Declara ante la fiscalía de turno el subcomisario de la policía Camilo J. respecto de los hechos acaecidos la mañana del jueves 16 de marzo y sobre los cuales pesa la evidencia fílmica de público conocimiento:

Te pinto el contexto, Mario, porque si no es fácil caerle a uno sin saber. El colectivo llegó con 15 minutos de retraso, media hora después que aquel otro fantasma que, según la aplicación de la municipalidad, pasó a las 10 sin que nadie lo viera; tampoco llegó el siguiente a las 10.15, cuando le correspondía, sino que apareció recién a las 10.30, 45 minutos después del coche que había pasado previamente. Y venía hasta las manos (anota el sumariante: …la unidad llegó a la parada de X y su intersección con X completa y con retraso). Paró y se amontonaron para subir las jubiladas que iban al banco, las doñas que iban de compras o al médico, y un par de pibas estudiantes. Todas del barrio y todas mujeres, excepto yo, que iba de civil. En el interior del colectivo también predominaban las femeninas. Pero habría tres o cuatro masculinos más, además de mí, contando al chofer, a un rengo con muletas, y al viejo que se hacía el dormido en la segunda butaca de la izquierda. Había otro que no se sabía si era un pibe, una piba o qué, viste como es ahora toda esta mierda (tipea el sumariante: … y la presencia de una persona de género indefinido).

El aire estaba viciado; olía a culo, a sobaco, a pelo sucio, y al perfume berreta y dulzón de alguna de las viejas que te trompeaba más que el olor a chivo. Andá sumando: ola de calor interminable, el aire acondicionado no funcionaba, los ánimos caldeados adentro y afuera.

En la siguiente parada subieron dos pasajeras más, una de ellas parecía embarazada (anota el sumariante:… parecía embarazada). El viejo que se hacía el dormido abrió los ojos brevemente y volvió a cerrarlos, considerando tal vez que eran tortas fritas y no un pibe lo que abultaba el abdomen de la femenina. Pero estaba preñada, nomás; confirmo ahora su estado de gravidez dado el reclamo de la amiga que la acompañaba, no menos voluminosa que la otra, que a viva voz empezó a pedir un gesto caballeresco de cualquiera de los masculinos que viajaban en la unidad, aunque claramente le hablaba al viejo matrero que tenía enfrente. (Anota el sumariante: en la parada siguiente ascendieron al ómnibus dos mujeres, una de ellas embarazada, que solicitaron al pasajero de nombre Carlos B., internado bajo condición de detenido en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, les cediera el asiento).

Como el tipo se hacía el sota, una anciana quiso darle su butaca a la femenina embarazada, pero ella lo rechazó y le rogó a la abuela que permaneciera sentada. La amiga repitió el reclamo y el viejo malandra se tapó los ojos con la visera de una gorra blanca (anota el sumariante: … las mujeres insistieron infructuosamente al masculino B. que les cediera el asiento...).

La joven sacudió al viejo de los hombros. El tipo ni se mosqueó.

- ¿Eh, usted, no ve que mi amiga está de seis?

- ¡A ver, alguien que le dé un asiento a la chica embarazada! - gritó el chofer.

El viejo abrió los ojos, miró a las mujeres muy brevemente y los volvió a cerrar. Entonces la mujer reiteró la exigencia de que se levante y para que no quedaran dudas de que le hablaba a él, le pegó un tincazo en la gorra.

-¡Qué me tocás, negra de mierda! -gritó el masculino, ya despierto por completo y encarando a la mujer, pero sin llegar a levantarse del asiento.

-¡Qué! ¿Me vas a pegar, viejo de mierda? Dale, atrévete, cobarde.

El masculino se puso a mirar hacia afuera, como si no existieran, murmurando improperios entre los que alcancé a oír que repetía “negras de mierda”.
(Anota el sumariante: … el masculino se negó a levantare, insultándolas con agravios y actitudes discriminatorias).

-Cobarde y pelotudo, que no le cede el asiento a una dama embarazada.

-¿Dama? ¿Esta india lechona dama? -se agrió el viejo.

