La expresión “siempre hay algo por descubrir” le viene como anillo al dedo a la historia del arte argentino. Es en ese momento que la palabra historia se avergüenza, se aparta y queda “el arte argentino”. Puede que la historia no sea para sí misma, sino para reavivar permanentemente lo que hay, lo que nos gusta y lo que queremos compartir con amigxs en la sobremesa de una pizzería. La forma sobremesa es un discurso alternativo posible, la búsqueda de una vuelta de tuerca a los modos previsibles con los que muchas veces charlamos sobre arte. Siempre hay más en el tiempo, siempre se puede conjeturar algo más: esto es una locura y un notición. De solo pensarlo tranquiliza.

Digo todo esto influenciado por un libro que apareció hace poco: Carpetas Ellena. Estampas y afectos de un editor, de Silvia Dolinko, por la editorial Iván Rosado. Me hizo pensar en la vinculación imaginaria de las épocas, la fraternidad y las imágenes, como combinación siempre reiterativa y distinta de lo que me sorprende, de lo que no sabía y me da algún pie, algún envión, para escribir.

Se trata de la historia de las carpetas de artistas argentinos que incursionaron en las distintas técnicas del grabado que fomentó, produjo y editó el matemático, coleccionista, curioso sin paz y agitador cultural rosarino Emilio Ellena (1934-2011). Por un lado, Dolinko nos cuenta las amistades que rodeaban a Ellena, su mundo de vida, lo que permitía sus ocurrencias, sus mentores y maestros, lxs que lo ayudaban. Hasta hay un dibujo de Juan Grela donde señala quién es quién en ese círculo de aventuras liderado por Ellena, que salía en búsqueda de artistas, como un boca en boca de los grabadores de la mitad del siglo XX. Les proponía hacer copias originales numeradas, que se vendían en carpetas que salían cada tanto a precios pagables para la clase media próspera, que había nacido del peronismo recientemente derrocado. Las carpetas aparecen entre 1955 y 1967 como el resultado de confabulaciones compinches y trabajo. También nos cuenta una muestra emblemática de algunas obras de esas carpetas, que organizó aquel personajote tan discutible, Jorge Romero Brest, en el Bellas Artes, hacia 1960. Romero dice que Ellena es un “enamorado del arte, en quien se unen la modestia y el orgullo”. Pocos renglones después la propia Dolinko dice algo importante para el caso: que Ellena era un “amateur profesional”.

En estas ideas puedo ver algo que le ha pasado a muchas personas con ganas de hacer cosas con y por los demás durante toda la historia contracultural del país. Se trata de la relación natural entre arte y vida, pero no para acusarlas de pulular como seres al viento sin capacidad de pensar más allá de su propio pequeño mundo. Todo lo contrario, para reivindicarlas como personas que con su ejemplo de vida, su humildad, sus propuestas y su tozudez cambian el aire, corren el eje, predican con la acción y renuevan lo posible para adelante. Desde las cofradías obreras anarquistas de 1900 hasta los abridores de localcitos actuales, editorxs, cirujas de la pintura y el collage, sacadores de fanzines o inventores de actividades del subsuelo, pasando por los grupos de afinidad de artistas, las mutuales, los clubes de barrio, los grupos de estudio sin que nadie pague y nadie cobre y las asociaciones de inmigrantes.

Pasando las páginas pasan reproducciones de los estampas de cada artista, tan distintxs entre sí como Juan Berlengieri, con uno de los grabados más hermosos, casi una imagen bíblica bajo el agua, todo tan transparente que es como un perfume de imagen. O Ricardo Suspisiche, del que vemos un linyera gigante, parecido a un sauce, mimetizado con la noche del litoral. O María Rochi, de quien aparece una xilografía al borde del comic, llena de detalles y personajes, narrando de por sí una historia compleja. Finalmente, y antes de los anexos de fotos y otras curiosidades, brilla una larga crónica de Ellena donde cuenta paso a paso cómo fue armando cada carpeta. La manera en que se comunicó con los artistas, el grado de relación que tenía previamente o desarrolló después, las fechas precisas de contactos y reuniones, sean estas en bares, talleres, rutas, estaciones de tren o mediadas por el teléfono.

PAREJA, DE JUAN BERLENGIERI

Los dos textos, combinados con las imágenes y los rescates del archivo, arman una especie de festejo cauteloso por proyectos así. Es un festejo modesto para que no olvidemos que todo tiene su trabajo, su esfuerzo, sus horas y horas puestas en armar la idea para que se objetivase. Pero todas las escenas de este tipo, como cuando Ellena recuerda esas “horas medievales” frotando tacos para poder lograr los grabados, no son una metáfora de la burocracia ni de la muy frecuente fiebre empresarial del sistema del arte actual. Al revés, el libro nos demuestra que el arte puede ser, y de hecho lo es en muchísimos casos, distinto a ese organigrama de producción por metas logradas a los codazos, lleno de envidias y competencia poco feliz. Acá el trabajo es una forma de vida, un trajín que se hace con gusto.

Hay nervios en la relación arte y vida, nos lo demuestra el relato de estas carpetas, pero hay también experiencias concretas que quedan significando, picando en la alegría de lxs protagonistas. Leyendo por este lado la historia, el arte es una combinación obsesiones, algarabía, expectativa y amistad. A eso se parecen personajes como Ellena.

Los proyectos de Ellena son un detalle en la historia del arte y este libro se encolumna con esa idea. Forman parte de los detalles a los que siempre vamos a volver, parientes de otros detalles con los que arma constelación, con los que cuenta y a los que abraza. Los proyectos-detalle se parecen a los gestos que no requieren de cartelería ni fulgor publicístico, mucho menos de discursos generalistas que los justifiquen. Eso es lo que hace que perduren y que, a la corta o a la larga, encuentren su lugar perspicaz en la historia, que gracias a ellos se expande.

Hacia el final de su texto, que había sido publicado como introducción a la muestra antológica de sus carpetas que organizó el Museo Nacional del Grabado en 1999, Ellena valora la técnica del aguafuerte como enseñanza no solo artística sino también ética y dice esto como remate, como fuerza final de su texto en la página 58: “En el todo, una labor que hoy se me hace difícil pensar. Su significación o la carencia de ella, debe ser estudiada por otros. En cuanto a mí, fundamental la alegría que me dio hacerla. Ya hablamos de panes y peces. Cuando en algún lado del mundo me cruzo con algunas de estas publicaciones las reconozco paternalmente. El rigor, y fundamentalmente la necesidad de estudio que requirió hacer esta tarea, condicionó mi propia formación. Derivaron de este hacer verdadero permanentes amistades. Ciertamente, valió la pena”