Chico Buarque
El otoño de Chico
A los 73 años, Chico Buarque acaba de editar un disco nuevo, Caravanas. Arquitecto de canciones, gran cronista de Río de Janeiro, Buarque no se reinventa porque no hay nada que inventar: solamente se ubica en su lugar de clásico con canciones que hablan de amor, de violencia y de hacerse viejo con toda la dignidad posible, mientras cita a Camus, Henri Salvador, Puskas, Silvio Rodriguez y Shakespeare y se divierte tocando con músicos jóvenes y hasta con su nieta de 17 años.
Imagen: Leo Aversa

Fiel a su no tan vieja rutina de alternar discos y novelas, y luego de la edición del elogiado El hermano alemán (2015) –una ficción basada en una experiencia familiar, casi un ejercicio catártico ante el tremendo influjo de su padre–, Chico Buarque tiene álbum nuevo, recién salido en Brasil. Se titula Caravanas, es el primero en seis años y va a ser editado en la Argentina en octubre. 

Como si siguiera un riguroso guión crepuscular, a los 73 años Buarque no se corre de una concisión musical incorruptible. Se trata de un margen estrecho de piano, guitarra, cuerdas, vientos, por el que desliza sambas sincopadas, canciones con aire de boleros, algún vals o blues. Esa concisión tiene su correspondencia con la letrística, igualmente económica, pero en otro sentido: si en lo musical parece regido por pautas estrictas, en la lírica se permite mínimos juegos lingüísticos que no dejan de atravesar las tensiones sociales de su amado Río de Janeiro. Puede citar a Shakespeare y a Albert Camus, dejar hilachas para que sean descubiertas por quien las merezca –como escuetas apelaciones a su propia obra, o a su nieto, o a Silvio Rodríguez–, pero nunca es invadido por la vanidad. El perfil sobrio de su arte es, al fin, el de uno de los mayores creadores de la música popular del siglo XX. En el manejo de los elementos de la canción, en el sólido equilibrio temático –el paso del tiempo, el amor, las apariencias, la violencia callejera– habita una insondable sabiduría artística. Nadie le cantó de un modo tan perfecto a la habitación de un hijo que ha muerto, al destino o al rumor del fin de una dictadura.

Cuando el año pasado Bob Dylan ganó el Premio Nobel de la Literatura, muchos señalaron –en el fragor de debates bastante absurdos– la figura y obra de Chico Buarque. La convicción de que el brasileño es al menos tan merecedor del Nobel como Dylan tiene un sustento ideológico –Buarque no deja de ser un intelectual de un país periférico– y también razones objetivas: la obra narrativa que viene desarrollando desde su novela Estancia modelo (1974) resulta incontrastable, con algunos hitos como esa pieza de orfebrería llamada Budapest (2003).

Pero a propósito de Caravanas, resulta interesante correr la comparación literaria con Dylan hacia la música popular. El ítem se podría titular: Cómo entender el arte de la canción en su más profunda esencia, o Cómo envejecer sin decadencia, o frases así, relacionadas con el otoño, la dignidad, el clasicismo. El trabajo de condensación que han hecho en las últimas décadas con sus respectivas discografías dibuja una analogía que no parece forzada. Dylan y Buarque no envejecen porque, de alguna manera, siempre han sido un poco viejos. El estadounidense trabaja con unos pocos y nobles materiales rítmicos y tímbricos. Buarque también. Desde As cidades (1998) encontró un colchón de sonido cómodo y adaptable, un marco exacto para sus canciones de estructuras implosivas, para sus rimas –como dice Caetano Veloso– “invisibles”. El carioca debe ser el artista brasileño de su generación, una generación dorada, menos marcado por el rock. Su modelo son las formas circulares y cansinas del samba canción. Para entender la música de Buarque primero hay que escuchar a Noel Rosa y a Cartola, y recién después a Tom Jobim. Y para entender su poética extraordinaria tal vez haya que ir a la Francia de los 60, la de los grandes aristócratas de la chanson: sobre todo Brel y Brassens.

Caravanas es, en ese sentido, un disco sonoramente clásico. No rompe con nada porque no lo pretende. Es ciento por ciento Buarque siglo XXI; ese siglo que, como él mismo declaró, sería el del fin de la canción tal cual la conocemos. Hace algunos años opinó que la canción popular era un fenómeno del siglo XX, que después de los hermanos Gershwin, de Lennon-McCartney, de Jobim y tantos más, solo queda el cover o las músicas sin armonías como el rap. Sonó a canto de cisne, a cansancio o a provocación. Pasaron diecisiete años del nuevo siglo y su propia realidad muestra que, al menos, se está contradiciendo. La canción sigue viva. Si bien hablamos de la estética del Buarque tardío, en Caravanas sobresalen letras plenas de detalles y sutilezas, que tienen el ojo en cierta actualidad pero que pueden leerse livianas en su abanico de planos superpuestos. Buarque siempre parece estar hablando de otra cosa: hubo que escuchar muchas veces “Construcción” en su momento para percatar que está hablando de un obrero hecho pedazos sobre el pavimento y que esa historia, finalmente, es un perfecto tratado poético de denuncia de las condiciones laborales de un albañil.

Caravanas arranca con una belleza titulada “Tua cantiga”. La canción es de amor –posesivo hasta hasta la insania– con música de su pianista Cristovao Bastos. Sobre una secuencia armónica repetitiva, hipnótica, narra la encrucijada de un hombre tomado por una relación arrasadora: “Cuando tu capricho lo exija/ largo mujer e hijos/ y voy de rodillas a seguirte”, canta Buarque y cita luego los versos finales del Soneto 116 de Shakespeare: “Yo nunca nada escribí, ni nadie nunca amó”. Lo que se llama –otra vez, la frase es de Caetano– “la llave de oro de una letra”.

