Las comunidades abrigan desde el fondo de los tiempos. Según la antropóloga Margaret Mead, la civilización nació cuando nos decidimos a cuidar al herido de una fractura. Ese cuidado lo salvó de una muerte segura, y salvó a la especie humana de una sociedad gobernada por el sálvese quien pueda.

En nuestro país, desde la recuperación democrática, este espíritu comunitario capeó cada crisis. La de los chicos de la calle, la de la hiperinflación, las de los barrios recién levantados, la crisis del 2001. Los cuidados comunitarios tuvieron un rol clave durante la pandemia, cuando las instituciones formales cerraron sus puertas.

Desde hace varias décadas, el feminismo en las calles reclama hacer visible un cuidado que recae, mayoritariamente, en las mujeres. Ningún capitalismo subsiste si no acompañamos a los más débiles, si no estamos allí para calmar fiebres y padecimientos. Sin una red social dispuesta a cuidar, ni siquiera los más fuertes podrían subsistir. Basta con mirar nuestra historia personal: todos, alguna vez, hemos necesitado que nos cuiden.

Hoy, miles de organizaciones comunitarias y eclesiales llevan adelante esta tarea en territorio. Sin una legislación que las reconozca con claridad, menos aún a sus trabajadores, intuyen que este es el camino a seguir. Como dije en este mismo diario durante la pandemia: la comunidad de iguales abriga, abraza y sostiene. Imagina respuestas, ligas de fútbol, centros de apoyo escolar, copas de leche y casas del niño. Este trabajo cotidiano, hecho de ternura y presencia, hace posible algo que llamamos infancia aún en el basural de la desigualdad. Cada día, miles de líderes y referentes sociales se cargan al hombro esta tarea. No es trabajo, es amor, dicen las damas de caridad mientras ofrendan su ropa usada. Los trabajadores comunitarios descreen de esa definición, buscan la propia. Estas personas cumplen un rol social, pero también económico. Hoy, en las organizaciones comunitarias de la Argentina, sus trabajadores saben que lo que hacen es amor y es trabajo.

Sin embargo, desde una vereda donde todo se vende y todo se compra, se anuncia el fin del cuidado. Quienes sufren discapacidades, consumos o cualquiera de las formas de la injusticia social, deberán encontrar quien pague su supervivencia.

En esta orilla, dos anuncios pasaron desapercibidos, y no es casual. Frente a una niñez que no está en agenda, anunciar 700 centros de desarrollo infantil se tornó irrelevante para los medios. El candidato Sergio Massa también puso en valor las casas que alojan pibes y pibas en consumo. Su voz se hizo eco de la desesperación de las madres. Sin embargo, los anuncios de venta de órganos y ausencia estatal parecen ser más atractivos. Alguna vez aprenderemos que vender escándalo y griterío nos puede costar muy caro.

Reconocer el valor de las respuestas comunitarias y anunciar la apertura de nuevas casas, es más de lo que nos atreveríamos a soñar. El fin de semana del 29 de setiembre al 1 de octubre, mil trabajadores y trabajadoras comunitarias participaron de la Escuela de Educación Popular de las Organizaciones de lxs Chicxs del Pueblo. También se reúnen periódicamente la Familia Grande del Hogar de Cristo, los Cuidadores de la Casa Común y un sinnúmero de organizaciones que eligen la vida en comunidad. Por otra parte, las mujeres acaban de ganar un premio Nobel que las reconoce a todas. El Nobel de Economía otorgado a Claudia Goldin pone en el centro del debate económico el valor del cuidado. Sus investigaciones son tan concluyentes que solo un provocador devenido en candidato puede negarlas.

Un Pacto Social por el Cuidado parece estar a la vuelta de la esquina. Todo depende de lo que ocurra el domingo. Si gana el indidualismo feroz, este acuerdo se alejará irremediablemente. Pero si este domingo el pueblo argentino produce uno de esos milagros a los que nos tiene acostumbrados, la sociedad del cuidado habrá dado un paso gigantesco.

Diputada Nacional (MC). Organizaciones de lxs Chicxs del Pueblo. https://chicxsdelpueblo.com.ar/