Opinión
De la mano del Banco Mundial

El Ministerio de Ciencia y Tecnología recibió –“por primera vez en la Argentina”, según se ufanó la promoción del evento– al presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, quien reflexionó sobre “la preparación de los más jóvenes para trabajos que aún no existen y la generación de empleos de calidad”, en el marco del Foro Invirtiendo en los Empleos del Futuro. Este evento –ocurrido el pasado viernes 18– se da en medio de un desembarco extendido de los principios de la misma institución financiera en la Argentina, como lo demuestra la polémica inclusión de la economista del BM María Marta Ferreyra en el acto de lanzamiento, en el Ministerio de Educación, de la Feria Internacional de la Educación Superior Argentina. Su participación fue finalmente suspendida por la irritación que genera un informe de su autoría que pone en cuestión aspectos cruciales como la autonomía, la gratuidad, el acceso irrestricto y el nivel salarial de los docentes (muy alto, a su juicio).  

El retorno del Banco Mundial es acompañado –como si de un movimiento de pinzas se tratara– por un puñado de ONG que también están logrando una inserción privilegiada en la orientación de políticas públicas. Es el caso, por ejemplo, de Educación 137, cuyo nombre alude al lugar donde comenzó el incendio que destruyó Chicago en 1871, tragedia devastadora que esa asociación compara con la llegada de las nuevas tecnologías a la educación. Por fuera del dudoso gusto del nombre, no ocultan su objetivo: dejar que las nuevas tecnologías barran lo que quede del sistema tradicional para poder reconstruir la educación exclusivamente en términos de competitividad y valorización económica.

A fines de junio, esta entidad realizó en el CCK su III Congreso de Educación & Desarrollo Económico. Entre sus inscriptos, Educación 137 hizo una encuesta cuyos resultados –pese a  sus escasos parámetros técnicos– tuvieron un importante eco en diarios y portales como La Nación e Infobae. Según ellos, “la universidad no innova”, no forma emprendedores ni los profesionales que el país (léase: el mundo de la economía privada) necesita y expulsa a los estudiantes por sus contenidos desactualizados y su desconexión con la realidad (léase, otra vez: con el mundo de la economía privada) y no por razones más profundas enraizadas en nuestras desiguales estructuras sociales.

La coincidencia con los objetivos históricos del BM no requiere mayores explicaciones.

Sería necio negar la pretensión del sector privado de que el sistema educativo forme profesionales aptos o la importancia de que la universidad forme para el mundo del trabajo. Pero ¿es el objetivo de la universidad formar emprendedores o preparar “jóvenes para empleos que aún no existen”? Bien puede contribuir a ello, pero con seguridad no debe ser ese el único objetivo ni el prioritario. Cada vez que aparece en agenda, en un contexto de destrucción de puestos de trabajo y avance sobre los derechos laborales, la cuestión arroja un tufillo demasiado rancio a solapamiento del cuentapropismo o la flexibilización laboral. 

La universidad no será más o menos innovadora por cuánta tecnología utilice en el aula, ni siquiera por cuán asiduamente revise sus contenidos o la estructura de sus planes de estudio. Todo eso es muy importante, sin duda. Pero una universidad verdaderamente, no superficialmente, innovadora es aquella que produce conocimiento para la sociedad antes que recursos humanos, que forma profesionales comprometidos con el país, que logra incluir a todos en sus aulas, que investiga para afrontar los problemas sociales que el mercado ni siquiera visualiza, que fomenta el arte y la cultura y el pensamiento crítico, que se ofrece como un espacio de formación de ciudadanía. 

* Coordinador de la Plataforma Regional de Políticas de Inclusión Universitaria (Conadu).