Historia de vida / Mario Melo
Ex campeón que denuncia su propio tongo
Fue monarca argentino y sudamericano de los semipesados y los pesados en la década del ochenta, pero relata su noche más infame, cuando un allegado a la Fabio La Mole Moli le pagó para que perdiera. ¿Qué hizo? El final de la historia es impensado.

Tiene cara de buen tipo, Mario Melo (21-9-0; 17KO’s). Y no se equivoca ese rostro, cansado, pero feliz. Vive al día en una casita prestada en Ostende y cobra una pensión para ex boxeadores. Tampoco goza de la mejor salud, porque carga con la diabetes, pero así y todo le está yendo bien en la vida. Cada vez que camina por las calles arenosas de su barrio, encuentra manos y manos arriba. Son hombres y mujeres que le dan su aprobación, porque mal o bien, Melo es auténtico. Y la frontalidad es un bien que cotiza en alza por estos lares, donde muchos se tapan la boca porque “el pueblo es chico”. A la entrevista, que se pauta en su nuevo gimnasio de Pinamar, llega en un remís de un baqueano que conoce. Lo trae un morocho. “Hay que pagarle al chofer”, piensa Melo, que todos los días vive “un fin de mes” distinto. Astuto, arma una coartada: invita al remisero a la sesión de fotos. Y de paso, lo deja escuchar la charla. Posiblemente no zafe de pagar el viaje. Pero sí de abonar la espera. Y eso, ya es casi como un triunfo para él.

Melo fue boxeador, campeón argentino y sudamericano entre los semipesados y pesados en los ochenta y noventa. Su techo coincidió con una etapa de transición del boxeo, que antes del Luna Park, estaba naufragando, según detalla el historiador rosarino Enrique Sánchez. Tenía dos armas de destrucción masiva en sus puños. Dos mazas, mejor dicho. Le decían Mario “Mazazo” Melo. Cada vez que metía una mano, llegaba el final del cuento. El boxeo estilista no le salía. Lo suyo era talar grandotes como si fueran árboles. Arrancar de raíz a los que se querían florear boxeando a un noqueador como él. “Me dejaba pegar dos o tres piñas, porque yo metía una mano y se acababa la pelea”, dice Melo, que tiene una historia para contar. La charla gira por todos los temas. Pero entra en ebullición cuando habla de un tema tabú, prohibido en el ambiente: el tongo en el boxeo.

“En el boxeo hay tongo y todos lo saben. Cuando yo peleé con la ‘Mole’ Moli me dieron una bolsa aparte para que perdiera. Me pagaron para que me tirara en el quinto round. Y yo no me quise tirar. Pero acá en la Argentina son contados con los dedos de una mano (los tongos)”, comenta Melo, muy suelto de cuerpo. Se refiere a la pelea del 21 de noviembre del 97, en el Chateu Carreras de Córdoba (hoy, Mario Alberto Kempes). En ese entonces, Melo, de 35 años, defendía el título sudamericano pesado, que había ganado ante Ricardo Ibarra. Llegaba gastado y lesionado. Moli, de 28, era una figurita en ascenso, con un récord de 10 triunfos y una caída.

Dicho esto, Melo pide la palabra y cuenta en detalle esta historia: “No fue Moli el que me dio la plata, sino su apoderado que era Sodero, un abogado que había descubierto a la ‘Mole’. Este tipo vino a la Federación y me vio que tenía dos costillas fisuradas. Yo le dije: ‘No puedo pelear’. Pero él me insistió: ‘Dale, Melo, tenés que pelear. Te doy una plata extra. Hacés cuatro rounds y te tirás en el quinto’. Y bueno, fue así que arreglé porque yo ya no quería pelear más. Pero después, como vi la pelea fácil, y que Moli era un paquete, pensé: “No, yo no me tiro ni en pedo”. Entonces, los cordobeses se pusieron como locos. Tanto que en el quinto round me apretaron. ‘Loco, tirate porque de acá no salís’, dijeron dos o tres tipos, que me apretaron justo en el rincón del ring. ‘Que venga y me pegue si quieren que me caiga’, le respondí desde arriba, ja. Igual, terminó la pelea y no pasó nada...

El combate, de todos modos, quedó en medio de una neblina, porque Melo fue derribado en el décimo round, pero se levantó con coraje. Finalmente, perdió por puntos en fallo unánime. Las coberturas periodísticas de la época critican la “pasividad” en Melo durante un combate tan importante.

