Ese día lloraban todos. Mi casa no era muy grande, pero la cocina era cómoda y tenía en el centro una mesa circular donde cenábamos juntos, los cinco, casi todas las noches. En esa mesa mi viejo apoyaba los codos y sostenía su cabeza, como si el mundo, su mundo, le hubiera caído encima. Mi madre se secaba los mocos con el delantal y mis hermanos me miraron con una extraña expresión de angustia, perplejidad y terror cuando llegué de la Facultad y me encontré con la escena. -¿Qué pasó?-, pregunté mientras el corazón intentaba colarse en mis cuerdas vocales. Aún la muerte no había golpeado a ninguno de mis seres más cercanos y queridos, pero en ese momento temí lo peor. ‑Lo echaron a papi del trabajo-, dijo mi vieja, y le dio otra vez rienda suelta a las lágrimas, los mocos, y la desesperación.

Corría 1981, infame dictadura y economía rapaz. Mi hermano menor arrancaba la secundaria, yo transitaba el primer año de la incierta carrera de Comunicación Social, y sólo mi hermano mayor tenía un trabajo de medio tiempo. Mi madre había remado junto a su compañero de toda la vida para salir adelante día tras día mientras cocinaba con sus manos exquisitas la mejor comida que probaré jamás y criaba a sus hijos con sus humildes parámetros de limpieza y dignidad: lavando y planchando los delantales blanquísimos cada día de clases, trenzando el rebelde cabello de su hija y refregando las roñosas rodillas de sus hijos varones al volver de la escuela. La casa, por supuesto, era su espejo y su refugio. Jamás contempló siquiera la idea de trabajar fuera de esas paredes, y nunca imaginó que lo impensado trocara en urgente necesidad a partir de ese día que cambió sus perspectivas e irrumpió en su vida con la fuerza de un implacable ciclón.

-¿Qué vamos a hacer? -,repetía mi padre. -¿Cómo vamos a pagar las cuentas? -indagaba a mi madre, sin esperanzas de encontrar respuestas en ninguno de los presentes, que contemplábamos el desmoronamiento de un sistema que, por inobjetable, parecía sólido. Mi padre había trabajado en una compañía de seguros durante 25 años, y su trabajo era nuestro sostén, su orgullo y su identidad. La casa donde vivíamos había sido adquirida con un crédito hipotecario bajo las normas de la cruel ley 1050, otro deleznable invento de la dictadura, que se indexaba mensualmente con la inflación. Era durísimo pagar la cuota cada mes con el sueldo de inspector de seguros, pero sin sueldo a la vista el techo tenía poco futuro.

Debo admitir que al conocer la noticia, como primer impacto sentí un enorme alivio, ya que era infinitamente menor ante lo irremediable de la muerte. Pero no tardé en darme cuenta, con el correr de los días y de los años después, que una buena parte de mi padre murió ese día. Su dignidad se había derrumbado. El trabajo que sentaba las bases para una jubilación tranquila había desaparecido.

Si bien desconocíamos aún la profundidad de sangre y horror que había desarrollado el terrorismo de estado, ese momento tenía las consecuencias de un fragmentado acto terrorista, replicado según imaginaba yo, en otros miles de hogares. Era otra de las consecuencias de la dictadura, en este caso encarnada en el plan económico lanzado por Alfredo Martínez de Hoz en diciembre del 79. Basado en apertura de importaciones, fijación de un tipo de cambio barato, baja de aranceles, topes al aumento de salarios y alza de tasas de interés bancario, con el eterno objetivo de la baja de la voraz inflación, se provocó un fuerte efecto recesivo. La reforma financiera, el escaso control del estado en el cumplimiento de las normas y la corrupción resultante derivaron en el derrumbe de pequeñas y grandes financieras que arrastró a las compañías aseguradoras.

El país parecía territorio arrasado. Y mi casa sólo era una pequeña muestra. Ese día quedó profundamente grabado en mi memoria, y se dispara como déjà vu el sentimiento de angustia y horror con cada noticia que da cuenta en estos días del cierre de una fuente de trabajo. Imagino el mismo cuadro de terror en cada una de las casas, las mismas caras de perplejidad en las mesas redondas o cuadradas de cada cocina, y la devastación interna y humillación profunda de cada trabajador despedido.

Dramáticamente la Argentina se empeña en repetir en forma cíclica su historia. Y las generaciones de trabajadores parecemos condenados a padecer el doloroso impacto de la huella de la memoria, nunca como comedia, y siempre como tragedia.

 

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