Antes de entrar la llave en la cerradura, Eduardo Durruty oyó el sonido del teléfono, al principio con la monocorde repetición de las ruedas de un tren que se pone en marcha. La demora, ahí frente a la puerta de su oficina neoyorquina, aceleró su impaciencia. A uno siempre le parece que esa llamada puede cambiar la vida. Se leían los 30 grados de la temperatura de ese día de agosto de 1976, en el color más oscuro de las axilas de la camisa. Y a la tarde sería peor. Para un jefe de redacción en ausencia la responsabilidad pesa más. Lo sentía así desde que arreglara con Clarín mantener su status, pero a distancia de Buenos Aires. Y cada llamado parecía recordárselo. Hay una envidia natural en el periodista que se debate en la redacción hacia los corresponsales y enviados especiales. Uno se tiene que bancar el cierre, los jefes, la locura de poner el diario en la calle; los otros la van de figuritas. Vos tranquilo ahí, campeón, que las verdes me las como yo.

Durruty levantó el tubo desde el otro lado del escritorio y fue haciendo un rodeo hasta dejarse caer en la silla de cuero marrón, repentinamente ciego. La brutalidad del sol que se metía por el ventanal del piso 38, tenía la potencia de la luz de los interrogatorios.

–Dígame...

Durruty

Eduardo Durruty, con apenas treinta años, en 1971 ya era el secretario general de redacción de Clarín. No pasaba del metro setenta de estatura, pero la espalda ancha, el porte armónico, el pelo crespo y una sonrisa franca de dientes perfectos, lo hubieran habilitado para vender en televisión cualquier producto.

De hecho había conducido un programa de Canal 7 entre 1964 y 1966. Su inicio en el periodismo fue en la revista Primera Plana en 1963, de donde pasó, un tiempo después, a otra revista: Siete Días. Inteligente y carismático –las chicas se prendaban del hoyuelo de su barbilla– compartió la profesión con el cargo de jefe en el Consejo Nacional de Desarrollo, volcándose luego al periodismo agropecuario: fue colaborador en la revista Dinámica Rural, dirigió la de los Criadores de Aberdeen Angus y finalmente, en 1968, entró a Clarín como redactor agropecuario del suplemento económico. Rápidamente pasó a dirigir otro suplemento, el “Clarín Rural” y de ahí, directo a la secretaría general de redacción del matutino.

Casi cinco años después, en abril de 1976, propuso –y obtuvo– instalarse en Nueva York como corresponsal del diario, pero conservando su cargo al frente de la redacción. A mediados del 77 volvió para desvincularse enseguida por una discusión de “guita”. Pero con un salvoconducto, un seguro de vida: era el nuevo corresponsal de United Press International en la Argentina. Ya en 1979 fundó y dirigió La Hoja del Lunes (un semanario deportivo), que salía con un suplemento, la “Hoja de las Carreras” (de caballos), que subsistió hasta fines de 1980. El propietario detrás de la publicación –un dato dentro de esta historia– era el almirante Massera. Después de numerosas participaciones y actividades en diversos rubros vinculados al periodismo (y al asesoramiento de muchos políticos), se radicó en Salta en 2008, donde falleció en agosto de 2011. 

Llamadas

Hay llamadas que pueden cambiar la vida personal, pero sólo un porcentaje ínfimo de ellas involucran a millones de personas. La de esa mañana no se desvaneció en el aire, no se apagó al cortar la comunicación. “Hola, soy Héctor” tiene un espesor que alimenta la atención y anuncia consecuencias. Mucho más, si lo que dijo fue “Magnetto”. Héctor es fuerte, pero es coloquial, hay un dejo de qué gusto escucharte, cómo va todo. El apellido, en cambio, cae con el peso del ruido de una puerta en la medianoche. Un temor repentino hace que las neuronas emitan una corriente más intensa. El que llamaba ahora desde una Buenos Aires aterrada era Magnetto con el disfraz de Héctor. No era aún el personaje que mejor personifica en la Argentina a esas deidades griegas que condicionan la vida de los mortales, los dirigen en las batallas y deciden quién gana. Era, todavía, un actor que llega al casting con la convicción de que el papel será suyo. Y lo que estaba diciendo, lo diferenciaba del resto para siempre. “Quiero que me averigües cuanto sea posible sobre las acciones de Papel Prensa que Graiver tiene ahí.”

–¿Ya se sabe cómo fue el accidente?

–No –dijo Magnetto–. Graiver tiene millones de dólares en títulos que están en Nueva York. Hay que encontrar eso.

