Pablo Tittonell, experto en agroecología, un sistema de producción a nivel humano
Para que el campo vuelva a ser verde
Tittonell es coordinador del Programa Nacional de Recursos Naturales, Gestión Ambiental y Ecorregiones del INTA. Propone una perspectiva que recupera al campesino, a los animales y rescata los conocimientos ancestrales para la producción.
Imagen: Rafael Yohai

La agroecología es un área que privilegia la aplicación de principios basados en la ecología del diseño, el desarrollo y la gestión de sistemas agrícolas sostenibles. Desde aquí, promueve la diversificación productiva de especies a partir de técnicas de asociación de cultivos (como el intercultivo o bien la agroforestería), y la rotación de plantas para no desguarnecer el suelo en ningún instante del año. El objetivo es disminuir la dependencia de insumos no renovables, fenómeno que redunda en la reducción de costos y en el incremento de ganancias para los productores. Una perspectiva que reincorpora a los animales y rescata los conocimientos ancestrales. Las prácticas del pasado se reciclan, el campesino vuelve al campo y el campo vuelve a ser verde.
El enfoque agroecológico plantea un auténtico desafío ante un panorama nada alentador. La producción agrícola mundial genera excedentes pero es desigual, porque la distribución se centraliza y los barcos se estacionan siempre en los mismos puertos. En la actualidad, el modelo intensivo, engordado de agrotóxicos, reniega de las personas, de su salud y del medioambiente. Nadie mejor que Pablo Tittonell para conversar al respecto. Es ingeniero agrónomo y doctor en Ecología de la producción y conservación de recursos (Universidad de Wageningen, Holanda). Se destaca por sus trabajos en Africa que promueven un sistema más solidario, devuelve el protagonismo a los pequeños productores rurales y los invita a recuperar su autonomía. Algo que jamás debieron perder.
–Usted es coordinador del Programa Nacional de Recursos Naturales, Gestión Ambiental y Ecorregiones del INTA. ¿De qué se ocupan?
–Se trata de un proyecto abarcativo que posee diversas áreas de valor e interés. Nos preocupamos por el impacto de la agricultura sobre la biodiversidad, el cambio climático, la gestión de conflictos ambientales y el ordenamiento territorial. El programa tiene unos mil quinientos investigadores asociados en todo el país.
–¿Cómo define y qué rol desempeña el enfoque agroecológico?
–Se refiere a la utilización de principios y conceptos ecológicos para diseñar y manejar sistemas agrícolas. Su principal objetivo es asegurar la sostenibilidad, a través de prácticas que no dependan solo de insumos no renovables. Un ejemplo es la dependencia que, en la actualidad, las producciones agrícolas poseen respecto al petróleo. El 70 por ciento de la energía que es utilizada para producir granos proviene de combustibles fósiles. Es un recurso finito con precios muy fluctuantes y, por lo tanto, no podemos hacer que la alimentación en nuestro país dependa de ello. Se refiere a un tipo de producción sostenible que introduce prácticas desacopladas de los recursos no renovables. 
–¿En qué medida la agroecología asegura los niveles de productividad? 
–Es necesario superar un malentendido. Estamos acostumbrados a pensar que la única forma de producir es a través de recursos no renovables. Es una idea que emergió a mediados del siglo XX con la “Revolución Verde” que, para ser justos, no es nada verde. Se vincula con el cambio de la morfología en las variedades de cereales que se cultivan y con transformaciones que implicaron el pasaje de plantas enormes a cultivos pequeños con fertilizantes, en un contexto internacional signado por el hambre. En aquel momento, funcionó como un paliativo para muchas naciones. De modo que la agroecología podría ser una solución adecuada para la realidad contemporánea.
–¿De qué manera? ¿Cómo se vincula con el concepto de seguridad alimentaria?
–Desde algunos ámbitos se vincula la seguridad alimentaria con la productividad agrícola y la relación no es tan acertada. Hoy en día, se producen a nivel mundial 2 mil setecientas kilocalorías al año por persona, y cada ser humano necesita entre mil ochocientas y 2 mil. De modo que, a escala global, aunque se genere más de lo que se necesita, paradójicamente, hay –aproximadamente– ochocientos millones de personas que sufren de hambre, de acuerdo al informe de 2015 confeccionado por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura).
–Si la relación no es muy acertada, puede que el concepto de seguridad alimentaria no esté bien definido.
–La seguridad alimentaria posee cuatro pilares: la disponibilidad (que comprende los procesos de producción y distribución), el acceso (porque los insumos pueden estar disponibles pero no accesibles a tal o cual comunidad), la utilización (debe estar garantizada por ciertas condiciones, por ejemplo, el suministro eléctrico para poder cocinar), y por último, la estabilidad.
