Opinión
Limpieza superior

Mi mamá empezó a trabajar a los 13 años. Cuidaba niños, niña aún. Tres años después, se convertía en vendedora de una tienda. Eso fue, para ella, un salto hacia el salario en blanco, algunos derechos, el dinero propio. Mientras tanto, no fue a la escuela y solo de grande pudo hacer sus estudios secundarios. Por lo mismo, pensaba que sus hijos teníamos que ir a la universidad y escapar del destino de trabajar en tareas de cuidado o limpieza. Pero a la vez sabía que ese destino nos acechaba, en especial a nosotras, hijas de una familia pobre. Ella lo sabía, yo lo sabía. Lo temía.  Ese temor fue combustible para estar en la universidad, saberme primera generación de universitarios (cuando todavía ese nombre no se había instalado en nuestras discusiones públicas, a raíz del formidable impulso que tuvieron las nuevas universidades), para encontrar trabajos cada vez más elegidos. También para saber que había que construir cada vez más mecanismos, instituciones, estrategias, para que esas torceduras de destino se multiplicaran, para que no fuera azar que una chica pobre pudiera zafar del trabajo doméstico como oficio y destino laboral.

Apuestas a la expansión del empleo, ampliación de derechos, nuevas universidades, y formación en distintos saberes, incluso, formación en género, fueron parte de un enorme esfuerzo para permitir bifurcaciones afortunadas. El actual gobierno, decidido agente del sinceramiento, cree que también hay que sincerarse respecto del destino de clase y laboral. Que si te tocó un origen popular, hay que aprender bien cómo desplegar tus tareas. El Ministerio de Trabajo capacita a mujeres en cursos de Limpieza Superior. Dice que lo hace para que consigan empleo, más bien lo hace para que sus patrones queden conformes con un tipo de limpieza que no se aprende en los hogares de origen, tan chirusas ellas y tan poco confortables sus ámbitos. Hay que saber pulir, frotar, ordenar las casas de categoría. El próximo curso podría ser Disciplina Superior. Enseñar modales, las canciones que se pueden tararear, evitar ruidos, no ser respondona.

Sinceramiento, tal como lo entienden, es apego al destino trazado para las existencias. Un país periférico debe endeudarse y no producir satélites, una mujer pobre debe aprender a servir y no ir a una universidad; a los pobres les tocan merenderos y cárcel a los díscolos. Es pulir el lugar asignado socialmente, que la vida se amolde al casillero y que el lecho de Procusto de la clase corte todas las piernas necesarias. La persecución a Milagro Sala es el antecedente del curso de Limpieza Superior o el curso es la realización de aquello que la cárcel mostraba solo en su faz represiva. Si en el encarcelamiento la violencia es evidente, en el curso se solapa como parte de la pacificación que surge de estabilizar lo que existe. Es la violencia menos visible pero más vivida, aquella que funciona como losa que aplana toda vitalidad a la existencia normalizada, la violencia que disciplina y domestica, aun con buenos modales. O cursos. 

En el país que están construyendo se necesitan buenas sirvientas, no trabajadoras con derechos ni científicas ni militantes ni universitarias. En la utopía social que los regula hay una elite y un gigantesco ejército de servidores, a disposición, inclinados. Con mediadores capangas, capataces, supuestos representantes de los laburantes, como el recién fallecido de los rurales. En su país de Cucaña lo que sobran son personas a ser contratadas a bajo precio. Y dólares que entran por una rueda y se bicicletean por la otra. Donde el hijo de empresario sea empresario o presidente y el hijo de laburante a lo sumo llegue a jefe de planta, si tiene dotes de emprendedor. Y que las mujeres aprendan a limpiar, agradar, embellecer. Contra la marea feminista que entusiasma cuerpos y almas, el Ministerio de Trabajo nos viene a recordar qué es lo que hay que saber para conseguir un empleo. Los roles asignados por la división sexual y clasista del trabajo se convierten en marca de esclavitud, en Cabiria sobre nuestros cuerpos, en sello garantizado por el Estado.

Escribo estos apuntes dolidos, mientras reprimen un corte de la Avenida 9 de Julio. Trabajadores desocupados pidiendo trabajo. Otra que la Argentina del Centenario. Aquella tenía, por lo menos, su ilusión de progreso. Esta, apenas, la de gobernar con el miedo. Contra trabajadores y contra un movimiento feminista que crece, que es popular y transversal, ofrecen ese doble modelo: gases lacrimógenos para ordenar la calle, enseñanza  de las labores domésticas. Limpieza Superior, en todo sentido.

* Socióloga, ensayista, docente.