escrito, ni habite bajo el mismo techo ni se acerque a cuatro codos ni lea lo escrito por su mano…”.

Los dogmáticos suelen ignorar la infinita y misteriosa variedad del multiverso tanto como imponen modelos de obediencia sustituyendo el conocimiento. Baruch no era uno de ellos, su inteligencia y su emoción no se lo permitían, por tanto no estaba destinado a pertenecer a una religión o a una secta, sino al mundo. Uriel de Costa, que había desestimado la creencia en la ultratumba y que había sido humillado con la fórmula de retractación hasta el punto de suicidarse, era uno de los que lo inspiraban. El sólo tenía ocho años cuando ocurrió, pero el suceso quedó grabado como un signo que sobrepasa la retractación que retrocede ante la dignidad del que se propone ser fiel a sí mismo y a sus convicciones. En ese sentido, nada lo fascinaba tanto como la idea de Moisés de Córdoba, que identificaba a Dios con el Universo, y el correlato que leía en Averroes de la inmortalidad impersonal. Baruch se sentía uno más; sabía que lo que lo contenía llenando su corazón de un anhelo infinito era la fluctuación constante de la naturaleza, ante la gravitante reproducción del todo. Esa emoción lo dominaba y lo persuadía de que “todo lo que ocurre es absolutamente necesario y es lógicamente imposible que los acontecimientos fueran diferentes de lo que son”.

A menudo, en la madrugada, cuando el malestar de sus pulmones le estorbaba dormir, salía a la soledad del sereno para observar el esplendor de la bóveda nocturna con sus incontables luciérnagas, titilando al amparo del misterio que desecha la vacuidad de la nada. El alba solía sorprenderlo inmiscuido en ese sortilegio, pensando y repensando en la esfericidad de los planetas y la elíptica trayectoria de los mismos, en el asombroso orden geométrico del infinito, cuyo silencio admite un hálito que envuelve entre las sombras de los sueños, la indiscutible respiración de lo creado… Baruch vivía y alentaba su vivir llevando a cabo la armoniosa noción de su filosofía, su concepción de relaciones y afecciones que incesantemente se recomponen y descomponen, probablemente debido a su pasión por la lectura. No en vano llamaban a la Nación de Baruch, la patria del libro. Estudiaba la torá, el talmud, a los antiguos, los estoicos, los escolásticos, a Giordano Bruno y a Descartes, quien debería haber dicho: «algo piensa o se piensa»; no, «yo pienso», porque el yo supone una entidad.

La luz que emanaba por la ventana difractaba, en los lentes dispuestos en orden, pequeñas hebras de luz vacilando en el espacio intermedio, hasta arribar al espejo rectangular ubicado en un ángulo del ático, donde Baruch solía demorarse al comprobar la realidad virtual de una utopía. Consignaba de ese modo que lo presente puede estar ausente y viceversa al percibir su imagen en el lugar donde no está y, sin embargo, en el único lugar donde la imagen de uno mismo se percibe. Advertía o creía advertir en el hecho una consecuencia de los infinitos atributos de Dios que desmienten su carácter personal, antropomórfico. Dios no es exterior al mundo, repetía, es interior y está en todas las cosas, aunque sólo nos parezca que está consciente en nosotros mismos. Muchas veces se desvelaba pensando en el poder de la vida inconsciente que advertía en el sonambulismo o los trastornos de la personalidad.

La condición de un excomulgado es difícil, tal vez la única ventaja sea la dedicación permanente a la lectura, sólo que esa actividad diluye las certidumbres en interrogantes y dudas, y al mismo tiempo que extiende un cierto saber expande en grado sumo la ignorancia. Por eso uno suele dejarse ganar por algo impensado en el pensamiento mismo, algo que deriva de la emoción más profunda, la que no suele explicitar sus razones… Esa voluntad “que determina mi idea o su duración debería llamarse deseo”, dice Baruch, pero, en ciertas condiciones, el deseo no acata el límite que le impone el riesgo de la muerte. A la naturaleza enfermiza de Baruch le costaba soportar el día entero, confinado, estudiando y escribiendo abrumadoramente acerca de todo lo que constituía el sesgo de su continua elaboración.

De tanto en tanto, en alguna tarde y cercano al agotamiento final, se atrevía a un corto paseo por un pequeño bosque cercano a La Haya donde vivió sus últimos años. Con la seguridad de sus convicciones, nacidas desde un interior por el deber de conocimiento que le es propio, y el saber que lo necesario es terrenal y consiste siempre en la determinación de lo dado, oía el canto de un pájaro y se preguntaba: qué dice… qué dice el rumor del Rhin o del Escalda, qué dice la brisa en el follaje del árbol o el fractal inscripto en el caracol ascendiendo en la humedad de la madera. Seguramente no podía responder, pero sí sentir que todo posee un don divino al impulsar que el hombre indague en los más externos e internos límites de su existencia. Por lo pronto, que “todos los seres quieren perseverar en su ser…” o incluso que Dios va existiendo en la medida en que los hombres detentan el bien.

Baruch había nacido en noviembre de 1633. El 20 de febrero de 1677, día domingo, día de Dios, la familia con la que vivía Baruch fue a la Iglesia. Al volver comprobaron que el último sueño le había sido propicio al joven amable que se despidió de la vida y de la intemperancia de los hombres de culto. Tenía apenas cuarenta y cuatro años. Tal vez haya develado lo que Maimónides dijo: que son divinas las palabras de los sueños cuando no sabemos quién las pronuncia, pero nunca sabremos lo que soñó.  

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