La presencia de la historia

Borges solía decir que si este país hubiese elegido el Facundo en lugar del Martín Fierro otra habría sido su historia. Salvando el dislate de postular una historia hecha por los libros, digamos que la propuesta es interesante si pensamos que cada país se define por los libros que elige como fundacionales. Pero Borges se equivoca. El gaucho fue elegido por la oligarquía argentina como respuesta identitaria ante la ola inmigratoria. Esos sacasuelas que tanto asustaron a Cané tenían que entender que llegaban a un país ya hecho, con rostro propio. Llegaban a trabajar, no a dar una identidad, la identidad ya se tenía. Era el gaucho. El gaucho generoso, el de la mano abierta, trabajador, conocedor de la campaña. El gaucho de la gauchada. Lugones trazó esa figura en El Payador. Si alguien se pregunta por qué existe ese libro la respuesta es: un nacionalista como Lugones debía mostrar a la “chusma ultramarina” la figura de un país consolidado. El gaucho, perseguido y masacrado durante el siglo XIX venía en el XX a definir la identidad nacional.  El gaucho, que era la barbarie, es instrumentado por los cultos de Buenos Aires para tener un rostro propio. El hotel de inmigrantes se llenaba de indeseables. Estos indeseables poblarían los conventillos que según Santiago de Estrada serían el recto del intestino. El gaucho en cambio, pasteurizado, pulido, era una joya autóctona. Desde este punto de vista el Martín Fierro se había anticipado a El Payador. En La Vuelta de Fierro de 1878 (un texto del 80 si se quiere) Fierro ya es un gaucho que da consejos, que ya no jura ser más malo que una fiera, que ya no abrirá con su cuchillo el camino pa’ seguir, si no que entregará consejos de mansedumbre. “Obedezca el que obedece y será bueno el que manda”. 

Facundo, contrariamente a lo que pensaba Borges, es un libro que enaltece al gaucho. Lo toma en su momento más belicoso, el de sus luchas por su federalismo. Al gaucho de La Ida el Facundo propone exterminarlo, pero Sarmiento se enamora de su materia literaria. Se sabe: encuentra en el poblador de las campañas la temática de una gran literatura nacional. El gaucho de La Vuelta revive en El Payador de Lugones. También se sabe: La Ida le exige a Buenos Aires la incorporación del gaucho a los nuevos tiempos. Darle derechos. La Vuelta le dice al gaucho con qué deberes tendrá que pagar esos derechos. 

Sin embargo el gaucho abominado de La Ida resurgirá una y otra vez. En la inmigración, en el anarquismo, en los rebeldes de la Patagonia, en las masas Irigoyenistas, en Forja, en los migrantes del peronismo, los cabecitas negras, en fin, en todos los que busquen tomar la casa oligárquica o tener en ella un mejor espacio. Véase Casa Tomada de Cortázar y la relectura de Rozenmacher en Cabecita Negra. El gaucho seguirá siendo despreciado.  Hoy tenemos un revival de la antinomia civilización y barbarie. No es casual que se diga: me gusta cuando un policía le pega a un negro o que la escuela pública es una caída. Como vemos: la historia no se ha vuelto líquida, tiene espesor, densidad, ontología dura y no débil. Ontología histórica y no solo del presente. Nos referimos a Bauman, Vattimo y Foucault. La situación argentina no es líquida, pretende ser alegre, pretende traer la novedad de la alegría revolucionaria, pero es un nuevo rostro de la tristeza.