“Tenemos un problema, la sangre no sale”. El escueto informe oral del soldado se choca con las intenciones de los miembros del Partido: eliminar cualquier rastro de la matanza a sangre fría que acaba de ocurrir, transformarla en un hecho inexistente cuando apenas han transcurrido algunos minutos de su triste desenlace. La solución es relativamente sencilla y es llevada a cabo de inmediato: disponer una capa de asfalto nuevo sobre el antiguo, borrando el recuerdo de la sangre derramada, de todos los cuerpos que han comenzado a desaparecer, de ese hecho que debe olvidarse, desde entonces y para siempre. La escena tiene lugar en ¡Queridos camaradas!, la última y excepcional creación del veterano realizador ruso Andrei Konchalovski, una reconstrucción ficcional de la Masacre de Novocherkassk, que tuvo lugar el 2 de junio de 1962 cuando, en una de las plazas principales de esa ciudad del Óblast de Rostov, varios francotiradores de la KGB comenzaron a disparar sobre un grupo de manifestantes, acabando con la vida de veintiséis personas (los cifras extraoficiales triplican ese número) e hiriendo a muchas otras. Disponible para su alquiler en Google Play y iTunes, la película es un ejemplo notable del clasicismo tardío del director de Siberiada, Los amantes de María y Escape en tren, quien en su anterior Paraíso (2006) ya había analizado hechos del pasado europeo partiendo de un estilo similar: fotografía en blanco y negro contrastado, formato de pantalla 1.37, actuaciones precisas y contenidas a pesar de los hechos extraordinarios que sacuden a los personajes. Con 84 años recién cumplidos, el cine de Konchalovski –cuya filmografía en la U.R.S.S. antecede una etapa en el Hollywood de los años 80, antes de volver a su tierra natal luego de la caída del régimen comunista– sigue siendo relevante en forma y fondo. A partir de la actuación central de Yuliya Vysotskaya, rostro recurrente en sus películas desde La casa de los engaños (2002) y esposa del director desde 1998, ¡Queridos camaradas! es un retazo de vida y muerte en la Unión Soviética de Nikita Kruschev, cuando el nombre de Stalin era mala palabra oficial, pero muchos ciudadanos habían comenzado a revalorizar sus acciones, por terribles que estas fueran. El hecho que reconstruye fue real y vergonzoso, y tuvo una coda con aires de justicia en 1994, cuando los cuerpos enterrados en tumbas clandestinas fueros finalmente desenterrados y devueltos a sus familiares.

Lyudmila (Vysotskaya), miembro del Partido Comunista que además forma parte del grupo central de empleados municipales, despierta a un nuevo día en el lecho de su amante, un hombre casado a quien ve, desde luego, a escondidas. La conversación gira alrededor de hechos coyunturales poco amables: el aumento del precio de la leche, la carne y otros artículos de primera necesidad, de la mano de una reducción del salario por vía de un desafío mayor en las cuotas de producción. Lyudmila corre al mercado a hacerse de víveres, los cuales consigue sin esperas ni tener que hacer cola gracias a su estatus político, no sin antes afirmar (reafirmándose a sí misma en sus convicciones) que el resultado de las medidas posee sin duda una lógica que redundará en el beneficio del pueblo soviético en el futuro cercano, mejorando la calidad de vida de todos los ciudadanos. Los empleados de la fábrica ferroviaria que emplea a una parte sustancial de la población no piensan igual, y la huelga que comienza esa misma mañana del 1° de junio se presenta como el único medio de protesta que garantiza su seguridad. “Los soldados rojos no van a disparar contra el pueblo”, afirma uno de los revoltosos, desconocedor de los engranajes que ya han comenzado a ponerse en funcionamiento, luego de un par de llamados telefónicos de la superioridad local. La tragedia está encaminada, aunque nadie lo sepa aún. Ni las víctimas ni los perpetradores. 

