El largo exilio de Augusto Roa Bastos

Desde los comienzos, en la biblioteca del tío religioso (el obispo Hermenegildo Roa, en realidad tío de su padre, Lucio), había ido creciendo a lo largo de los años la envidiable sabiduría que Augusto Roa Bastos paseaba por el mundo, bajo una apariencia infinitamente modesta. A aquéllos, siguieron la frecuentación de poetas y de narradores escritos y, sobre todo, orales, en español y guaraní, el ejercicio del periodismo, el estudio de la historia y la práctica de la política, el largo exilio que a partir de 1947 (a los treinta años, había nacido en junio de 1917) le tocó vivir en la Argentina, su prolongada estadía en Francia. Hasta el definitivo y tan ansiado retorno a su añorada tierra paraguaya, brújula y horizonte incanjeable de todos sus esfuerzos.

Esa sabiduría se prodigó en campos muy diversos de la vida, orientada siempre a la defensa de los pueblos americanos y amerindios, de nuestras lenguas y culturas, de nuestros derechos, de nuestro espacio y de nuestro futuro. En todos esos aspectos, su comportamiento fue ejemplar, sin gestos altisonantes ni lucimientos personales, como quien hace lo que debe, obedeciendo a un mandato interno, no porque esté pensando en sí mismo.

Pero donde ella se condensó (tal vez también por mandatos internos, aunque más desconocidos, más ignotos), allí donde se concentró, fue en el ejercicio de la literatura que, entre todas sus pasiones, era su pasión más absorbente y principal: la práctica poética, la ficción, la creación de mundos novelescos, a los que probablemente se proyectó en tempranas lecturas de Don Quijote de la Mancha, de Michel de Montaigne, de Blaise Pascal, de los autores norteamericanos, rusos, italianos y alemanes contemporáneos, de nuestro Jorge Luis Borges, cuyos textos conocía de memoria.

Todo ello le permitió escribir (en la mayor parte de los casos, aquí, en la  Argentina), excelentes cuentos, atractivos relatos y novelas y, muy especialmente, una de las mayores obras literarias que ha dado el siglo XX, no sólo, claro está, en lo que hace a América latina sino, por lo que conozco, al menos de Occidente. Me refiero a Yo el Supremo, publicada por primera vez en Buenos Aires, en 1974, y traducida ahora a numerosas lenguas.

Yo el Supremo toma un tramo fundamental de la historia del Paraguay, el de la Dictadura Perpetua de don José Gaspar Rodríguez de Francia entre 1814 y 1840, y sus intentos, discutidos y polemizados, por construir una nación próspera e independiente. Es, pues, una novela esencialmente paraguaya, que da cuenta de su pasado y que también se remonta al presente del autor. Escrita en una lengua española deslumbrante, trabajada, descompuesta, recompuesta y enriquecida por la lengua guaraní, pero que, como toda gran creación artística, no deja de transparentar el momento y el lugar en que la misma se realiza, aunque esté referida, en apariencia, a otro lugar y a otro tiempo.

Por eso, esta obra mayor respira muy profundamente la atmósfera que vivíamos en la Argentina a principios de la década del ’70, época en la cual imperaba la discusión sobre el destino de América latina y sobre la política nacional y, acompañándola, abundaban la circulación de los saberes, la discusión teórica, la polémica sociológica, histórica, psicoanalítica y aun semiótica y literaria, hasta sobre las formas mismas de narrar.

Augusto Roa Bastos captó como pocos ese clima cultural, y lo infundió a su novela, en la que hay innumerables trazas y huellas del presente y del pasado argentinos, de sus aspiraciones y de sus mitos. Fue, acaso, por esa vía, indirecta, simbólica, poética, que unió en muy alto grado, a través de su persona y de su obra, a nuestras culturas, a nuestros pueblos.

Los ’70 eran entonces el caldo de cultivo de todas nuestras ensoñaciones: el peronismo, creciente y reivindicativo, imperaba por un lado; las izquierdas, por el mismo lado y también por otros; los intelectuales y la fabulación teórica local, por lo común pendientes de qué sucedía en Europa, pero también fértiles, activos, altivos, desparramaban textos y saberes con generosidad inédita. El catálogo de la propia editorial que publicó Yo el Supremo, con dibujos especiales de Carlos Alonso, era una demostración del clima en que vivíamos.

Todo ello está presente y actuante en esta novela mayor: don José Gaspar Rodríguez de Francia se dice un león herbívoro, como nuestro conocido General en tiempos de su retorno, pero arenga “conducción” y “verticalidad”; por su boca o la del “compilador” hablan Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, William Shakespeare, Blaise Pascal, Raymond Roussel, los autores del “Nouveau roman” francés, Robert Musil (el de “El hombre sin atributos” o “sin cualidades”); el Supremo imparte a su amanuense Patiño una soberbia “lección de escritura” a la que no son ajenas las lecturas argentinas, atentas y anticipadas de Claude Lévi-Strauss, Roland Barthes, Jacques Derrida; Roa crea un personaje importante de la novela, totalmente construido, “antiguo prisionero de la Bastilla”, Charles Andreu-Legard (anagrama poco oculto del verdadero nombre del profesor cátalo-francés que nos llevó a ambos a Toulouse, Jean L. Andreu, y de nuestro mítico cantor nacional): la Argentina lo había marcado, y su texto estaba contagiado de este país, de Buenos Aires, de sus reuniones de café, sus discusiones políticas, culturales, de sus mitos.

En el 11 de la rue Van Gogh, en el quartier Le Mirail, de Toulouse, moró durante todos los años que van desde 1976 hasta que se volvió al Paraguay. Vivíamos a unos quinientos metros. Le encantaba venir a ver y oír a mi hija menor, Sofía, cuando trabajaba, de chiquita y denodadamente, el violín. Estaba todavía allí cuando nos fuimos, diez años después, lamentando perder su compañía, perder los diálogos siempre enriquecedores con que me había honrado en mi casa o en la oficina de la Universidad que compartíamos, sus proyectos novelísticos que me costaba ciertamente comprender, sus enseñanzas y hasta sus silencios.

Porque también en estos se transmitía la sensibilidad a flor de piel, la preocupación humana, la reflexión ágil, profunda, la acertada inventiva, el humor fino, hiriente, veloz, que nunca le faltaba para burlarse de los demás y en especial de sí mismo. Y el constante acecho del poeta a todos los fenómenos del alma y del mundo, no para “convertir lo real en palabras” sino, como él escribió, acertada, sabiamente, para “hacer que la palabra sea real”.

* Escritor, docente universitario. 

Ayer se cumplió el centenario del nacimiento de Roa Bastos.