Julián Peralta
SIGA EL BAILE
Fue uno de los fundadores de la Orquesta Típica Fernández Fierro cuando aún era conocida como La Branca. El arreglador, compositor y director de orquesta Julián Peralta no se cansa de pensar y hacer alrededor del tango. Y eso, por ejemplo, es lo que lo llevó a grabar el cuarto disco de su orquesta Astillero: Quilombo, un recorrido sensual y rabioso a la vez, en clave de tango alrededor de la murga porteña que despunta como uno de los discos del año. En esta entrevista Peralta recuerda sus inicios duros y autogestivos, habla de Pugliese y presenta algunas de sus nuevísimas canciones.
Imagen: Xavier Martín

Tan sólo uno de doce. Para un veinteañero Peralta, el principio de casi todo no fue fácil: lanzó una convocatoria de doce músicos para formar una Orquesta en el Conurbano Sur y apenas concurrió uno: el contrabajista. Promediaban los 90, era sábado, así que la tarde se fue en charla. “Me di cuenta que así no era la cosa. Hubo muchos fracasos. Escribía como el culo y tocaba peor, pero la mejor manera de aprender es hacer las cosas. Y equivocarte. Aquella vez me dije: ¡así no se arma una orquesta! Fue un buen aprendizaje. Tal vez de la peor manera”.

Nació en Quilmes en 1974 y recién a los 27 años ancló en Buenos Aires. Varios años antes había empezado a estudiar en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA) y estaba metido con el jazz. “No había tanto tango en mi casa, era algo más anecdótico. Empecé a encontrarme con la sonoridad de las big bands y eso me llevó a investigar sobre las orquestas: cómo se forman, cómo escribir para ese formato. El sonido de la masa orquestal. Y apareció Troilo. Es muy gracioso porque dando clases soy anti jazz: me gusta la potencia que tiene el  lenguaje del tango y su profundidad. Y profundizarlo siempre va a ser cambiarlo. Se puede potenciar esta música desde las mismas búsquedas del tango, desde las mismas inquietudes que tuvieron los grandes maestros”. Y nombra a algunos que llegó a conocer: Pugliese, Leopoldo Federico, Salgán, Mederos, Aníbal Arias. Y recuerda a Horacio Ferrer: “Me decía: ‘Juliancito, hay que hacer lo que no está hecho’. Y lo más joven que había era alguien dentro de un show de tango for export”.

¿En algún momento te sentiste tentado a formar parte de esas propuestas for export?

–Sí, obvio. No muchos pero alguna vez hice algunos laburos. El trabajo es el trabajo, había que parar la olla. Y en algún momento fue importante para poder sostener esos otros proyectos musicales que no estaban dando plata. Aunque tempranamente lo dejé de hacer.

Y agrega: “Eso estaba muy claro desde el principio: yo quería una orquesta de música popular”.

Y la hizo. Las hizo.

FIERRO Y DESPUÉS

Hay que volver sobre algo: a la distancia vale pensar a la EMPA como una especie de factoría que motorizó algunos de los primeros y nuevos nombres del tango actual: Tangata Rea, El Arranque y muchos de los integrantes de la Orquesta Típica Fernández Fierro: mascarón de proa del tango actual. Ese colectivo musical abrasivo fue fundado hacia 2001, entre otros, por Peralta, quien la dirigió durante cinco años. Y él, que venía de cierta militancia en la izquierda encuentra algunos primeros cauces en ello: “Comprendí algunas cosas: que una carrera no se construye de una manera aislada, sino que siempre es una serie de contextos lo que permite que la cosa se desarrolle. 

Por eso, todos los crecimientos los entendí como colectivos, nunca individuales. Hay un logro individual, obvio, pero es posible gracias a la evolución colectiva: si la orquesta no mejora, yo no voy a aprender a arreglar mejor, sino hay más músicos ni más colegas que estén haciendo tango, el movimiento tanguero no va a ser tan bueno”. Y allí es que aparece, cuando no, el nombre de Pugliese: “Eso a uno lo pone nervioso: pensar que Pugliese tenía una cooperativa porque era bueno. ¡Era bueno! Pero tenía una cooperativa porque además de ser éticamente una cosa plausible y respetable, era más eficiente, la orquesta sonaba mejor porque había doce tipos pensando cómo hacer una construcción musical más interesante, más rendidora”.

