Fuegos de agosto

17 al 18 de mayo

Por un barrio lejano hay una fiesta. Salgo y me doy cuenta de que estoy en la calle pero no llevo mi bolso. Disfruto de andar liviana y sin una carga. Subo unas escalinatas y luego bajo. La fiesta es en una antigua discoteca, en una gran ciudad. Hay mucha gente del ambiente underground y artístico de vanguardia: multitud de artistas jóvenes y cultos, adentro de la disco, y algunos poetas objetivistas afuera, bajo el toldo de un bar. Hay afiches en las paredes y un derroche de inteligencia en las charlas. Converso con un amigo. Sigo caminando y aparezco sola adentro del edificio cuyas escalinatas subí en primer lugar. Es como un gran templo. Una cálida luz rosada violácea lo inunda. En ese momento me doy cuenta de que estoy soñando y recuerdo un consejo: tengo que mirarme las manos para entrar en sueño lúcido. De inmediato, me miro un instante las palmas de las manos y enseguida sé que puedo hacer lo que quiera.

 

12 al 13 de agosto

Somos un grupo de viajeros en tránsito, debatiendo sobre cuestiones relativas al viajar. Les hablo de los mapas. Digo que tenemos una imagen mental concreta y otra imagen mental del territorio con los bordes simplificados. Pero el mapa imprescindible es el que nos muestra los accidentes geográficos tal como son. Sigue otro debate sobre qué equipaje llevar o dejar.

    

13 al 14 de agosto

Vivo parte del tiempo en mi casa y parte con mi madre y hermanos, en una casa oscura y grande donde tengo una planta alta con mi propio espacio. Allí duermo en una cama plegable vieja y confortable a la que llamo "el catre de campaña". En ese lugar doy clases particulares.

Desayuno en un bar a la vuelta, que tiene el nombre de un lugar en Inglaterra o Francia: Picadilly o Pigalle, no lo recuerdo bien. Descubro que puedo llegar ahí sin pasar por la calle, a través de unos pasadizos subterráneos con galerías comerciales que pronto van a ser cerrados porque se considera que es insalubre trabajar sin luz natural. Me pierdo entre las galerías y recurro a una pareja de taxistas, hombre y mujer, para que me lleven al bar. Me subo a su taxi y nos pasamos, alejándonos con rumbo norte por una autopista soleada cerca del agua. Ellos detienen el taxi en una iglesia. Suelen hacer obras de caridad ahí y cuando ya han organizado la obra del día, que es una donación de grandes cantidades de ropa para los pobres de la parroquia, me reúno con ellos en la sacristía y les exijo que me lleven al bar. No lo hacen, pero consigo volver por mis propios medios a la casa familiar. Subo a mi propio espacio, iluminado por una luz natural filtrada, con algunos de los alumnos. No encuentro mi catre de campaña.

    

14 al 15 de agosto

Fuertes vientos arrasan una gran ciudad. Cuido la pequeña fábrica de artículos de plástico de una amiga. Controlamos que firmes tablones impidan que el viento se lleve las cosas, que son muy livianas. Cuando el viento cesa, diviso unos nubarrones muy oscuros. Pienso que es un signo de que la tormenta va a continuar. Después me doy cuenta de que es humo. Camino por una calle devastada en dirección al humo y en el camino me encuentro con periodistas que me muestran videos de la explosión que lo produjo. Al parecer se incendió un depósito de nafta donde estaba escondida la plata que la industria, a través del gobierno, les viene robando a los pobres. Se me ocurre que el fuego es un acto de justicia divina. Despierto.

    

17 de agosto

Soledad Sánchez Goldar tacha palabras de la Constitución Nacional Argentina en el sótano del Cabildo, una fría cripta soterrada donde nunca llegó la luz natural. Piensa en los esclavos que vivieron ahí y en cómo habrán muerto por lo insalubre de aquellas condiciones.

