Lo reconocí de espaldas, mientras acomodaba unos productos en la góndola. El tiempo fue más que amable con él. Chen casi no tiene canas, ni arrugas. Oriente versus occidente siempre gana ese partido. Seguí comprando galletitas y cereales mientras mi marido hacía cola en la carnicería. Me vi reflejada en la heladera de gaseosas y mis cambios eran más que evidentes. La maternidad me atravesó de arriba a abajo y, lo que es peor: de adentro hacia afuera. Rogué que no me reconociera. Yo sí tengo canas, arrugas, kilos de más. Pero al verme inmediatamente me sonrió. Cuando Inclinó la cabeza en una especie de reverencia, volví a un pasado no tan lejano, a su perfume dulzón, a sus brazos fuertes rodeándome esa soledad en la que yo naufragaba.
“¿Cómo está?” me preguntó. Le respondí que muy bien, lo cual no era totalmente cierto, pero su juventud, su imperturbable paz, no permitían de mí otra respuesta. Nos acercamos un poco y me contó que había vuelto de China unas semanas atrás, que los ocho años que estuvo allá cuidó a una tía muy querida. Hablamos de la pandemia, también. Me contó que en su ciudad fue terrible y yo le conté lo mal que la habíamos pasado acá.
A veces me desdoblo: soy muchas y mientras hablo con alguien entablo monólogos conmigo. En ese momento me dividí en dos: una intentaba hablar serenamente con Chen y la otra recordar qué o quién había sido ese hombre en mi vida. Con las manos aferradas al changuito de las compras, la cara relajada y el corazón acelerado reviví las tardes abrazada a él. La luz de la ventana sobre nosotros. Su cuerpo firme y mi sensación de entrega. Reviví la sensación de paz recorriéndome las venas, como una savia que purificaba mi sangre y la dejaba quieta. Tuve dudas, muchas dudas, sobre cuáles recuerdos eran falsos y si había alguno verdadero. Chen seguía hablando pausado, bajito, con las manos siempre quietas. Me avergonzó advertir que no lo había olvidado.
Aún si ese día hubiera podido pedirle que llevara la compra a casa, quedarme sola con él, abrazarlo otra vez, no lo hubiera hecho. Aunque nadie se enterase, aunque mi familia se fuera de viaje y tuviera la casa toda para mí.
Mi mente desdoblada me envió muchas imágenes, como una película sin sonido que de repente contaba mi historia de los últimos años. De adelante hacia atrás, en color primero y en blanco y negro a medida que retrocedía. Yo tratando de bajar 10 kilos corriendo en la cinta, mi hija en la escuela, Federico pintando la terraza. Un domingo en el club; la pileta y nosotros cantando una canción infantil. El viaje al sur. La pandemia, los barbijos, el silencio de las calles. Y a velocidad que sólo mi mente puede lograr llegué al día en que Federico me preguntó si quería casarme con él y yo dudé, pero igual le dije que sí. Era algo tan real, tan pesado, tan definitivo casarse. Y cuando dije que sí a él se le llenaron los ojos de lágrimas y me leyó un poema que ya no me acuerdo qué decía. Eso equilibró un poco el momento, lo besé y sentí su emoción casi como si fuera mía.
Sin querer, mientras estaba en ese pasado tan gastado comencé a tocarme la alianza con el dedo gordo. Chen lo notó y me preguntó: “¿ya casada?” “Ya”, dijo, como si fuera un destino ineludible, como nacer y morir. “Ya”, dijo, y esa parte de mi mente que me odia escuchó “por fin lo lograste, latina de caderas anchas y blanco en el pelo reseco”. Le respondí que sí, que me había casado y tenía una hija de cinco años. Varias veces le repetí el nombre: Lucía, muy difícil de pronunciar para él.
Escuché “¡gorda!” y me di vuelta. Fede no necesitó hablar: con levantar la ceja izquierda y sonreir me dijo que si compraba un vino tinto, asaba algo en la parrilla y después Lucía se dormía temprano, bueno, quizás, con un poco de suerte… iba a pasar todo eso que sucede cuando dos que se aman vuelven a encontrarse. Occidente versus oriente casi siempre gana ese partido.
Como había hecho él unos años atrás, le dejé una enigmática nota. En segundos, esa otra parte de mi mente que me quiere, redactó nuestra breve despedida: “Hacia atrás no volvemos ni para tomar impulso»
[1] Podés leer "Abrazar a Chen" en este link.