Pasados algunos años se anima a dar algunas puntas: “La Fierro en aquella época tenía una sonoridad totalmente diferente a la de ahora: era algo muy cercano al Pugliese de los 60, 70. Era medio obligatorio sonar así: fue una de las pocas orquestas que llegó hasta esa época y con la influencia de músicos jóvenes. Esa búsqueda fue natural. Yo soy del conurbano y en la de Pugliese hay un tufo a esa cosa de barrio que tal vez en otras más refinadas no. Me calienta más Camerano que Franchini. Es una sonoridad de otro tipo: una que chilla más. ¡Y me gusta lo que chillaba y mordía! Pero lo nuevo para esa época era que hubiera por primera vez una típica de músicos jóvenes que lo estaban armando de manera autogestiva”.

¿Por qué el alejamiento de la Fierro?

–Tuvo un orden exclusivamente artístico. En ese momento ni siquiera tenía que ver con el sonido: yo quería hacer y tocar canciones nuevas y la Fierro en esa época todavía no. Mi necesidad fue acorde a lo que vino después.

Ese momento en que se dejó de ver y pensar al tango como puro gesto nostálgico. Demasiadas cosas –hermosas y miserables– pasaron en la Argentina durante los últimos 40 años como para no hurgar allí y animarse a la creación, a una poética y una metáfora –literaria y musical– propia. Una música del lugar que se las vio de bruces con su propio tiempo. Por si vale la metáfora: cuando el big bang del tango actual explotó, uno de los que estaba allí y se desperdigó hasta hoy es Peralta.

ALREDEDOR DEL AGUA NEGRA

“Juliancito, hay que hacer lo que no está hecho”.

Entonces, cuenta, eso implicaba crear una Orquesta que hiciera todas composiciones instrumentales propias, nuevas. “Durante diez años tuvimos que aprender a tocar tango. Del 95 al 2005, todos aprendimos. A partir de ahí, mi sensación fue como la de abrir una tranquera. Me la acuerdo así, hasta física: bueno, ya está, hay que hacer lo que pinte. Eso sentí dejando la Fierro. Quiero competir con Troilo. ¡Claro que me va a ganar, pero juguemos con él! Con honestidad e intentando aportar lo que ellos hicieron: tangos y canciones nuevas que representaran su época. Desde ahí fue natural y colectiva esa necesidad”.

Y así pensó y creó Astillero –con Mariano González Calo en bandoneón, único integrante que se mantiene– que al día de hoy se completa con Alicia Alonso Baeza en violín, Jacqueline Oroc en violonchelo, Diego Maniowicz al bandoneón y Federico Maiocchi en contrabajo. Editaron Tango de ruptura (2006), Sin descanso en Bratislava (2009) y Soundtrack Buenos Aires (2013, junto a una Orquesta de cuerdas). “Un grupo de tango que represente este momento. Y eso significaba una determinada carga sonora. No es el mismo tango que en los 30 o los 40. La conciencia de la muerte no cambió de Villoldo para acá pero hay otra acidez hoy en día. ¡Qué se yo, tenemos a Trump y a Macri! Eso te obliga a que la música no suene tan liviana. ¡No podés hacerte el boludo! Y si te hacés el boludo es porque no leés los diarios o tenés un muy buen psicólogo. La metáfora está buscada decentemente. Tiene la seriedad y el amor de un oficio, de un laburante”.

Por estos días acaban de editar nuevo disco: el exquisito y poderoso Quilombo. “Se nos ocurrió la posibilidad de conectar con la murga, básicamente por algunos vínculos con Ariel Prat, Juan Carlos Cáceres, el Pitu Frontera. Gente que viene laburando alrededor de la murga. Es como encontrar algo desde otro lugar: es una cosa muy poderosa. Hay que poner el oído de músico y quitarse el prejuicio y entender que esa música es súper valiosa. Y encontrás conexiones fortísimas con el tango. Un valor muy rico, una potencialidad maravillosa y, para colmo, una cuestión rítmica, que en lo que tiene que ver con Astillero es algo que nos resuena porque conectamos con esa potencia”. Y sigue: “No podemos escapar del tango. Es un disco de tango influenciado por la murga. Es lo que somos: músicos de tango que le abrimos el juego a ese género. Todo el disco está pensado así”

