Infaustos aquellos pueblos a los que el destino se obstina en colocar, casi por capricho, en el tablero de juego de dioses, reyes y señores. En el corazón de Asia, con una singular orografía, Afganistán se erige a la sombra del Hindukush cual mano agonizante de un coloso de piedra caído desde tierras situadas aún más al oriente. En tiempos globalizados, la atracción fatídica hacia el pueblo afgano por parte de poderosos actores del teatro internacional parece haber derivado en una manía persistente.

Casi en forma irónica por la cercanía a la conmemoración de los 20 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el regreso de los talibanes al poder en Afganistán saltó a la primera plana de los medios de comunicación con tintes dramáticos. Los acontecimientos no fueron en realidad tan inesperados. La retirada de las últimas fuerzas armadas tras la ocupación militar más larga en la historia de Estados Unidos ya había sido pactada en Doha, el 29 de febrero de 2020, entre el gobierno estadounidense y los propios talibanes.

Como pasó en otras oportunidades, el telón fue reabierto para debatir la situación de las mujeres y niñas afganas. Es que, desde un inicio, la guerra contra el terrorismo también se presentó como una lucha por los derechos y la dignidad de las mujeres. Rara vez, sin embargo, a la libertad se accede a través de una ofrenda foránea; en su caso, seguramente será efímera.

Ni la historia de Afganistán comienza con los talibanes, ni su derrocamiento provisorio derivó necesariamente en la liberación de las mujeres. La realidad es bastante más compleja y se encuentra enredada en una amalgama étnica, cultural y religiosa que resulta desconocida para muchos en occidente, lo que ha derivado en simplificaciones que suelen reducir todo el asunto al burka.

La extensa operación internacional en Afganistán permitió algunos logros en materia de derechos humanos, pero sostenidos casi exclusivamente en base a la presencia militar de las fuerzas de ocupación. En el caso de las mujeres, la mayor parte de las conquistas fueron impulsadas por ellas mismas en un contexto hostil, marcado por la desaprobación, la persecución y, en muchas ocasiones, la muerte.

No obstante, las formas estructurales más arraigadas de violencia y discriminación contra las mujeres jamás pudieron ser eliminadas. En la mayoría de los casos se impulsaron reformas legislativas que no encontraron respaldo en modificaciones de las prácticas sociales y culturales cotidianas.

Entre otras cosas, no se obtuvieron adelantos sustanciales en su participación ciudadana en los ámbitos político, educativo, sanitario, laboral y cultural. Muchos estereotipos y prácticas nocivas —como los crímenes de honor, los matrimonios infantiles y forzosos, o las pruebas de virginidad— prosiguen bajo el amparo de la tolerancia social y la impunidad institucional. Los niveles de violencia de género permanecen elevadísimos y se encuentran notablemente naturalizados. La trata y explotación de la prostitución subsisten acompañadas de una fuerte estigmatización de las mujeres y niñas sometidas a esta práctica esclavista.

Otras problemáticas igualmente graves se mantienen instaladas: las persecuciones, amenazas y asesinatos a defensoras de los derechos humanos, educadoras, médicas y periodistas; los castigos y represalias por opciones de vida libre, que van desde la vestimenta a la sexualidad; las limitaciones a la circulación y utilización de los espacios y servicios públicos; las faltas de acceso a la educación y asistencia básicas en salud y salud sexual y reproductiva; las dificultades para obtener empleos fuera del hogar; los obstáculos para acceder a documentos nacionales de identidad; o la imposibilidad para poder desarrollar una vida cultural, deportiva y recreativa.

Esta realidad demuestra que las mujeres y las niñas afganas llevan décadas condenadas al ostracismo de la opresión y la misoginia más brutales. La fragilidad de una prolongada intervención militar pretendidamente democratizadora y libertaria queda ahora, con la partida, despojada de sus ropajes humanitarios. Es el mismo pueblo en los escaques del tablero; difiere la mano del jugador que gobernará su destino con severidad implacable.

*Abogado y especialista en Derechos Humanos de la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam). Docente en las asignaturas “Derecho Internacional Público y Sistemas Internacionales de Protección de Derechos Humanos” y “Clínica de Derecho de Interés Público”.