Para Andrei Konchalovski, entrevistado por el periódico The Guardian en ocasión del estreno del film en salas de cine británicas, hace apenas algunos meses, este abordaje a uno de los crímenes más aberrantes del gobierno soviético luego de la era estalinista venía marcado desde su nacimiento por la polémica. “Me di cuenta desde un primer momento que la película sería provocadora en Rusia. La gente pro soviética piensa que es un film antisoviético, y los liberales creen que es pro estalinista. Un escándalo. Pero no es un film político, su historia es sobre la violencia psicológica, no la física”. Desde siempre abierto a la discusión política y a la disidencia, el director de la censurada La historia de Asya Klyachina (1967) afirma que cree conocer muy bien a la sociedad de su país en aquellos tiempos. “Yo viví en esa sociedad, que estaba permeada por el miedo. Una suerte de corrección política. La corrección política comunista. La gente en Rusia me critica y dice que hice una película para el imperialismo americano. Pero creo que están equivocados: es un film soviético. Soy un director soviético. Puse todo lo que sé sobre ello en la película”.

HERMANOS EN ARMAS

Hijo del escritor Sergey Mikhalkov y de la poeta Natalia Konchalovskaya, Andrei Sergeyevich Mikhalkov-Konchalovski nació en Moscú en 1933. El hermano mayor del también cineasta Nikita Mikhalkok (como si anticiparan futuros enfrentamientos ideológicos, cada uno de ellos optó por quedarse con elementos distintos del nombre familiar) es descendiente de un clan aristocrático que entierra sus raíces en siglos y siglos de presencia en la vida pública rusa. Luego de seguir durante una década estudios de piano clásico en el famoso conservatorio de su ciudad natal, Konchalovski ingresó al cine por la puerta grande al coescribir el guion de La infancia de Iván, ópera prima de Tarkovski, con quien seguiría colaborando en esos menesteres en la obra maestra Andrei Rublev, al tiempo que destinaba esfuerzos en la dirección de su debut como realizador, El primer maestro (1966). Su hermano Nikita, en tanto, comenzaba unos años antes su filmografía como actor, aderezada con un puñado de cortometrajes producidos hacia finales de los años 60. Más allá de algunos roces con los censores oficiales, la carrera del joven cineasta atravesó la década siguiente con múltiples proyectos, entre otros una muy popular adaptación de la obra de Anton Chejov Tío Vania (1970), el drama sentimental con toques musicales Romance de los enamorados (1974) y la saga épica en cuatro partes Siberiada (1979). Al mismo tiempo, su hermano menor comenzó a presentar sus primeros films en festivales internacionales, y títulos como La esclava del amor (1976) y Pieza inconclusa para piano mecánico (1977) acaparaban la atención de la crítica de cine especializada. En declaraciones durante su exilio profesional en los Estados Unidos, donde terminó de instalarse a comienzos de los 80, luego del exitoso paso de Siberiada por el Festival de Cannes y una estadía en París, Konchalovsky afirmaba que “Nikita es un patriota, mucho más eslavófilo que yo. Soy más cosmopolita y racional, él es más emocional, y eso lo hace alguien apasionado e intolerante, como todos los rusos verdaderos”. Años después, en plan semi conciliatorio pero definitivamente reflexivo, el director de ¡Queridos caramaradas! escribía estas líneas autobiográficas en carne viva: “Nikita era mi hermano pequeño y solía llevarlo a los rodajes. Pero antes de que me diera cuenta, el zapato estaba en el otro pie y era él quien llevaba en alto la bandera familiar. Debo decir que rápidamente me puse celoso, de él y de su éxito”.

