Las ranas          7 puntos

Argentina, 2020

Dirección y guion: Edgardo Castro.

Duración: 77 minutos.

Intérpretes: Bárbara Elisabeth Estanganelli, Nahuel Cabral, Gabriella Illarregui, María Eugenia Stillo, Edgardo David Caseres.

Estreno en Malba Cine (sábados a las 20 y domingos a las 18).

En La visita (2019), adhiriendo a las tradiciones del documental de observación, el realizador Jorge Leandro Colás registraba la reunión de un grupo de familiares de presos del penal de Sierra Chica, concentrando la mirada en un puñado de mujeres (esposas, novias, amigovias) dispuestas a viajar a esa localidad bonaerense con el único objetivo de reencontrarse y pasar un par de horas junto a su pareja. En Las ranas, el interior de la cárcel de Sierra Chica aparece recién a mitad del metraje, cuando la protagonista –una chica de unos veintialgo, madre de una nena pequeña, cuyo único sostén económico parece ser la venta de medias en la vía pública– visita a un joven que está preso por alguna razón innombrada. El tercer largometraje de Edgardo Castro, estrenado en el festival especializado Visions du Réel, vuelve en cierta medida al estilo de su ópera prima, La noche: aquí también el dispositivo de ficción y la rotunda realidad sobre la cual está montado se funden en una única materia, indivisible.

Barbie deja a la hija a cargo de su ¿padre, hermano, pareja, amigo?, toma el tren y camina por las calles del Abasto ofreciendo los productos, tres pares por ciento cincuenta. No tiene demasiada suerte con los “capo, señora, amiga”, pero la insistencia rinde sus frutos más tarde, en las visitas casa por casa en su barrio del conurbano. El premio es un choripán regado con chimichurri y una coca. Por la noche, bajo la autopista, la espera del micro que la llevará a la cárcel, horas antes del horario de visita convenido. Barbie no es novia ni esposa, algo que queda claro en otra escena; es una “rana”, siguiendo la jerga carcelaria, una de las tantas mujeres que se acercan al lugar proveyendo cigarrillos, celulares, comida y, en algunos casos, afecto. Otra forma de parar la olla, por poco ortodoxa que parezca. ¿Cuánto hay de realidad documentada por la cámara y cuánto de construcción de personajes? La película no lo deja en claro y está bien que así sea: Castro moldea los espacios y sus habitantes borrando los límites entre realidades y ficciones, construyendo un universo creíble y una mirada genuinamente humanista.

La deriva del relato abandona momentáneamente a la protagonista. En otra visita al muchacho encarcelado, Mamá, Papá y la novia conversan animadamente mientras preparan empanadas, proceso que la cámara registra amorosamente, como si se tratara de un ritual (lo es). Una escapada al baño para fumar medio porro y abrir el apetito y, poco después del almuerzo, la despedida. Las ranas vuelve entonces a Barbie, acompañándola en otro viaje a la cárcel, la nueva amiga de otro par de chicas que andan en la misma. Un celular es introducido en el presidio de forma incógnita (los cuerpos y sus recovecos forman parte esencial de la poética de Castro) mientras el trío de mujeres se prepara para otra fugaz reunión puertas adentro del presidio.

Así como en La noche, a pesar de todas las asperezas, el realizador aportaba una mirada cálida a un grupo de criaturas que podrían definirse como marginales –aunque no en el sentido usual del término–, Las ranas también se acerca a personajes usualmente invisibles y/o invisibilizados. Para ello Castro se corre del centro de atención de la cámara, ubicándose exclusivamente detrás de ella, y se convierte en un cronista que le escapa al sentimentalismo, el paternalismo, el sensacionalismo y otros ismos que bien podrían haber teñido el proyecto. Y nada es casual, más allá de los accidentes felices que seguramente atravesaron el rodaje: es en la atención a los más pequeños detalles, en la manera en la cual los encuadres y los cortes de montaje deciden qué ofrecerle al espectador y qué dejar afuera, donde deben buscarse las razones del éxito artístico y humano de la historia.