El crimen de Fernando Báez Sosa, ocurrido en enero de 2020 en Villa Gesell --cuyos alegatos de cierre del juicio se conocerán esta semana--, adquirió gran dimensión en el debate público y puso sobre la mesa una discusión hasta entonces poco atendida. Las violencias vinculadas al rugby, dentro y fuera de la cancha, son históricas y sabidas. No es la primera vez que se da un hecho semejante. El 19 de enero pasado se cumplieron 17 años del crimen de Ariel Malvino. El asesinato del joven estudiante de abogacía sucedió en 2006 en el balneario brasileño de Ferrugem, cuando tres rugbiers correntinos lo asesinaron a golpes.

Juan Branz es doctor en Comunicación por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), docente de la Escuela IDAES e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet)/Unsam. Es autor de Machos de verdad. Masculinidades, deporte y clase en Argentina (Mascaró, 2019), donde aborda la producción y reproducción de las lógicas masculinas dominantes entre hombres de sectores privilegiados que practican rugby en la ciudad de La Plata. A través de un enfoque etnográfico, la obra analiza la clase social, el género y la identidad de este deporte en el país.

Productor del documental La vida como hombres, a través del cual busca registrar la trama de construcción de identidades masculinas para comunicar el problema de las violencias asociadas a las formas de ser varón en contextos urbanos contemporáneos, Branz explica que “dentro de un repertorio de acción, la violencia es pensada como un recurso para actuar ante diferentes situaciones” y “forma parte de las lógicas grupales, de legitimidades”. Sostiene que “en el rugby hay una impunidad cultural” y que el crimen de Fernando Báez Sosa estaba dentro de lo “previsible”.

--¿Qué lo llevó a escribir Machos de verdad. Masculinidades, Deporte y Clase en Argentina? ¿Por qué eligió el rugby como el foco de su investigación?

--Puse el ojo en el rugby en el año 2008, a partir del doctorado que cursé gracias a una beca del Conicet. Comencé a conocer las discusiones, la bibliografía y autores que venían pensando al deporte como tema de investigación en el campo de las Ciencias Sociales en Argentina, Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Entendí que había una pregunta que no había sido muy explorada: ¿qué relación tienen las clases dominantes y el deporte en Argentina? Empecé a reconstruir el campo, y en la ciudad de La Plata --donde vivo-- el rugby, históricamente, es el deporte de las clases dominantes. Entonces comencé a desarmar relaciones en torno al rugby, con archivos, análisis de documentos institucionales --en general y en particular-- previo a hacer campo junto a distintos interlocutores: jugadores, dirigentes, periodistas, familiares de jugadores, agentes especializados. Pensar y analizar el rugby es una posibilidad de revisar las lógicas y las dinámicas desde las cuales varones de clases dominantes producen sentidos, significados en relación al mundo social. En aquel 2008 la intención fue desarmar relaciones sociales desde el espacio de quienes dominan.

--¿Por qué pensar la clase social, el género y la identidad desde el rugby?

--Eduardo Archetti, antropólogo argentino, concebía al deporte como una “zona libre” de la cultura en términos analíticos. Decía que en el espacio del deporte --como en el de la danza o la comida-- podían observarse prácticas con un mayor grado de creatividad, lejos de las restricciones que impone el Estado y otras instituciones que modelan nuestras identidades sociales. Entonces, allí en el deporte podemos analizar la relación de las identidades hechas cuerpo, como materialidad cultural. Que, por supuesto, están atravesadas por los clivajes de género y clase entendiendo que la identidad de las personas que comparten un grupo de pertenencia tiene varias dimensiones, son dinámicas y contextuales. Con esa premisa el rugby me interesó por dos motivos: porque había sido poco explorado desde el campo académico, siendo que en la historia argentina deportiva es muy importante; y porque quería desarmar algunas de las dimensiones en torno al poder, a cierta administración del poder. Aquí el cuerpo y su modelación en el campo del rugby es central, en términos de prácticas, pero también en el discurso que organiza las tradiciones del campo.

--En esa administración del poder, ¿cómo se construyen las violencias y qué formas particulares adoptan las masculinidades en el mundo del rugby?

--Dentro de un repertorio de acción, la violencia es pensada como un recurso para actuar ante diferentes situaciones; entonces, forma parte de las lógicas grupales, de legitimidades. Hay prácticas y discursos que para algunos grupos pueden no ser entendidas como violentas y para otros grupos sí, del mismo modo que una misma práctica puede significar cosas diferentes según el grupo. Me refiero, centralmente, a la construcción moral de una práctica; y entender que esa moralidad es social, posible de comprenderla cuando analizamos la historia de cada campo --en mi caso, el rugby--, pero también hay que tener en cuenta que es dinámica, puede variar. Los interlocutores nunca me decían que ellos ejercían violencia. El trabajo es comprender el sentido propio del discurso de quien enuncia, del uso del cuerpo y de qué significa para ellos jugar al rugby, definir el rugby y la relación con otros espacios y sujetos que no son del rugby. Hay que tener en cuenta también que hacia adentro del campo hay jerarquías. Lo que analicé lo hice desde la perspectiva de los actores; un ejercicio difícil porque hay que distanciarse de los propios prejuicios y de una idea más o menos acabada y simplista sobre el rugby.

