Toublanc, notable película de Iván Fund inspirada en un texto de Juan José Saer
El estado suspendido de la melancolía
Aunque en el film hay crímenes como en el texto original, el ejercicio de Fund no es una traslación lineal del escritor santafesino. Con una bella narrativa visual, el director construye un film de climas, de esperas, de ansias, de estados de ánimo.
La película tiene vínculos con la novela pseudo policial Cicatrices, publicada en 1969.La película tiene vínculos con la novela pseudo policial Cicatrices, publicada en 1969.La película tiene vínculos con la novela pseudo policial Cicatrices, publicada en 1969.La película tiene vínculos con la novela pseudo policial Cicatrices, publicada en 1969.La película tiene vínculos con la novela pseudo policial Cicatrices, publicada en 1969.
La película tiene vínculos con la novela pseudo policial Cicatrices, publicada en 1969. 

 

El nuevo largometraje del crespense por adopción Iván Fund –el más prolífico de la camada de realizadores surgidos de esa ciudad entrerriana– probablemente sea, junto con Los labios (codirigida junto a Santiago Loza hace ya siete años) su mejor película a la fecha. Por supuesto que en esa aseveración entran en juego las reglas de la subjetividad, pero la maquinaria narrativa y poética puesta en funcionamiento desde el primero hasta el último de los planos que conforman Toublanc y las correspondientes ambiciones y logros la ubican varios escalones por encima de los últimos esfuerzos del director. Loza también está presente aquí, y junto con Eduardo Crespo y el propio Fund tomaron la responsabilidad como guionistas de absorber algunos elementos de la obra y la figura del escritor Juan José Saer –según aclara el propio film en la secuencia de títulos– e intentar trasladar los intereses y rasgos de su estilo literario a la pantalla. En particular aquellos presentes en la novela pseudo policial Cicatrices, cuya portada aparece no una ni dos sino tres veces en cuadro, corroborando esa ligazón de manera clara y explícita.

A pesar de ello, Toublanc no es de ninguna manera una adaptación del libro. Aunque aquí, como en la novela –publicada originalmente en 1969– hay también un crimen (dos, en realidad). Los cuatro relatos entrelazados del texto se transforman en dos, distanciados geográficamente por los miles de kilómetros que separan a París y la Bretaña francesa de la ciudad de Santa Fe, aunque íntimamente ligados por un tono melancólico general y la sensación de eterna espera que embarga a los protagonistas. Philippe Toublanc (el crítico de cine y director francés Nicolas Azalbert), por traza y modos el más insospechado de los agentes de policía, deja pasar los días entre la escritura de informes y algún encuentro en el parque con su pequeño hijo (como muchos otros “datos” biográficos y psicológicos, la información de que el chico vive con su madre debe deducirse y nunca es explicitada). La reunión con uno de sus superiores en la fuerza lo llevará de regreso a su pueblo natal al borde del mar, donde un crimen no resuelto espera su llegada y consiguiente investigación de los hechos.

En Santa Fe, Clara Ríos (Maricel Alvarez), una profesora de francés soltera de cuarenta y un años (el número de DNI expresado en voz alta confirma fehacientemente la edad), suele viajar del trabajo a su casa y de su casa al trabajo, aunque la posibilidad incierta de un acercamiento romántico con uno de sus alumnos podría llegar a alterar en algunos aspectos esa rutina. Al mismo tiempo, la llegada de otro animal a su entorno (Clara vive con una perra), un caballo abandonado en la puerta de su casa, dispara una serie de circunstancias secretas que también desembocan en un homicidio. Los protagonistas de Toublanc son entonces tres, dos humanos y uno equino, al cual la película prodiga una serie de escenas visualmente relevantes, incluido un bellísimo paseo por plazas y campos en busca de alimento o solaz. El montaje alterna las historias a lo largo de poco más de 90 minutos, encontrando simultaneidades y equivalencias que no están relacionadas necesariamente con lo narrativo en un sentido estricto: se trata, a fin de cuentas, de un film de climas, de esperas, de ansias, de estados de ánimo.

En varias instancias, Fund recurre a un uso ingenioso e intrigante de la pantalla dividida: un mismo personaje en una situación y posición similares, aunque en momentos diferentes, que podrían estar separados por minutos, días o meses. Nueva corroboración del estado suspendido de melancolía en el que permanecen los personajes, habitantes de tramas policiales sin disparos ni sangre a la vista (a excepción de un charquito ya seco, secuela visible de uno de los crímenes). Magníficamente encuadrada y fotografiada por Gustavo Schiaffino, Toublanc es el resultado de un programa llamado “Año Saer”, producido por el Ministerio de Innovación y Cultura de la provincia de Santa Fe. Merecidos aplausos por la libertad absoluta concedida a Iván Fund, cuya película está en las antípodas de los modismos inocuos de tantas celebraciones oficiales de figuras de la cultura.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