La imagen es tan poderosamente icónica, que tenía que terminar en la portada de un disco. Se trata de una antología con la música que sonaba en Sex, la tienda de ropa de Vivienne Westwood y Malcolm McLaren, kilómetro cero del punk londinense. Su título es Sex: too fast to live too young to die, algo así como Demasiado rápido para vivir demasiado joven para morir. Todo lo que estaba sucediendo en ese exacto momento se despliega en esa foto: la chica dominatrix y desafiante parada en la puerta del local, el hombre de traje que la observa entre indignado y curioso.

Poco sabemos de ese hombre y ese traje, pero la chica --que no se dedicaba al sadomasoquismo pero siempre fue consciente de su aspecto intimidante-- tiene nombre y tiene historia. Una que también tiene su final: a comienzos de abril se conoció la noticia de que Pamela Anne Rooke, más conocida como Jordan --Mooney, por su (durante breve lapso) esposo Kevin Mooney, bajista de Adam and TheAnts--, para muchos la Sex Pistol original, la que supo vivir el punk día y noche mientras que para otros apenas era un maquillaje, murió en su Sussex natal, con apenas 66 años.

Como muy oportunamente señala su obituario en el Times londinense, antes de que el punk escandalizara primero a Gran Bretaña y luego al mundo en la segunda mitad de la década del ’70, Jordan había comenzado su propia revolución en el tren de las 7.22 a Londres. Su vestuario, seguramente tan desafiante para la época como el de la foto, generaba todo tipo de reacciones extremas entre sus compañeros de viaje, y cuando llegaron a intentar arrojarla del tren los guardas decidieron resguardar la seguridad pública reservándole un camarote en primera clase. “A mediados de los setenta, ella no le tenía miedo a nada, era una amazona, un superhéroe de Marvel”, recordó el periodista John Ingham, testigo de la época.

Rebautizándose en honor a la andrógina jugadora profesional de golf de El gran Gatsby, Jordan era hija de un excombatiente de la segunda guerra y una costurera. Una pareja aparentemente tan encantadora que le dieron pocas excusas para rebelarse salvo por el hecho de que, a los 14 años, la niña que entrenaba para ser bailarina fue atropellada por un auto que le rompió la pelvis. Con su futuro astillado en mil pedazos, consiguió trabajo en Harrods hasta que Westwood y McLaren reconocieron su espíritu afín y la contrataron en su tienda. Allí atemorizaba a los advenedizos que se pretendían clientes, rechazaba a los que no tenían onda --Bianca Jagger supo ser incluida en esa lista-- y aleccionaba a los que pensaban que ahí podían encontrar su lugar pero aún no entendían cómo: Boy George reconoció haber sido uno de ellos. “Su presencia era al mismo tiempo sexual como de ciencia ficción”, escribió Jon Savage en el prólogo de la biografía de Jordan, apropiadamente titulada Defying gravity, o sea: Desafiando la gravedad. “Parecía la embajadora de un futuro que era al mismo tiempo retro y altamente inquietante”.

Estuvo a cargo de la jukebox del local cuando Johnny Rotten cantó “I’m eighteen” de Alice Cooper a modo de audición para ser un Sex Pistol, y la leyenda asegura que fue ella la que modeló la imagen del grupo, convirtiéndose luego en su provocadora oficial arriba y abajo del escenario. Hizo luego lo mismo para la banda de Adam Ant, que aparece asegurando en esa biografía que ella fue la creadora del punk: “Lo vendía casi literalmente desde el frente de batalla”. Derek Jarman reconocería ese lugar icónico al presentarla como Amyl Nitrate en Jubilee, vestida con tridente, casco y poco más. Y Jordan lo acompañó orgullosa a presentar la película al Festival de Cannes. “Era un hombre hermoso”, dijo alguna vez. “La forma en que tiraba su cabeza hacia atrás para reírse, era algo maravilloso. Y ‘maravilloso’ era una de sus palabras preferidas. Siempre lo voy a extrañar”.

 

Convertida en leyenda por haberse negado al gris anónimo de la Gran Bretaña de los años ’70, su aventura se completa con la particularidad de haber podido escapar también de la tragedia de los que se permiten decir que el rey está desnudo. Se alejó de los Pistols apenas se hicieron famosos, hizo lo mismo con Adam and The Ants, y cuando la heroína arruinó su matrimonio con Kevin Mooney --y el grupo que integraban, Wide Boy Awake-- se deshizo también de esa adicción. Regresó a su Sussex natal y cambió --otra vez-- totalmente de vida, convirtiéndose en enfermera de animales y criadora de gatos de Birmania. “Jordan siempre fue buena en decir ‘no’”, escribió Savage, y ahora que el siglo veinte insiste en ir desapareciendo ante nuestros ojos, la noticia de su muerte más que convertirse en otra despedida más permite en cambio recuperar aquella imagen desafiante, el mejor antídoto ante las falsas rebeldías del nuevo siglo: el de ser nunca sólo la piedra sino también la ventana. Hacia un futuro imposible o un destino de estrellas. Hacia otra vida, escondida detrás que la que demasiado rápido nos anuncian, venden, y entregan bien empaquetada.