--¿En qué consisten esas jerarquías?

--Los datos sobre la composición socioeconómica, trayectorias educativas, empleo, son marcadores posibles que diferencian el espacio hacia dentro. Pero también hay una diferenciación entre los propios actores que integran diferentes clubes. Algunos se pueden autopercibir “negros del rugby” en relación a “los chetos del rugby” y utilizaban elementos tanto geopolíticos, territoriales, que marcaban como diferencias de estilo y de clase. En otras situaciones, esos mismos actores se nombraran como la parte más importante del rugby, integrándose junto a los que habían nombrado como “chetos”. Con esto estoy marcando algo central de nuestros trabajos: comprender qué sentidos tienen las prácticas para los propios actores. Entonces, ahí la noción de violencia nativa no tiene tanto que ver con lo que desde afuera del campo del rugby se le atribuye al rugby, aunque desde el asesinato de Fernando Báez Sosa las federaciones de rugby han problematizado discursivamente la reproducción de distintas formas de violencias. El proyecto dominante vinculado a la organización del rugby en Argentina tiene que ver con un espacio de distinción de las clases dominantes.

--¿Cómo fue ese proyecto?

--El rugby, en Argentina, se practica al calor de la formación de la Nación y de sus ideas dominantes. Más precisamente, ejerciendo cierta paraestatalidad en relación a una idea de cultura civilizatoria, cuyos espejos en donde verse eran Francia e Inglaterra. Esto se evidencia en los discursos sobre las tradiciones del rugby, en documentos de federaciones, clubes, en los discursos mediáticos de época. El rugby sostuvo por más de un siglo un espacio posible para la distinción de ciudadanos civilizados, “deseables”: caballeros, blancos, urbanos, “animales” pero con temple y refinados de acuerdo al momento, viriles. Por supuesto que ni en toda la Argentina ni entre clubes de una misma provincia este proyecto se desarrolló de la misma forma;en el rugby hay heterogeneidades. Pero el proyecto dominante tiene que ver con un espacio de distinción de las clases dominantes. En esto es imprescindible pensar en la dimensión moral de esa violencia construida desde un espacio modelado por y para varones deportistas, porque podemos desarmar el sistema de clasificaciones en torno a quiénes son los “otros”, en tanto género y clase, fundamentalmente.

--¿Qué sucede en el fútbol?

--En el fútbol, numerosas investigaciones de colegas han mostrado que la violencia también es un recurso desde donde se construía masculinidad, es decir, identidad, pero por otro lado permitía ampliar la red de relaciones sociales y económicas. Tal vez la diferencia radique en que, además, la violencia --el aguante como categoría-- tiene valor de cambio. Tiene que ver con procesos de crisis económicas, políticas e institucionales, en donde el gran articulador social era el mercado. Lo que queremos entender desde nuestras investigaciones son los sentidos que los sujetos le dan a las prácticas porque desconfiamos de respuestas que hablan del “sin sentido”, de la irracionalidad o del salvajismo, como explicación. Por eso, las investigaciones aportan elementos que, muchas veces, pueden colaborar con la previsibilidad de los acontecimientos.

--Justamente, sobre la previsibilidad y en relación al asesinato de Fernando Báez Sosa, hace un tiempo escribió que lo ocurrido estaba dentro de lo “previsible” y que “ lo que sucedió en Villa Gesell es una de esas ‘pruebas de la vida’. No es salvajismo, ni irracionalidad, ni barbarie. Es un esquema consciente y racional en donde el juego de cuerpos, palabras y gestos se pone en acción”. ¿Cómo explica lo sucedido y por qué sostiene que un crimen semejante estaba dentro de lo previsible?