“Tuve que regresar a Rusia, no porque lo quisiera. Pero ahora creo que estoy contento de haber fallado en Hollywood”, declaró recientemente Andrei Konchalovski en la mencionada entrevista con The Guardian. En su libro autobiográfico Verdades hogareñas, publicado hacia finales de la década del 90 en idioma ruso y nunca traducido al inglés o al español, describía su relación con el régimen de la siguiente manera: “Odiaba el partido comunista. Un pasaporte soviético era un pasaporte de esclavo. Me daba vergüenza vivir en este país”. La disidencia secreta ante el entramado político de la Unión Soviética terminó enfrentándolo a su padre y a su hermano menor (eso último no impidió que Nikita Mikhalkov interpretara un papel central en Siberiada), y la posibilidad de acceder a producciones en la industria de cine de Hollywood hizo que muchos lo vieran como una suerte de traidor, político y cinematográfico. Los amantes de María (1984), con un inolvidable papel central interpretado por Nastassja Kinski, lo ubicaría en un lugar de prestigio en el mapa del cine de autor internacional, al tiempo que Escape en tren, un año más tarde, logró aunar las expectativas autorales, las ansias de galardones (el film obtuvo tres nominaciones a los premios Oscar) y el éxito popular. La experiencia posterior en largometrajes como Tiempo de amar (1986), Una extraña amistad (1989) y, sobre todo, Tango y Cash (1990), terminaría horadando ese frugal romance. Tres décadas más tarde, el recuerdo de esa experiencia en el exilio es recordada con algo de amargura: “En el preciso momento en que comienzas a vender una historia, alguien te está viendo contar esa historia. Como director de cine en Hollywood empiezas a pensar en cómo hacer que esa historia tenga elementos comerciales, y allí comienzas a ser el censor de tu propia creación”. En cuanto al rodaje de Tango y Cash, Konchalovski lo define como su ingreso al “monstruo del sistema de Hollywood. Un productor me preguntó por qué no movía la cámara. Nunca nadie me había hecho esa pregunta, creo que eso es algo que debe decidir el realizador. Mi respuesta fue ‘porque no tengo ganas de moverla’, a lo cual me respondió que debía mover la cámara en cada plano. Ese fue el comienzo del fin”.

ANDREI KONCHALOVSKY

LA CORRECCIÓN Y LA IRONÍA

“Queridos camaradas, protejan la madre patria a cualquier costo”. La canción central de la película Primavera (1947), de Grigoriy Aleksandrov, es cantada a dúo por Lyudmila y Viktor, el agente de la KGB que, incluso a sabiendas de la represalia que podría acabar con su carrera e incluso su vida, decide ayudar a la mujer en la intensa pesquisa de su hija, desaparecida durante los disturbios en la plaza. Es uno de los muchos momentos irónicos de ¡Queridos camaradas!, cuando las reglas de etiqueta de la “corrección política comunista” se chocan de frente y a altísima velocidad con la realidad. Konchalovski dedica varios minutos de metraje a retratar las minucias de las discusiones entre los enviados del Comité Central, los miembros locales del Partido, los agente de la KGB y los responsables militares del operativo, las formas del habla formateada por el lenguaje oficial (pueblo, camarada, contra, hooligan, cuota) y los escalones de poder dentro de estructuras que, a su vez, rinden cuentas a otras estructuras. Lyudmila, a quien todos llaman amistosamente Lyuda, forma parte de ese laberinto humano y burocrático y su voz se escucha fuerte y alta en la primera reunión que decidirá los pasos a tomar ante la huelga, que amenaza con detener no sólo la producción sino el tránsito normal de trenes en la región: “Los revoltosos merecen la pena más extrema”. Novocherkassk es tierra cosaca y, como afirma uno de los personajes casi al pasar, el río Don y sus afluentes han sido testigos de infinitos conflictos a lo largo de la historia. A pesar del título de la famosa novela de Mijaíl Shólojov, el Don nunca ha sido apacible. La extensa secuencia que anticipa la masacre, cuando el contingente de huelguistas camina hacia el edificio municipal con “carteles rojos y fotografías de Lenin”, bebe de las aguas del cine soviético mudo y homenajea indirectamente a los films más celebrados de Eisenstein, Pudovkin y Vertov. Aunque aquí las masas no serán violentadas por las huestes zaristas sino por miembros del organismo de inteligencia, con la anuencia de un innombrado poder central. Más tarde, cuando varios hombres manguerean la calle para borrar los rastros sanguinolentos –varios pares de zapatos sin dueño como recordatorio de las vidas extinguidas– las huellas de la violencia vuelven a atravesar la pantalla con fiereza. Lyuda discute con su hija adolescente, empleada en la fábrica, y con su padre, un anciano cuyo arcón de recuerdos incluye un ícono religioso y un uniforme completo de cosaco, objetos prohibidos que es mejor mantener en el más sigiloso secreto. “La gente es muy ignorante. Esto es un crimen”, afirma la protagonista, completamente ignorante del hecho de que, apenas unas horas más tarde, su férrea adherencia a la fe política sufrirá un terremoto que hará tambalear todas y cada una de sus creencias. Lyuda, como el resto de los habitantes de la ciudad, deberá firmar una declaración jurada de desconocimiento de los hechos, so pena de recibir una condena a trabajos forzados o, peor aún, la muerte por ejecución.

