A comienzos de la década del noventa, la historia de Cenicienta se actualizó en versión gay, musical y trágica en las arenas de Buzios. El príncipe fue encarnado por el cantante pop George Michael, por entonces considerado uno de los hombres más ricos de Gran Bretaña y un ícono sexual a escala global. El plebeyo era un bello joven estilista oriundo de Petrópolis llamado Anselmo Feleppa que, fanático de Michael, se hospedó en la casa de playa de una amiga para tramar un encuentro casual con el artista de sus sueños cuando éste fue convocado a participar de Rock in Rio II. El artilugio del peluquero para captar a su ídolo devino apasionamiento a primera vista y el comienzo de un breve romance. La intensa relación que incluyó encuentros furtivos para escapar de los paparazzi y regalos del príncipe a su enamorado tales como dos Mercedes, un Rolex de Oro y un apartamento en Lagoa, terminó con la prematura muerte de Feleppa en 1993 por complicaciones con el HIV.

En 1996, la pasión de George por Anselmo quedó plasmada en una tierna balada: Jesus to a Child (“Te esperé todos estos años… Me sonreíste / como Jesús a un niño… El cielo te envío y el cielo te robó…”). Dos años después, George Michael fue detenido en unos baños públicos en Los Ángeles cuando estaba a punto de tener sexo con un policía vestido de civil que le había tendido una trampa. Harto de años de represión, Michael aprovechó esta situación para hablar públicamente de su sexualidad. Y lo hizo por medio de una canción: Outside, un tema en el cual reivindica su deseo mientras en el video se disfrazaba de policía.

El itinerario descripto es uno de los tantos ejemplos que dan cuenta de las múltiples relaciones que pueden establecerse entre la música y el erotismo. A su vez, George Michael fue y sigue siendo uno de los nombres más repetidos en encuestas que versan sobre personajes y canciones que ayudan a personas a salir del clóset o inspiran a personas de todo el mundo a la hora de tener sexo, lo cual lleva a otros niveles de reflexión. ¿Qué rol juegan las melodías y las canciones en la vida sexual de las personas? ¿Cuáles son las representaciones de la sexualidad en las obras musicales clásicas y populares? ¿Cómo han influido el capitalismo, la creciente comercialización y digitalización en la persistente presencia del sexo y el amor en la historia de la música? ¿Cómo influye las letras en la mercantilización de los cuerpos y en las violencias de género? ¿Cuáles son los poderes afrodisíacos de la música? 

Éstas son algunas de los interrogantes y puntos de partida de Playlist. Música y sexualidad, la ambiciosa investigación del ensayista Esteban Buch convertida en libro que, en dieciséis capítulos y con un aparate teórico y melódico ecléctico que va desde las sirenas seductoras, Orfeo y Mozart hasta Adorno y Cardi B, pasando por Pink Floyd, Guy Debord y Madonna y la música de las películas de Hollywood y las de Pasolini reflexionan sobre este vínculo perdurable en la vida de los humanos. La edición de Fondo de Cultura Económica viene acompañada de una serie de playlists de música variada accesible en Spotify mediante el sitito de internet de la editorial o escaneando los códigos QR que aparecen en la tapa y al comienzo de cada capítulo que suponen una experiencia estética inédita y muy apropiada para acompañar la lectura.

ERÓTICA (1992), EL QUINTO DISCO DE MADONNA, VENDIÓ 150.000 COPIAS EN 24 HORAS.


Las canciones de nuestras vidas

“Durante los encuentros sexuales, el papel de la música puede ir desde un simple elemento de decoración hasta un principio de organización temporal de los movimientos de los cuerpos, pasando por una atmósfera o una cuasi cosa. Puede incluso ser un sex toy inmaterial gracias a la presencia virtual del artista, invitando así a unirse a los amantes en una especie de triángulo amoroso”, señala el autor.

Probablemente esto último fue el caso de las experiencias sexuales de Feleppa antes de encontrarse con su fetiche. Pero, más allá del deseo concretado, de los vaivenes de los cuerpos en la cópula que pueden ser o no rítmicos y armónicos con sus ciclos de excitación ascendente y descendente y su clímax y del hecho de que puede ser cierto que dos personas que se aman crean su propia melodía; en ocasiones, la música forma parte de la previa o la post. Es decir, de las estrategias de seducción (en la disco o un apartamento), del camino solitario hacia la cita amorosa y de las reminiscencias con los que asociamos a una pasión.