–Y la producción agrícola solo es parte del primero…
–Exacto. Entonces, si queremos solucionar el hambre en el mundo se deben producir alimentos en las localizaciones que los necesitan. La mitad de las personas que se encuentran en situación de hambre conforman la población rural, es decir, ocupan las tierras productivas donde están los insumos. Por otra parte, el problema de la distribución no es menor: jamás un cultivo cosechado en Illinois (EE.UU.) llegará a Malawi o el Congo. Si dejamos la producción en manos del mercado estamos complicados.
–¿Y cuáles serían las soluciones para revertirlo?
–Generar condiciones para que el habitante rural pueda producir. Precisamente, en esos ámbitos el modelo agrícola de altos insumos es impensado. Se trata de poblaciones que se encuentran en situaciones de grave inaccesibilidad. 
–Usted analiza las condiciones de accesibilidad y distribución de la producción agrícola en un grupo de comunidades africanas.
–Viví en Kenia y Zimbabwe y trabajo en Mozambique, Burkina Faso y otras regiones marginales. Realizamos cursos de agroecología para formar gente en esos principios, en escuelas de campo para entrenar a los productores. Buscamos quebrar la falsa premisa de un Norte rico que debe asistir a un Sur inútil. Para ello, es fundamental fomentar las relaciones Sur-Sur con el objetivo de modificar la forma de observar los vínculos internacionales y transitar un camino hacia el logro de mayor independencia y fortaleza regional. 
–En Argentina, ¿de qué manera se han modificado las prácticas de los productores agrícolas y cómo repercute en la aplicación de los principios agroecológicos?
–Un gran cambio se asocia a la locación de los productores: a diferencia de lo que ocurría en el pasado, se trata de individuos que ya no viven en el campo y manejan la producción a distancia. Y ese es uno de los inconvenientes más importantes para la agroecología que precisa, de manera indispensable, de la presencia de personas. No es intensiva en la utilización de recursos externos pero sí en la necesidad de conocimientos. En la región, los productores agroecológicos son personas que conocen a la perfección cada rincón de su campo. 
–¿Cómo se explica la reivindicación de prácticas del pasado en el escenario tecnológico actual?
–Se reivindican prácticas del pasado y se recuperan conocimientos ancestrales. Sería muy adecuado que este enfoque se combine con la utilización de tecnologías de precisión como el posicionamiento satelital y las nanotecnologías. El problema, de nuevo, es que se perdió la figura compleja del agrónomo que, en la actualidad, se redujo a un individuo que se dirige al campo y aplica un paquete (semillas y químicos) que está diseñado en otro punto del mundo.
–Y su nocividad para el medioambiente, para quien lo aplica y para la población que vive en las adyacencias…
–Por supuesto. Según la OMS y su documento en 2015 el glifosato ha sido clasificado como “probablemente cancerígeno”. Hay que diferenciar los síntomas agudos que están presentes en los usuarios (es decir, aquellos que aplican el producto) de los síntomas a largo plazo. El cáncer no se desarrolla por tocar el químico, sino por la exposición a bajas dosis durante lapsos de 20 años. Nosotros hemos detectado toxicidad por herbicidas en el arbolado público de los pueblos, que se encuentran lejos de los campos. De modo que existe una volatilización posterior a la aplicación. El químico circula y cuando llueve baja.
–¿Y su concentración en el agua?
–En Argentina, tenemos un límite de 300 partes (medida en miligramos) por billón de litros. Luego de ese límite ya se considera peligrosa. Sin embargo, en otras naciones, los límites varían. En EE.UU. es de 700 y en Europa 0,01. Estos rangos, además de expresar un fenómeno científico, están basados en política, en la capacidad que tienen las empresas para hacer lobby sobre los gobiernos. En síntesis, cada molécula de pesticida es diferente, se comporta de manera distinta según el ambiente (aire, agua, suelo), posee un tiempo de degradación diverso, depende del tipo del cultivo y de la estación en que se aplica. Por ello, en el programa nos encargamos de realizar pruebas, sobre todo, para conocer cuáles son los factores de riesgo. En este marco, las legislaciones son muy variables de acuerdo a las propias municipalidades. 
–En base al enfoque agroecológico, ¿cómo revertir la imagen de la agricultura, asociada a la destrucción del medioambiente?
–Todavía en 2001, la agricultura representaba un tabú para los europeos. Será recién en el 2008, con la exposición del problema de salud alimentaria mundial y el surgimiento de discursos alternativos como el de la agroecología, que los jóvenes iniciaron cierta reconciliación. En Argentina, estamos a tiempo de revertir la situación y podemos recuperar parte de la biodiversidad perdida. Incluso, desde la propia rentabilidad: la agroecología también abre nuevas posibilidades económicas. Cuando los estados internacionales prohíban, finalmente, la utilización de técnicas que dañen el medioambiente, será bueno estar del lado de lo “verde”. Solo de ese modo no tendremos nada de qué arrepentirnos.

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