Para comenzar a actuar necesita desnudarse, dejar la ropa a un lado y ubicarse junto a ese muñeco tirado en el piso, suerte de maniquí también desnudo, si es que se puede hablar de desnudez frente a un muñeco. Pero Geumhyung Jeong se propondrá darle vida a partir de una serie de instrumentos obedientes a las pautas de una medicina que interviene los cuerpos de forma torturante. En su práctica espasmódica, guiada por la voz de una máquina que opera como hipnosis, la artista coreana va a establecer un montaje entre la agresión médica a un cuerpo y la sexualidad como una forma de darle alma a ese objeto inanimado. Será la descripción de un ejercicio femenino agobiante.

Si la sobrecarga de cables, inyecciones y reanimadores parece estar más cerca de la idea de muerte, de un tratamiento violento, al ser ejecutados por una mujer desnuda, al asumir un gestus absolutamente sexual, la imagen parece contar una escena de ofrenda femenina para darle vida a ese hombre inerte. Geumhyung muestra una sexualidad que se agota y se desvive, que lo deja todo, que es enfermera y amante y que no recibe nada a cambio más que un agotamiento que la deja casi muerta. 

Esta experiencia relata el lugar de la actuación en la Bienal de Performance que se desarrolla hasta el 7 de junio. “La performance trabaja el desmontaje de la representación y en ese contexto el cuerpo del performer viene a ser un dispositivo que altera la noción de espectáculo que está convencionalmente asociada a la idea de lo teatral” explica Maricel Álvarez, curadora del programa internacional. “La actuación en el marco de una performance debe asumir la ruptura con la ficción como mandato, desprenderse del corset narrativo al que el teatro suele someterla. El puro presente del performer en contraposición al trabajo elaborado en los ensayos pone al cuerpo en otro estado poético. Es la noción de tiempo la que representa la mayor diferencia entre una actuación más codificada como la teatral y una menos normativizada como la que se activa en una performance.”

En Manifiesto, la actuación que encarna Cate Blanchett viene a operar como una narrativa en tensión al hacer del discurso un procedimiento que se desentiende de la funcionalidad del entorno. El film de Julian Rosenfledt hace de esos textos propios de la época de las vanguardias, materiales que recuperan su sentido político al ser dichos en un contexto extraño. La enunciación del manifiesto pasa a crear una situación impredecible. Esa capacidad de poner en crisis los modos de habitar un espacio es lo que Jacques Ranciere define como política, donde confrontan regímenes de sensorialidad. En esta línea, propuestas como Los nombres de los caídos en el conflicto sirio, de Santiago Sierra, o Audición para una manifestación, de Lola Arias, permiten discutir si la performance propicia otra mirada política, otros modos de participar que anudan la construcción estética con lo real.

Pero qué ocurre cuando el soporte performático se convierte en una herramienta de combate para confrontar con un orden social ¿Cuánto de su efecto  puede capturar el remanente de cierta metáfora que podría quedar diluida en la realidad? “La performatividad es recurrente hoy en muchos actos de protesta, ya que hacen uso de elementos altamente codificados o recurren al cuerpo para comunicar una consigna. Aquí se pone en clara evidencia una cuestión ideológica, no una artística.” plantea Álvarez. “Y esto, como herramienta de manifestación puede ser de gran utilidad pero a diferencia de la práctica estrictamente artística, el objetivo es unidireccional, no aspira a ampliar el campo de lectura, se ciñe a un lugar y un conflicto específico y suele revestir cierta urgencia.” ~

Hasta el 7 de junio. Toda la programación de la Bienal de Performance se encuentra en bp17.org