Desde Santiago

Es bastante para empezar, aunque no suficiente. El presidente Gabriel Boric, un tanto iconoclasta en las formas, transmite una buena dosis de su fortaleza en el contacto directo con el pueblo. En las primeras horas al frente de Chile, proyecta así su fuerza propia hacia los objetivos que viene a plantear. Se percibió en su primer discurso desde la plaza de la Constitución. En palabras de Eduardo Galeano, es como si hubiera invitado a la gente a abrazar una utopía, esa línea del horizonte de la que nos hablaba el escritor uruguayo y que sirve para caminar. En los términos de la correlación de fuerzas de un país tan desigual, ese desafío parece muy complicado de cumplir. “Redistribuir la riqueza”, como enfatizó en su discurso desde La Moneda, sería dar vuelta a su país como una media. Pero al menos, en sus definiciones – y camino a los hechos concretos que la gente de abajo y más abajo espera – el joven mandatario no va a ponerle la lápida a una etapa que lo tuvo como protagonista central. Lo dijo comprometiéndose desde los balcones que defendió Salvador Allende en 1973: “Este gobierno no va a marcar el fin de las marchas, vamos a seguir andando y el camino, sin duda, va a ser largo y difícil”. Admitió que la calle lo impulsará en los cambios que se propone y le marcará sus debilidades y titubeos si los tuviera. No es poca cosa para un político tan joven de 36 años.

De Allende a Bachelet

Boric se reconoce en el espíritu y la convicción democrática de Salvador Allende pero también en ciertas medidas sociales que tomó Michele Bachelet. Emergente de una generación de jóvenes militantes, curtidos en las protestas estudiantiles que cruzaron más de una década, sabe que esas movilizaciones parieron su candidatura presidencial. Y que llegó a donde llegó, gracias a ellas. En su primer discurso ante una plaza repleta, dio señales de que necesita construir una épica. “Chilenas y chilenas, siempre seguimos…” dijo después de enumerar desgracias de los últimos años como “terremotos, convulsiones, crisis, una pandemia mundial y violaciones a los derechos humanos que nunca más se repetirán en nuestro país”. Su primer mensaje fue un recorrido de casi media hora por las luchas y reivindicaciones de los sectores más postergados de la sociedad.

El presidente es un buen orador. Tenía su discurso apuntado, pero también improvisó para remarcar conceptos, ideas-fuerza de su gobierno en el que hay una columna vertebral. El trinomio integrado por tres ministros/as: Giorgio Jackson (Revolución Democrática) en la Secretaría de la presidencia, Izkia Siches (independiente) en Interior y Camila Vallejo (Partido Comunista) en la Vocería de Gobierno. Tienen casi la misma edad y aunque provienen de orígenes políticos distintos, están unidos por las experiencias recientes. Primero en las luchas estudiantiles – sobre todo con Jackson, de quien Boric es amigo – y ya en campaña, avanzaron con un proyecto político identificable en la izquierda, aunque diverso en las fuerzas que lo componen. Vallejo fue incluso adversaria del presidente en las internas de su época universitaria en la FECH. Cayó derrotada por él, pero hoy es el puente con el PC, a cuyo precandidato Daniel Jadue, también venció el presidente camino a La Moneda. Siches se sumó con ímpetu durante la pesadilla del Covid 19 en su papel de médica comprometida. Jackson ahora cumplirá unas de las tareas más arduas: relacionarse con el Congreso para aprobar las leyes necesarias.

Agenda política

Todo indicaría que Boric no tiene vocación de ser un presidente testimonial, que llegó hasta su cargo para pasar a la historia como un tibio político más. Su primer gesto fue el retiro de las 139 querellas del Estado contra detenidos por el estallido social de octubre de 2019. El gobierno también anunció que reparará a los pequeños y medianos empresarios y comerciantes que perdieron bienes o sufrieron daños durante el estallido que se disparó con la lucha por el aumento del boleto del subte de Santiago.

La política que convirtió a Chile en un laboratorio del neoliberalismo mucho antes – prohijada por la dictadura de Pinochet y acentuada años después durante la gestión del magnate Sebastián Piñera – generó la construcción del mito chileno. El país que los vecinos debían imitar en Latinoamérica. Bajo el Consenso de Washington y la atenta mirada de su creador, el economista inglés John Williamson. El resultado quedó a la vista. El país es uno de los más desiguales del mundo.

Mirada económica

Chile, aun en esas condiciones, no tiene una mirada unidireccional de las relaciones económicas. Estados Unidos es su punto de partida, como también Japón, pero China avanza en el país como en todo el mundo. En agosto del 2021, el diario digital más antiguo, El Mostrador, publicó: “China tiene hambre de Chile. Así se refiere InvestChile –la oficina gubernamental de promoción de inversiones extranjeras de nuestro país– al interés chino por invertir en nuestra nación”.

Constitución

Boric necesitará de una firme decisión política para resolver los problemas inmediatos y de largo plazo. El primero es lograr la aprobación de la nueva Constitución – que él mismo pidió – “nos una” en un Chile que está partido en múltiples fuerzas dispersas. Hay veintidós partidos en el Congreso. El presidente definió a ese objetivo como un parteaguas, como el separador entre dos etapas clave de la nación: “Una Constitución que a diferencia de la que fue impuesta a sangre, fuego y fraude por la dictadura, nazca en democracia, de manera paritaria”.

Si se logra, porque antes deberá pasar por el filtro del llamado plebiscito de salida, Boric se apuntará un éxito notable. Esa votación es obligatoria y la derecha chilena la espera como maná del cielo para volver a posicionarse. Ya empezó muy activa en las redes sociales atacando o parodiando al flamante presidente. Por ahora es una oposición 2.0. Pero ya se sabe cómo puede desestabilizar con métodos del siglo XXI. América Latina ha dejado enseñanzas de sobra. Los chilenos lo saben muy bien desde 1973.

El mundo

El mundo va hacia una multipolaridad que no se identifica con el contexto de la segunda mitad del siglo XX. Las bombas ya no apuntan al Palacio de La Moneda – Boric las recordó en su discurso del viernes – pero si a otros escenarios del planeta. En 2010, 37 años después del golpe de Estado que derrocó a Allende, Estados Unidos desclasificó 24 mil documentos sobre su participación en el hecho. Antes de que asumiera el expresidente socialista, Nixon y Kissinger ya conspiraban contra él.

No es ese hoy un escenario imaginable, pero sí una política que se ha aggiornado en el tiempo con distintas formulaciones institucionales, más o menos cruentas. Las sufrieron Manuel Zelaya, el obispo Fernando Lugo y Dilma Rousseff, entre otros. El joven presidente chileno tiene muy claro cuánto pesa la imagen del martirio de Allende. Lo homenajeó, lo parafraseó en su discurso y de la resistencia y compromiso con el pueblo del médico socialista, también deberá sacar sus propias conclusiones.

Pasaron casi cincuenta años. Pero el propio Boric reactualizó y jerarquizó el papel del expresidente caído en La Moneda en la política chilena. No es un dato que deba soslayarse, aunque por ahora solo tenga un peso simbólico.

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