Desde Barcelona

UNO Perdido en el espacio desde la semana pasada --más agudamente ingrávido-- Rodríguez sólo quiere volver a casa (como al final de 2001 pero no en 2022: porque prefiere tanto más a los homínidos de entonces que a los monos de la viruela de ahora). Sólo entonces, de regreso, podrá desear tanto volver a irse. Pero antes de llegar --entre espacio y Tierra-- hace un alto en lo que tal vez sea el stage intermedio entre lo humano y lo alien: lo autómata. El motivo y la razón para esto quizás haya sido enterarse (de nuevo tarde, como de la muerte del espacial Douglas Trumbull) del fallecimiento del electrónico Vangelis. Y, se sabe, los cine-vangélicos se dividen entre los que corren en Chariots of Fire y los que persiguen en Blade Runner. Rodríguez, por supuesto, es de los últimos. Y una cosa lleva a otra y así lee --en The New York Times y en The New Yorker-- sendos artículos sobre el avance robótico por sobre todas las cosas humanas. Y allí se cita a dos ensayos recién publicados: Automation and the Future of Work de Aaron Benanav y Smart Machines and Service Work: Automation in an Age of Stagnation de Jason E. Smith. Y por un lado se tranquiliza con un "signo de los tiempos" y por otro se intranquiliza con un "signo de los tiempos". Así viene la mano y es una mano mecánica. Mano que alguna vez, en sus primeros modelos, jugó apenas a las cartas y predijo la suerte buena o mala. Mano que aún no capacitada para escribir obra maestra de la literatura pero sí, muy pronto, para casi toda tarea mecánica hasta ahora a cargo de humanos. Mano a reemplazar desde obreros de la construcción pasando por empleados bancarios hasta médicos especializados o pilotos marca Top Gun: todos listos para eject y encendido del final de la Edad del Trabajo. Así, lo único que quedará por ocupar serán esclavizantes tareas de mantenimiento (o en hostelería y restauración española, donde ya casi nadie quiere atender juego de ilota-idiota para desesperación de explotadores del estío ibérico). Hasta que, ya se sabe: Matrix y Skynet y el pequeño brote de HAL 9000 o la pasajera resaca de Bender o la desorientada incomprensión de Siri reseteándose en megalomanía sin límites de nuevos amos y señores más que dispuestos a ajustar las tuercas. Pero también están quienes auguran posibilidad menos operística acaso más inquietante: la humanidad irá delegando cada vez más en autómatas que, cuando se rompan, ya no se sabrá cómo arreglarlos, porque no se sabrá más que jugar jueguitos y mirar fotitos. Y ya se va camino de eso, pensando en que no hace falta siquiera memorizar número telefónico o fecha del cumpleaños de los seres no electrónicos a las que más se quiere en el mundo.

DOS Mientras tanto y hasta entonces, Rodríguez ya está cansado de la otra vez (y van...) reiniciada chatarrería Star Wars. O de tanta fantasía auto-matona o sensi-bótica (todas esas ficciones del blackmirrorismo) en las que los ingenios son presentados como poco ingeniosas versiones de "lo humano". Y en las que se insiste en lo de la "Singularidad" (cuando hombre y máquina se fundirán en mix-organismo) o en la teoría del "Uncanny Valley": la desconfianza y miedo que produce todo aquello que no es pero sí se asemeja tanto a los humanos. De ahí que (ya lo pensé, Rodríguez vuelve a pensarlo ahora) sea tan fácil enamorarse de poco antropomórfica Thermomix y que el androide Mark Zuckerberg perturbe tanto cuando sonríe. Y, sí, los hijos de Rodríguez son cada vez más autómatas y menos autónomos; pero mejor ni pensar en eso.

TRES Con semejante ánimo, Rodríguez se puso a leer el por fin reeditado Sinsonte de Walter Tevis. La novela --que anticipa serviciales motivos y motivaciones de lo más reciente de Ian McEwan y Kazuo Ishiguro-- se publicó originalmente en 1980. Tevis vivió entre drogas por problemas cardíacos de nacimiento y brumas alcohólicas y tabaqueras y jugadoras y se apagó en 1984. Y Tevis fue uno de esos novelistas de modelo cada vez más difícil de encontrar en tiempos en los que los maquinales mega-bestsellers venden cada vez más pero marchan cada vez peor: un gran narrador a secas pero dispuesto a mojarse. Y Tevis --quien se definía como "un buen escritor norteamericano de segunda clase que escribe sobre solitarios y perdedores: todas mis ficciones son autobiografías apenas enmascaradas"-- tuvo su corto momento de éxito y su largo momento de haber sido un éxito. Y a veces pasa, aunque llegue tarde para el postergado: Tevis --considerado maestro por Tobias Wolff y Jonathan Lethem-- fue reactivado gracias al éxito en Netflix de Gambito de Dama y la secuela de El hombre que cayó a la Tierra en Showtime. Ambas basadas en muy buenas novelas de Tevis (sus otros títulos más conocidos son el díptico compuesto por El buscavidas y El color del dinero a los que se les implantan los ojos sintéticos de Paul Newman y la sonrisa aerodinámica de Tom Cruise) y todas muy diferentes pero con algo muy en común: no importa que sus protagonistas sean jugadora de ajedrez o jugadores de pool o alien alienado porque, en verdad son todos autómatas. Máquinas de carne y hueso que parecen fuera de su tiempo y espacio. Así, Tevis entendió a la ciencia-ficción como el género/vehículo perfecto para proponer y predecir parábolas parabólicas. Y, contrario a buena parte de los practicantes del género, asombra su capacidad para hacer del futuro algo muy presente (y sumó tercera distopía luego de la de extraterrestre etílico y la de autómata autodestructor: en The Steps of the Sun, de 1983, China es dominante súper-potencia para el 2063). Transcurriendo en 2337, en Sinsonte (próxima a ser filmada), el decano de la Universidad de New York, Robert Spofforth, es un androide melancólico de piel negra. Un Make Nine quien --heredero de una memoria humana coexistiendo con la propia-- recuerda todo. Y no puede olvidar su ya muy distante pero imborrable visión de chica con abrigo rojo de la que alguna vez se enamoró y quien lo despreció. Así, Spofforth sólo ansía suicidarse arrojándose desde las alturas del Empire State pero --lo intenta año tras año-- su programación se lo impide. Mientras, abajo y a sus pies, los humanos Paul y Mary Lou sueñan despiertos con recuperar y devolver el arte perdido de la lectura a una tan silvestre como amansada humanidad. Porque cuando se dejó de leer fue que comenzaron los problemas (y Tevis contó que su inspiración para Sinsonte surgió del dolor/temor que sintió al comprobar el declive de la capacidad comprensiva e interpretativa de textos en sus alumnos en la Universidad de Ohio). Y Rodríguez se emociona con todo eso y con ellos, con Paul y Mary Lou leyendo, leyéndolos. Eso que, en Sinsonte es la tan bien escrita y narrada felicidad obtenida del gozar y crecer y hacer buenas letras. Eso que, en Sinsonte, primero se perdió como anhelo y, enseguida, como habilidad, sí, como lágrimas en la lluvia.

 

Rodríguez aún no ha perdido las ganas y la necesidad por leer y espera no perderlas nunca y (como alguna vez gruñó Chartlon Heston a propósito de su Remington en alto, su rifle y máquina no de escribir sino de tachar y de borrar, escolar y casi automáticamente) sólo le arrebatarán libro cuando sus manos estén frías y muertas. Como las frías manos de un autómata vivito y funcionando.