 

Además del preciso trabajo de dirección actoral (Vysotskaya es una de las pocas presencias profesionales en un reparto ensamblado en gran medida con actores debutantes), ¡Queridos camaradas! ofrece una notable reconstrucción de época que nunca resulta intrusiva ni amenaza con eclipsar el relato. Entrevistado para el muy buen sitio de artículos cinéfilos de la plataforma Mubi, el cineasta describió el trabajo de dirección de arte, que partió “de cero para crear un mundo. Para que todo se sienta auténtico, los escenógrafos, diseñadores, maquilladores y directores de casting deben entender los elementos sobre el período en el que están trabajando. Como director, puedo seleccionar ciertas cosas, pero a final de cuentas estoy en las manos de otras personas, que deben aprehender la cultura de ese lugar y esa época para poder recrearla fielmente”. 

En cuanto a la construcción del personaje central y el arco de iluminación que la lleva del fanatismo a una nueva consciencia –quizá sólo personal, tal vez también política–, Konchalovski define sus actitudes y metamorfosis: “No quiero acusar a Lyuda de nada. Ella y sus colegas pertenecen a la generación de mis padres. Por supuesto, hubo gente entre ellos que se opuso a la revolución de 1917, gente que se unió al Ejército Blanco y otros grupos contrarrevolucionarios. Pero aquí estoy hablando de alguien que creció en la Unión Soviética y que fue criada para creer en cierto ideal sobre el comunismo, cierta idea de quién era Stalin y lo que él significaba. No es mi deseo culpar a la gente como ella por todo eso. Sería algo estúpido de mi parte. Creo que es mucho más interesante intentar comprender. No viene al caso si ella está o no en lo correcto, si sus creencias son justas. Un personaje puede ser querible aunque esté absolutamente ‘equivocado’ desde un punto de vista moral. Y también puede crearse un personaje que toma todas las decisiones morales ‘correctas’ y aun así encontrarlo repulsivo. La belleza no puede existir sin la estupidez y la fealdad”. 

Lyuda es testigo y también partícipe. Corriendo en busca de su hija entre la muchedumbre, se esconde en un local comercial y ayuda a una muchacha que ha sido herida en una pierna. Más tarde recorre el hospital y la morgue, esquivando cadáveres y soldados que se preguntan por sus razones para estar allí. Sin poder contener la mezcla de rabia, miedo, resignación y asco se esconde en un baño, mientras las lágrimas brotan de los ojos, incontenibles. Según Konchalovski, durante mucho tiempo “la gente tuvo miedo de hablar acerca de lo que había pasado. Cuando uno es obligado a firmar la clase de documentos que se ven en la película… no vas a recordar nada de nada”. En cuanto al sorpresivo final, que no conviene adelantar aquí ni siquiera en forma de enigma, el realizador cree que “los médicos no curan solamente con drogas o escalpelos, o lo que sea que usen. También pueden curar con palabras. Y a eso aspira también un artista, en última instancia: a darle a la gente algo de esperanza. Creo que eso es lo que intenté hacer, crear un cuento de hadas. Y un cuento de hadas es un medio maravilloso para alcanzar las verdades más profundas del ser humano”.