Fue entonces cuando el colectivero, que seguía las alternativas del entredicho por el espejo retrovisor, clavó los frenos y casi pasan de largo dos femeninas mayores que apenas si llegaban a los pasamanos; agarró la vara de madera que suele usarse como dispositivo para medir la presión de las ruedas y dio tres pasos entre los amuchados pasajeros hasta ponerse frente a la butaca del viejo pendenciero (anota el sumariante: … es entonces que el conductor detiene bruscamente la marcha y, provisto de un elemento contundente, se encara con el pasajero de nombre B.).

-Bajate ya de mi colectivo - le ordenó.

-Todavía no llegué a dónde voy y no pienso darle el gusto a estas dos quilomberas de mierda.

-¿Quién quilombera? -gritó la amiga de la embarazada, tratando de manotearle la gorra.

-¡No me toqués, mugrienta!

El colectivero sujetó al viejo de la camisa, lo levantó de un tirón y lo bajó a empellones no sin que el otro que le opusiera una viva resistencia.

En la vereda pareció que se iban a tomar a golpes de puño, pero como evidentemente ninguno de los dos sabía pegar, terminaron agarrándose de las ropas en un mutuo zarandeo inofensivo. Cuando por fin se soltaron, el viejo retrocedió varios pasos y desde una prudente distancia le gritó al chofer, que ya había vuelto al volante:

-¡Cornudo! ¡Negro de mierda!

-¡Vos negro de mierda, viejo racista, sorete!

El chofer cerró la puerta y arrancó bruscamente, haciendo que las dos viejitas petisas trastabillaran hacia el fondo. Enseguida tuvo que frenar porque el semáforo había cambiado a rojo y las doñas volaron hacia adelante, rebotando contra el que no se sabía si era un pibe o qué.

-¡Cuidado, Bestia! - gritó el muchacho o muchacha.

-¡Cerrá el orto, vos! - le respondió el conductor en evidente estado de ofuscación.

Mientras las dos señoras trataban de incorporarse con ayuda del indefinido, se oyó el estallido de un vidrio lateral, producto del cascotazo arrojado por el masculino antes expulsado. El chofer, palo en mano, descendió y corrió al atacante, que huía dificultosamente dada su edad, y lo golpeó en la espalda, derribándolo. Fue entonces cuando decidí intervenir, dándome a conocer como la autoridad.

Preguntado sobre las acusaciones que pesan en su contra, el efectivo sostiene que se debe al fastidio general del pasaje por no haber podido continuar viaje. Informado de que las denuncias versan sobre la violencia inusitada de su accionar, oye el sumariante: ¿Inusitada? ¿Y Quién me acusa? ¿Las que filmaban? Y anota: no tiene nada que declarar.

Interrogado sobre las razones por las cuales accionó el arma, responde que fue como consecuencia del forcejeo y asegura que, al desenfundar la pistola con fines disuasorios frente a una violenta resistencia por parte de los involucrados, disparó de manera accidental sin llegar a herir a ninguno de los concurrentes. Consultado sobre su abstención de intervenir en los orígenes del conflicto, responde que le pareció prudente no inmiscuirse en lo que parecía ser una discusión habitual entre personas de esa barriada (oyó el sumariante, anotó y luego borró:… creí que era una matoneada del momento, cosa de negros, pero al final tuve que hacerles ver quién era ahí la autoridá a los dos que se peleaban, al puto que me insultaba porque le dije muchacho, al rengo de mierda que me daba con las muletas mientras esposaba al chofer y a las dos pendejas que no paraban de filmarme).

Concluido el interrogatorio, se imprime el acta.

- Ojo que yo no soy racista, vos sabés, no tengo nada contra los negros, los negros de piel; ni contra los putos, que hagan de su culo un túnel mientras no se metan conmigo...

El sumariante le alcanza los folios al testigo.

-Pero esos zurdos de mierda… - murmura entre dientes mientras mira hacia afuera, donde las estudiantes y el de las muletas esperan para declarar.

- … Qué lindo va a ser cuando vuelva el orden y les toque recular.

 

Sin leer las páginas que tiene entre manos, firma en conformidad.