Si “Tua cantiga” habla de un amor desolado, “Blues para Bia” refiere al imposible. A caballo de uno de sus ritmos dilectos –que frecuenta desde “O último blues” de Opera do Malandro–, se repatinga en un juego de roles de género y de preferencias sexuales que definen versos como “En el corazón de Bia/ los chicos no tienen lugar/ Sin embargo, nada me amedrenta/ Hasta puedo volverme chica para que ella me enamore”. La idea de que es ella la que siempre lo va a enamorar evoca la destreza extraordinaria de Chico Buarque para escribir desde el punto de vista femenino. La trilogía “romántica” la cierra “A moça do sonho”, un atajo onírico de guitarra y chelo, y uno de los dos temas del disco no inédito: ya lo había cantado con su coautor, Edu Lobo.

“Jogo de bola” podría haber sido compuesto con Raúl Castro o Jaime Roos. Se hunde en la mitología futbolera tan frecuentada por la música uruguaya. Por medio de un samba dulzón –remedo inconsciente, seguramente, de “un buen disco de Noel”–, expone una metáfora del paso del tiempo, un canto al “futbol, la filosofía y el jogo bonito” y, al pasar, una nueva declaración de admiración hacia Puskas, el delantero húngaro que supo honrar en Budapest. 

En “Massarandupió” y “Dueto” es el abuelo piola. Respectivamente se acompaña de Chico Brown y Clara, hijos de Helena Buarque y el bahiano Carlinhos Brown, quien acaba de volver a editar un CD con Tribalistas. Massarandupió es el nombre de la playa nordestina en la que veraneaban los dos Chico, Buarque y Brown, y el tema, un valsesito nostálgico. “Dueto” es una vieja canción que interpretó con Nara Leao, adaptada en esta versión junto a su nieta menor, de 17 años. La adaptación contempla, sobre el final, un irónico rasgo de época, en el que Chico y Clara replican las formas de comunicación que tiene una pareja: Tinder, WhatsApp, Skype... Se adivina la sonrisa de abuelo cuando dice “telegrama”, en fade out.

Como João Gilberto, Buarque también es un admirador de Henri Salvador. El crooner antillano ha sido un puente para que el bolero entrara en el Brasil con una potencia similar a la que invadió la América hispana en los años 40 y 50. “Casualmente” es un bolero de una ortodoxia exagerada –casi de ritmo programado de un órgano Yamaha de los 70–,  compuesto y cantado junto con Jorge Helder, bajista de su banda. Fue en su momento un pedido para un disco trunco de Omara Portuondo. Escrito casi todo en castellano, habla de los recuerdos que provoca una Habana lejana: “No volverá nunca más/ la canción sentimental que, casualmente, en La Habana/ escuché cantar a una mujer/ como ya no veré otra vez nada igual”. Uno de los versos es un guiño hacia Silvio Rodríguez. En 1978 Chico grabó “Pequeña serenata diurna”, del cubano, una suerte de samba que dice “amo a una mujer clara/ que amo y me ama/ sin pedir nada o casi nada,/ que no es lo mismo/ pero es igual”. En “Casualmente” Buarque escribe: “Hasta el mar de La Habana es lo mismo/ pero no es igual”.

“Soy apenas un mulato que toca boleros”, canta, elegante, en el tema siguiente, un samba canción triste titulado “Desaforos”. Pero la gran canción es la que cierra y titula el disco: “Caravanas”. Con una casi imperceptible cita al Caravan de Duke Ellington, entrevera el temor de las playas del sur de Rio de los avances de las pobres, esa caravana imparable que es castigada por el aparato represivo, con el drama de los musulmanes ambulando –también en caravana– por Europa. Habla de la belleza del mar de Rio como “un mar turquesa alla Estambul” y del Jardin de Alá, de las facas y dagas ocultas en los sungas de los morenos jóvenes, “esos suburbanos tipo musulmanes”. Referencia a El extranjero de Camus cuando escribe que la culpa de todo debe ser del sol, “que pega en la mollera”. En El extranjero el protagonista asesina a un árabe y cuando en el juicio el fiscal le pregunta la causa del crimen, responde que la “culpa fue del sol”. El tono de la canción es épico y asimismo alucinado, y el crescendo de las cuerdas y los vientos hacen pensar en los pasajes finales de “Construcción”. 

Grabado en los estudios de Biscoito Fino, Río de Janeiro, el corte “Tua Cantiga” –lanzado a fin de julio– ya fue visto más de un millón de veces en YouTube. Los arreglos y la producción son de Luiz Claudio Ramos y la tapa es una foto de Chico a contraluz, con el mar y el cielo inmenso de fondo. En Brasil el disco provocó un debate: algunos pocos consideraron Caravanas como el gesto repetido de un artista anacrónico; la mayoría opinó que es la constatación del genio del gran arquitecto de canciones del Brasil. Como sea, a su manera Chico Buarque patea el tablero y, como dijo el ensayista y músico José Miguel Wisnik en una ponencia en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro –disponible en YouTube–, el disco abre demasiados planos: solo es posible analizarlo “sílaba por sílaba, sonido por sonido”. 

Ajeno al run run, Chico Buarque no abrió la boca para promocionar el disco. No dio entrevistas. En los videos promocionales se lo ve abriendo y cerrando puertas, siempre caminando, yendo de un lugar a otro. 

Y ya está escribiendo una nueva novela.