--Como parte de cierta legitimidad construida en el campo del rugby, en el hacer del rugby. Me refiero al punto más eficaz del sistema de dominación masculina --teniendo en cuenta la relación con la clase, por supuesto--. Esas imágenes, prácticas, símbolos y representaciones se interiorizan, entonces son concebidas, vistas y actuadas con total legitimidad. Estoy hablando de un espacio de distinción, fundamentalmente masculino, en donde la eficacia de las propias representaciones sobre lo propio y lo ajeno se hacen cuerpo. Se ven en el cuerpo y en el uso del cuerpo. Y esto también se reproduce moralmente. No analicé la relación psicológica de los sujetos y no creo que el rugby sea una fábrica de producir asesinos. Sí analicé las relaciones sociales en torno a la masculinidad. Y a las representaciones sobre lo masculino en el rugby. Entonces me refiero a que la idea de tener que probar --ritualidad, juego, salidas nocturnas, entrenamientos mediante-- todo el tiempo y certificar un modelo y una imagen masculina tiene que ver con una construcción social y cultural del espacio. No es un efecto individual, aleatorio, circunstancial. Y digo que lo ocurrido estaba dentro de lo previsible porque moralmente se construye una idea de las formas de exhibición que están bien, que son legítimas hacia adentro del campo.

--Señala que “el espacio del rugby en Argentina es un espacio de promoción de la civilidad como forma de percibir, nombrar y actuar en el mundo”. ¿Puede explicar la idea?

--Esta idea la desarrollé a partir de analizar parte de la historia del rugby en Argentina y en la provincia de Buenos Aires. El rugby fue una institución que resultó decisiva para las clases dominantes que adherían al denominado proyecto civilizador en Argentina, que perseguían la idea del refinamiento de las prácticas, las imágenes del cuerpo, de un ciudadano ideal, de la construcción moral sobre el cuerpo y sobre otros espacios sociales, por ejemplo, el fútbol. Luego de tensiones hacia dentro del campo del deporte y sus apropiaciones por parte de diferentes grupos sociales, es en la década de 1930 en que las clases dominantes se desplazan definitivamente al rugby --también podemos hablar del hockey-- y lo construyen como un espacio de distinción, de prestigio social. Grosso modo, el fútbol se profesionalizaba definitivamente pero además se popularizaba y se masificaba. El rugby, excepto algunos intentos, se resistió a profesionalizar la práctica. Hubo y hay muchas tensiones hacia adentro del campo entre quienes podían aceptar un grado mayor de democratización y acceso a la práctica y quienes sostenían tradiciones vinculadas a ese espacio de distinción.

--¿Las pautas de sociabilidad en el rugby son más machistas que otras sociabilidades también masculinas?

--Depende con qué se ponga en relación; hay espacios más parecidos a otros. En este caso hay una matriz que responde a la forma en que el deporte modeló y modela identidades masculinas. Entonces hay similitudes con algunos deportes más que con otros. El rugby implica un espacio de reproducción de lo que denominamos masculinidad dominante en cuya matriz también hay un proyecto histórico de clase en Argentina; me refiero a una matriz institucional dominante, porque el rugby no se constituye en una homogeneidad. En la relación entre tiempo libre, ocio y cuerpo hay una clave distintiva en el rugby que modela una masculinidad que también sirve para operar en otros círculos de poder.

--Desde un comienzo se habla de los rugbiers que asesinaron a Fernando. Dado que el problema de las violencias y de la masculinidad hegemónica atraviesa todos los ámbitos, ¿es correcto llamarlos de ese modo?

--Es una categoría de los medios de comunicación que, muchas veces, utilizamos. No creo que el rugby esté estigmatizado. Sí, tiene un problema que es estructural asociado al uso de la violencia física por fuera del campo del rugby. Hay asesinatos y recurrencia de episodios similares al de Báez Sosa.

--Salvando las distancias, en 2020 la Unión Argentina de Rugby (UAR) separó a a tres jugadores del plantel de Los Pumas por tuits racistas y xenófobos.

--Sí, pero no siempre y no todos los agentes del rugby, claro. Los Pumas, salvo excepciones, no han tenido muchos puntos de contacto con las culturas populares en Argentina. Me refiero a pensarse simbólicamente ligado a la cultura popular. Es una parte de la representación del otro que se expresa moralmente. En este caso, se hizo públicamente en redes sociales virtuales.

--¿Por eso dice que “en el rugby hay una impunidad cultural”?

--Sí, porque más allá de las valiosas iniciativas de talleres, eventos, iniciativas para trabajar el problema de las violencias y las masculinidades hoy, cuando realicé mi trabajo de campo no había --como para establecer una relación de peso frente a lo dominante-- proyectos que dieran cuenta de la construcción de otro tipo de discursos, prácticas, referidas a derechos, cuidados, pedagogías. Había iniciativas individuales que no llegaban, ni siquiera, a impugnar cualquier gestualidad discriminatoria o violenta.

--¿Puede el deporte, el rugby en este caso, aportar a construir nuevas masculinidades?

--Por supuesto. La democratización en el acceso es un inicio fundamental. El apoyo al rugby femenino y la incorporación de entrenadoras mujeres a planteles superiores también son buenos pasos. La Ley Micaela en los clubes y la problematización sistemática de la reflexión sobre las violencias inter e intra géneros es tan fundamental como la democratización.