Según Buch, los orígenes de la práctica de hacer playlists personales se remontan a la década de 1980, cuando la invención del casete pone por primera vez a disposición de un gran público una tecnología para esos montajes. La idea de los mixtapes, recopilaciones artesanales en casetes destinadas al uso personal o a la circulación informal, se traslada luego a la recopilación en CD y, en la actualidad a las playlists en las que la gente almacena y ordena sus archivos mp3, enlaces de streaming o simplemente sus recuerdos. 

Entre numerosos materiales, para plasmar diversas playlists posibles, el autor apela a la selección de canciones favoritas de una famosa encuesta realizada en 2012 en el Reino Unido para Spotify. En ella, para una cena romántica, las cinco primeras canciones mencionadas fueron Lets Gets IT On y Sexual Healing de Marving Gaye; Lady in Red de Andy Williams, Wonderfulll Tonight de Eric Clapton y Moon Rivers de Andy Williams. 

Para “seducir bailando”: Dancing Queen de Abba, Lady in Red, Sex and I Know de LMFAO, la banda Sonora de la película Dirty Dancing y Do You Think I’m Sexy de Rod Stewart. Mientras que para ponerse in the mood llegan primeras Je t´aime moi non plus de Serge Gainsbourg y Sex on Fire de Kings of Leon; y para tener sexo: Take my Breath Away de Berlín y el Bólero de Ravel. 

A su vez, para la extraña categoría de música considerada mejor que el sexo, el podio lo lleva Bohemian Rhapsody de Queen. El hecho de que Barry White, Madonna, George Michael, Aerosmith, ABBA, Portishead, Pink Floyd, Queen, los Rolling Stones y la música de Star Wars o Dirty Dancing sean algunas de las bandas sonoras con que millones de personas se inspiran para tener sexo da cuenta de las asociaciones y construcciones culturales que se asocian a la música y que dispara la excitación cerebral. Por ello, uno de los capítulos está dedicado al cine y al rol de la música para tornar elíptica o explicitar una relación sexual en un arco que va desde Lo que el viento se llevó, pasando por La extraña pasajera, Barbarella hasta las películas eróticas de Madonna.

El otro recurso al que apela Buch es de las vivencias personales. Así, Olympe, bisexual nacida en 1989 señala que su primera experiencia escuchando azarosamente The Dark Side Of the Moon de Pink Floyd (se disparó de la playlist mientras buscaba a Cat Stevens en la mp3 de su computadora) al momento de ser penetrada influyó durante todas sus relaciones. A su vez, Tom, gay nacido en 1979, relata que hace unos diez años grabó un CD con una recopilación ideal para las relaciones sexuales y la antropóloga lesbiana Elena le regaló a una antigua amante un pendrive con cuarenta canciones que las inspiraban a hacer el amor, entre ellas Let´s Dance de David Bowie,  En la ciudad de la furia de Soda Stéreo y Exchange de Massive Attack, entre otras

Otra de las formas de estructurar el libro es a través de los tópicos, entre ellos el de la playa, ese lugar que unió de manera perdurable a Michael y a Feleppa. Ese escenario tórrido, dio al mundo hits eróticos como “María Bonita” que inmortalizó para siempre las noches en Acapulco de María Félix y Agustín Lara; “Garota de Ipanema” que habla del deseo que no se concreta; donde el ritmo del acto sexual se sublima en la intermitencia natural de las olas en Je t´aime moi non plus o “Cuando calienta el sol” lanzado en 1961  y popularizado veinticinco años después por un Luis Miguel abrazándose a sí mismo como si hiciera el amor con la persona ausente a la que la canción va dirigida. 

Todas abonan la teoría esbozada por Carl Whitmant en “A Gay Manifiesto”: “Para mí tener una buena relación sexual es como tocar el violín; en un primer nivel ambas personas ven al otro cuerpo como un objeto capaz de crear belleza si saben tocarlo (play); en un segundo nivel, los músicos (players) se comunican a través de una mútua producción y apreciación de la belleza. Al igual que la buena música, uno queda totalmente atrapado en ella, y volver de ese estado de conciencia es completar una obra de arte, o bajar de un viaje de ácido o de mescalina”.