La personalidad y lo propio de cada instrumento está muy presente. La percusión muchas veces dictada por el piano mismo o bien, por los cuerpos del contrabajo y el bandoneón. Lo característico de la murga –el bombo y el platillo– a través de las cuerdas, que muchas veces hacen chicharra. Hay estridencias, hay graves –¿se ruborizarán los varones guardianes del tango si leen que aquí hay groove? En canciones como “Docke”, “Cadorna” y “Alsina” –ésta, un poco más aletargada en su cadencia– eso se escucha muy claro. Pero bastan apenas los primeros segundos de “Pompeya”, la que abre el disco. A partir de allí queda definido el universo estético y musical de Quilombo: rítmico, percutivo, bien arriba. Por momentos visceral. Pura potencia. Julián cuenta que en plena escritura y composición de esa canción se descubrió preguntando alrededor de un ritmo en el violín que semeja a cumbia: “¿Voy a escribir eso? ¿No será poca cosa? Es tremendo. Y cuando lo escribí fue un acto de liberación. Es una pavada pero uno tiene ese prejuicio. No hay ritmos buenos o malos, hay ritmos. Una vez liberados nos encontramos con otra parte de nosotros”.

El disco lleva por tapa una gran foto de Marcos López, “Esquina azul”. Allí se ve: un local abandonado de la Cooperativa Hogar Obrero, carteles peronistas y de cumbia cubriéndolo casi todo, un cablerío imposible, un cartel de “Mudanzas al Paraguay”, el puesto de diarios “Rubio” cerrado. Cada una de las once canciones lleva por título el nombre de algunos de los barrios que rodean el Riachuelo. “No son los barrios triunfantes, claramente”.

MOVER EL AIRE

Astillero, de alguna manera, es para Julián Peralta su lugar primero en estos días. Es desde allí que piensa gran parte de su obra. El resto, como gran hacedor que es, van por caminos paralelos: la típica que lleva su nombre (cuatro años atrás protagonizó el documental Un disparo en la noche, de Alejandro Diez, fácilmente ubicable en la web) y con la que lleva editados dos volúmenes; ambos con la misma idea: todas composiciones de tango/canción nuevas, contemporáneas donde varían las voces: Omar Mollo, Alejandro Guyot, Dolores Solá, Juan Serén, Victoria di Raimondo, Juan Subirá, entre otros: “Hace quince años hubiera sido inviable un disco así. No por egoísmo sino más bien por una cosa de tribu medio adolescente. Y con el tiempo entendés que es como una familia. Los colegas justamente, lo último que son es el enemigo. De pibe aprendí y entendí que el crecimiento es colectivo”: Y sigue: “La Típica es más institucional. Dos relaciones diferentes, por la construcción y la organización. Se arma cual guerra de guerrillas: para una fecha, se ensaya y se toca. Astillero ensaya todas las semanas, hay un laburo mucho más reflexivo. Son encantos distintos, complementarios”.

Además, junto a varios colegas, gestiona la Escuela Orlando Goñi –“hay ensambles, clases de instrumentos, dos orquestas y se trata de entender cómo sostener y generar proyectos. Y echarlos, para que sigan solos”– y lleva adelante una colección de partituras de todos tangos actuales, a la vieja usanza: una pauta general, la solista de cada instrumento, hasta un lápiz para anotaciones. Y todo eso quizás pueda resumirse en lo que él, lacónicamente, intenta definir: una manera de dejar descendencia.

Pareciera que no podés parar de pensar alrededor del tango: como generación, como lugar, como espacio político

–Es lo que me da calentura. Los grandes nombres del tango, músicos, compositores, letristas, son esos que aportaron a la construcción cultural. Digo tango y digo Cuchi Leguizamón, Spinetta, García. No hago una música para Dios. Hago música para la gente, quiero tocar y que alguno baile, silbe, mueva al piecito, se vaya con la metáfora en la cabeza. ¿Qué es ser músico? Es mover el aire.