Graiver era el dueño de las acciones de Papel Prensa. Luego de su muerte encontré esas acciones en Nueva York. La cosa había sido así: Graiver quería comprar un banquito en Nueva York. Entonces, como garantía de su oferta, había depositado unos diez millones de dólares en la Reserva Federal de NY, que incluían las acciones de Papel Prensa, las acciones del Banco del Plata que era propiedad del padre, las acciones de la Galería Río de la Plata, las acciones que tenía Martínez Segovia, que era primo –y socio– de Martínez de Hoz y un montón de otros valores. Todo eso tenía que estar en caución durante un año y así demostrar que su grupo sabía manejar el banco, que era honesto. Entonces muere Graiver y hubo que salir a buscar las acciones de Papel Prensa... Los diarios La Nación, Clarín y La Razón fueron corriendo a negociar con los militares, a ver si ellos podían comprar esas acciones. Necesitaban la autorización para comprarlas, porque eran de la viuda de Graiver, Lidia Papaleo. Ahí empezó una serie de tires y aflojes, porque los marinos querían que esas acciones las compraran todos los diarios del país y los aeronautas querían que participara La Prensa. Es decir, empieza una interna militar y triunfa la posición del Ejército, que era la de Martínez de Hoz. Ahí se ve el peso que tenían los civiles en la parte económica del gobierno. Las tratativas de esos tres diarios con el gobierno se hicieron por abajo. ¡El negocio de Papel Prensa fue la cosa más tramposa que se hizo en el mundo!

Durruty no exageró cuando, años más tarde, evocó aquella participación involuntaria y lateral en la apropiación de Papel Prensa. Héctor Enrique, campeón del mundo en 1986, suele jugar con la idea de haber sido el impulsor de la célebre jugada de Maradona frente a los ingleses, porque fue él quien le dio la pelota a setenta metros del arco de Banks. Después vino todo lo demás. El negocio que se puso en marcha con su habilitación de apariencia intrascendente convierte a Durruty en uno de los ejes de la apelación del fiscal Franco Picardi. Con el enorme capital de la información que disponía de las fuentes militares, Magnetto se puso en acción cuando aún no habían recuperado el cadáver de Graiver. No hubo tiempo ni ámbito propicio para discutir si había sido la CIA, respondiendo a una solicitud proveniente de la Argentina, la causante de la extraña caída del aparato. El avión se precipitó sobre las montañas por la falla de un instrumento indispensable siempre, pero sobre todo, si se han de sobrevolar topografías montañosas: el altímetro. Salvo los beneficiados con el negocio de Papel Prensa, la mirada sobre el episodio es acusatoria, al considerar la presencia de la CIA y sus embrollos criminales en la América latina de aquel tiempo. Los militares argentinos y por ende sus cómplices civiles, consideraban ya desde el 24 de marzo de 1976, cuatro meses y medio antes del hecho, que Graiver manejaba dólares que provenían de Montoneros.

Lidia

“No, no, perdóneme pero yo quiero decir algo demasiado importante que pasó antes. Estando en México un empresario muy poderoso, muy conocido, Gabriel Alarcón, le dijo a David que tenía que vender las acciones de Papel Prensa porque si no lo hacía, le iba a costar la vida”.

Lidia Papaleo interpuso esa respuesta textual a la pregunta sobre las amenazas recibidas cuando en 2010, en el programa de televisión Bajada de Línea, el autor de este libro le preguntó sobre ese tema. En el escenario de sus recuerdos, una potente luz debe haberla conectado con un hecho que podría ser crucial a la hora de entender la muerte de su marido. No se trataba de los ataques telefónicos ocurridos después de la caída del avión.

La importancia de Alarcón y lo cercano de la relación que tenían con él, la remarca Lidia cuando narra la forma en que se enteró de la tragedia en el aeropuerto del Distrito Federal.

Ella esperaba con un amigo, Jorge Schussheim, la llegada de Graiver para partir luego hacia Acapulco. Entonces, cerca de la hora del arribo, los autorizaron para salir a la pista a esperar el aterrizaje, pero poco después les avisan que habían perdido el contacto con el Cessna. Asociando las palabras de Alarcón con la intuición de que había ocurrido lo peor, Lidia llama desde las oficinas del aeropuerto al empresario mejicano. Alarcón le promete que hablará con el ejército para salir a buscarlo apenas salga el sol del domingo, a rastrear las montañas....

Gabriel Alarcón Chargoy había nacido en 1907 en el estado de Hidalgo, México, y a los cincuenta años era un hombre multimillonario. Hizo su fortuna con el negocio de la exhibición de películas. Su primera sala en la capital de Puebla resultó ser la inicial de una cadena que llegó a las casi cuatrocientas, en todo el país y en la mayor de América latina. El cine, sin la televisión en la escena todavía, tenía un auge extraordinario y el estilo avasallante de Alarcón hicieron el resto: se transformó en un hombre muy poderoso, de estilo avasallante, mostrado en la disputa con otra cadena que intentaba sacarle el liderazgo.

Con amigos y enemigos en todas las esferas, no fue raro que se cruzara un crimen en su camino. En 1954, la muerte del jefe del Sindicato de Trabajadores de Cinematografía se convirtió en una pesadilla para Alarcón, cuando desde algunos medios se lo acusó de ser el autor intelectual del suceso. Su debut como blanco de una embestida brutal de artículos en su contra, sin disponer de un arma similar para defenderse, le enseñó para siempre que alguna vez debería estar del otro lado del mostrador.