    

16 al 17 de agosto

Pablo Bigliardi y yo habíamos formado un grupo de presión para obligar al gobierno local a que mejorase las condiciones de vida de los aborígenes del lugar. Pero todo sigue igual. Siguen muriendo niños por enfermedades curables y viviendo ciudadanos argentinos como en la edad de piedra, escribo en una carta. Subo unas escaleras buscando a Pablo. Sigo subiendo hasta un cañadón de barrancas accidentadas y barrosas; caminando por ese borde empinado y resbaladizo anda Pablo. "Ah, escritor aventurero", lo invoco cuando lo encuentro. Al final paso caminando y conversando con alguien junto a un kiosco de revistas y a Pablo. "Tengo solamente dos amigos que saben manejar armas", digo en alusión a él. "Y muertos", agrega Pablo. No sé cuál es el otro amigo al que me refería. Al despertar mantengo los ojos cerrados, tratando de no olvidar el sueño. Los abro y veo que estoy en la habitación 902 del hotel Dorá.

    

18 de agosto

Tercer día en Mercado de Arte. Desayuno con Gabriela Gabelich. El recorrido alternativo para coleccionistas y prensa arranca a las 10 pero aviso a Natalia Albanese que no llego. Me sumo a las 11:05 en The White Lodge, una galería de arte muy blanca y luminosa en un PH, donde me llama la atención el texto que se lee en unas fotografías: MIENTRAS EXISTA UNA POSIBILIDAD MANTENDREMOS LA ESPERANZA. Me dice Noe Décima que las fotos son obras de Lucía von Sprecher. Noe nos guía a pie y dos pisos escaleras arriba hasta La Cúpula, el lugar propio con luz filtrada y plantas donde Jorge Castro (referente mundial del net art, el arte sonoro y el video arte) tiene su taller, su media lab y su espacio. Allí da clases particulares los martes. Mini, una chica menuda como un pájaro, expone obras tamaño pájaro que son nidos e imágenes de pájaros. Su pareja, Marcos, también expone. Los pájaros feos cortejan a sus parejas juntando cositas de colores, dice Mini. Marcos se considera freak. Trato de no perder de vista a Noe, cuyos ojos brillan entre los desconocidos. Noe guía al contingente hacia una galería llamada Picadilly y me deja la dirección de la casa de Sara Goldman. No voy a Picadilly. Siento que La Cúpula es un lugar sagrado, a medida que Jorge habla. Cuenta una historia que Mini y Marcos escuchan con los ojos muy abiertos. Al fin voy por mis propios medios a lo de Sara. Tomo un taxi que va con rumbo norte por una avenida soleada cerca del agua. Luego sube al cerro. Sara tiene su taller en una accidentada barranca, entre aromitos de flores amarillas que se ven por los ventanales. Saco una foto de las corbatas de su padre. Todos coincidimos en que es una excelente anfitriona. Ese juicio atraviesa todas las clases sociales del contingente. Sólo yo digo algo de las obras. Lleva un tiempo empezar a verlas, aunque estén ahí. Son casi traslúcidas, como Sara. Surgen del reciclaje de cositas de plástico.

Natalia me encuentra pero me parece que ya no me cree nada. Igual nos lleva en su auto nuevo a varios rosarinos de regreso al Cabildo, donde hace un calor insoportable. Compro una remera y una camisa, frescas y blancas, a los jóvenes artistas del colectivo Proyectil, cuyo proyecto expuesto es una gran cantidad de ropa usada comprada a feriantes y estampada con serigrafías de dibujos de artistas tucumanos. Las venden a precio de feria americana y ayudan así a los feriantes callejeros prohibidos por una reciente ordenanza. Claudio Iglesias habla de la industria del arte. Me estoy durmiendo. Me quiero ir al hotel pero me encuentro con Hernán Camoletto, que acaba de llegar. Lucas Di Pascuale nos lleva a 220. Todo allí es igual a mi sueño de mayo. Falto a otra fiesta donde luego me contarán que se levantó un gran viento. Al volver sabré por La Voz que aquel viento avivó el peor incendio forestal del año en Córdoba.

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