Porque ser de izquierda es estar abierto a lo inédito, a lo imprevisible, a lo imposible. Lo imposible nunca llega sino que irrumpe y se vuelve un acontecimiento si transforma nuestra historia. Transformar la historia como una forma de evidenciar que nada es definitivo, que otras gramáticas son posibles, pero sobre todo que no hay una única gramática sino el despliegue de múltiples posibilidades. Desplegar posibilidades como un modo de acariciar lo imposible y lo imposible siempre es una caricia que no consuma ni violenta, sino que reguarda la distancia justa. Una distancia es justa porque no realiza ningún orden sino que se empeña en desenmascarar todo orden como una imposición: la revolución no puede sino ser permanente. Una revolución permanente que ha hecho de Cuba la confirmación de que nada es absoluto, ya que ese otro orden (con sus aciertos, con sus errores) nos convence de que todo puede ser de otra manera. Y si todo puede ser de otra manera, nuestra realidad no solo puede ser otra, sino que puede deconstruirse como único sentido común hegemónico: Cuba es la otredad que demuestra que nosotros también somos otros y que por ello todavía hay esperanza. La esperanza no puede ni debe concretarse, sino que es ese umbral que excede toda concreción y que sostiene nuestra búsqueda en estado de utopía. Una utopía es siempre más la confirmación de que el orden que nos sujeta también puede resquebrajarse. También puede resquebrajarse el sentido unilineal con que muchas palabras normalizan nuestra vida cotidianeidad: no hay una sola definición de libertad ni de vocación ni de felicidad ni de realización, ni de comunidad, ni de humanidad. No hay una sola. Hay un resto y un resto impide que cualquier totalidad se cierre...

¿Por qué Fidel? ¿Por qué Cuba?

 

Porque ser de izquierda es estar abierto a lo inédito, a lo imprevisible, a lo imposible…