La política y dos presidentes, por razones opuestas, lo llevarían directo a fundar un diario nacional. El primero fue Adolfo López Mateos, que en 1960 decidió terminar con el oligopolio de las dos empresas de cadenas cinematográficas, expropiándolas, y dejando a Alarcón sin su negocio. Quien lo sucedería, Gustavo Díaz Ordaz, era por entonces, además de su amigo personal, el secretario de la gobernación de Puebla y candidato indiscutible para las siguientes elecciones. Cuando Díaz Ordaz llegó a la presidencia, Alarcón fundó El Heraldo, que nació con un edificio especialmente construido y fue un diario precursor de una revolución tecnológica en el periodismo gráfico de ese momento. 

Además de El Heraldo, el amigo del matrimonio Graiver era socio de empresas petroquímicas y textiles, tenía contactos con muchas multinacionales norteamericanas y era un importante accionista del Banco Internacional. A sus setenta años, al conocer a este joven David, inteligente, de carrera paralela por lo exitosa y con la mitad de su edad, tenía quizás la impronta de permitirse aconsejarlo hasta el extremo de hacerlo en los términos tan especiales que Lidia Graiver refirió en la entrevista televisiva.

Y por eso también, Alarcón, al recibir el angustioso pedido de auxilio de Lidia desde el aeropuerto, responde con el inmediato “voy a llamar al ejército para rastrear el avión mañana mismo”, a sabiendas de que ese sería todo el apoyo que podría darle, impotente ante el final que él mismo les había anticipado.

Angelelli

Al Obispo Angelelli lo mataron con un accidente de época.

Tres días antes de la caída del avión de Graiver, el obispo conducía una camioneta junto al padre Arturo Pinto, regresando de una misa celebrada en la ciudad de Chamical, en La Rioja, donde se hizo un homenaje a los sacerdotes Carlos de Dios Muria y Gabriel Longueville, que habían sido asesinados. Llevaba consigo tres carpetas con las particularidades sobre ambos crímenes.

El Padre Pinto narró que un automóvil comenzó a seguirlos y luego apareció otro, hasta que en el paraje Punta de los Llanos los encerraron con un tercer vehículo, que provocó su vuelco.

Inconsciente por un largo rato, el sacerdote volvió en sí aturdido y se incorporó auxiliado por dos paisanos. Después de recorrer unos metros, ayudado por ellos, vio a Angelelli muerto de cara a la ruta, con la parte de atrás de su cuello con varias lesiones “como si lo hubieran golpeado”.

Todo lo que se inscribió en el parte policial fue falso. Lo ponía al padre Pinto conduciendo la Multicarga Fiat 125, que al perder el control e intentar el retorno a la ruta, reventó un neumático y volcó, resultando muerto Angelelli –por los golpes–, al ser despedido del vehículo. 

El juez, de apellido Vigo, aceptó el informe y pocos días más tarde, la fiscal Martha Guzmán Loza recomendó cerrar el caso, al que calificó de “accidente de tránsito”.

Nunca se tuvo en cuenta que el propio Comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, había amenazado a Angelelli, en Córdoba, cuando el obispo reclamaba por el secuestro de varios diocesanos: “Es usted quien tiene que tener cuidado”.

Anuladas por el Congreso las leyes que consagraban la impunidad, en 2005 se reabrió la investigación judicial. En abril de 2009 se realizó una necropsia. El informe médico legal ratificó que la muerte se debió a las múltiples fracturas del cráneo.

En 2010, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, el Obispado de La Rioja y el sobreviviente padre Pinto, se convirtieron en querellantes por la causa de asesinato, junto a una sobrina de Angelelli y el Centro Tiempo Latinoamericano de Córdoba. El juicio comenzó en junio de 2013.

El 4 de julio de 2014, el comodoro Luis Fernando Estrella, jefe de la represión en la provincia y Luciano Benjamín Menéndez recibieron cadena perpetua por el asesinato de Enrique Angelelli como “responsables de una acción premeditada, provocada y ejecutada en el marco del terrorismo de Estado”.

La secuencia de estos accidentes habría tenido otro capítulo. En el programa Bajada de Línea del 16 de junio de 2013, Lidia Papaleo mencionó como un atentado lo que sucedió un poco más de dos meses y medio después de la muerte de David. Jorge Rubinstein, el hombre de confianza de su esposo, quedó casi imposibilitado cuando viajaba hacia La Plata y su auto fue embestido violentamente. Las consecuencias fueron tremendas, ya que debieron realizarle una operación a corazón abierto. Rubinstein quedó internado, no participó ni pudo ser consultado por la “venta” de las acciones del 2 de noviembre, aunque antes del episodio había sostenido que era totalmente contrario a esa transferencia. En ese estado de salud fue secuestrado el 15 de marzo de 1977 y murió por un paro cardíaco en la mesa de torturas de Puesto Vasco el 4 de abril.