El Diario Clarín, en su crónica del día posterior al combate, precisa que el pleito peligró hasta último momento. “Estuvo a punto de suspenderse porque Melo reclamaba la plata de su bolsa oficial (13 mil pesos) antes de subirse al ring. Moli estuvo 30 minutos en el ring esperando a su rival, que se puso a contar el dinero a la 1 de la madrugada. Además, hubo varios embargos contra el promotor Bladimiro Sodero (NdeR: falleció en el 2004). La pelea comenzó en el increíble horario de las 2.10. Es decir, una hora y 40 minutos más tarde de lo anunciado”.

Melo tiene su versión más ampliada de esta pelea que hoy es una historia: “Yo estaba en el vestuario con Marcelo di Croce. Y tardé una hora para subir al ring porque cuando me dieron la plata, todos fajos de mil pesos, me di cuenta de que faltaban billetes. Por ejemplo, cada mil pesos, faltaban 250 pesos. Y encima era difícil contar porque había billetes mezclados de cinco pesos, de diez. ¡A todo esto, la Mole estaba arriba del ring esperándome!. Al final, cobré 30, 35 mil pesos de ésa época.

-Pero Mario, con esto que contás, se te va armar revuelo...

-Todo el mundo del boxeo lo sabe o se da cuenta de que estas cosas pasan. Los cordobeses que conozco me decían: “Cómo te dejaste ganar”. Pero yo agarré la plata y no me tiré, ja. Volviendo al tema, sí que hay tongo en el boxeo. El gran tongo del siglo XXI fue Mayweather-McGregor.

-Fuera de éste episodio que denunciás, ¿te robaron las bolsas?

-No, es que yo gané mucha plata en el boxeo. Como me fui a los 9 años de mi casa- a esa edad ya aprendí a cocinar- yo no tenía el cariño ni de mi papá, ni de mi mamá. Es más, sentía como un padre a mi mánager Héctor Rodríguez. De hecho, nunca me animé a preguntarle: “Profe, ¿cuánta plata gano?”. Y eso fue un error. Yo no valoré el bolsillo. Cuando peleé en el 89 con (Sergio Daniel) Merani, en el Casino de Mar del Plata, gané el título argentino en el cuarto round. Sin embargo, la bolsa no me alcanzó ni para pagar el pasaje para volver a Buenos Aires. Y encima, mi mánager me acusó de haber afanado la toalla del hotel. Quedé como un chorro.

-Te diste un gusto: peleaste por el título del mundo, pero cobraste en el primer asalto...

-Eso fue en los Estados Unidos. Peleé por el título del mundo con el negro Michael Moorer. Uno se prepara para eso. Para llegar a la cima. Aunque me fue mal: bajé 19 kilos en dos meses y no tenía fuerzas. Lo encaré con todo. Le pegaba y me rebotaba la mano. Me asusté. Y lo poco que duró la pelea, sentí miedo. Existe el miedo en el boxeo. Pregúntenle a Mario Melo sino, ja, ja.

- ¿Y qué balance hacés hoy?

-Hoy, a los 55 años, puedo decir que no valoré el poder que tenía. Yo tenía un poder en los dos puños. Y un poder mental que no lo tenía nadie. Cuando estaba frente a mi rival, sentía que lo pasaba por arriba. Toda mi vida anduve solo. Nunca tuve un padrino para caminar, ni para nada. Tan fuerte era que podía pelear con dos o tres tipos en una misma noche..

-¿Qué significa “no valorar”?

-Por ejemplo, peléas, ganás, ganás, y no cuidás el bolsillo, no cuidás el poder. Y no te das cuenta de que todo se termina. Que el tiempo pasa para todos. Cuando me quise acordar, ya no peleaba más. Cuando decidí volver a Pinamar, empecé a recuperar cosas que había perdido: valores de la vida. No fue fácil. Vivir 30 años en una villa no es fácil. Vivía en la Villa La Jabonera, la 11 de marzo.

¿Y cómo decidiste irte de ahí?

- (Baja el tono de voz) Quería dejar de drogarme. Cuando conocí la droga, conocí el diablo. Yo estuve cara a cara con el diablo, lo juro. Una cosa es contarlo. Y otra cosa es vivirlo. Vivía un infierno porque conseguía mucho. Y eso te va atrapando, te va atrapando. Cuando te querés acordar, estás envuelto en llamas. Y una noche me apareció el diablo. Capaz que hay gente que no me va a creer. Pero se me explotaron las luces. De mi casa. Y tuve que rápido salir afuera. Veía cosas feas...

¿No habrán sido alucinaciones?

-No lo creo. Fue algo espantoso lo que me pasó. Por ejemplo, antes de salir, la cama estaba en el aire, flotaba. Y parecía que la ventana de mi cuarto estaba abierta. Pero no, cuando me acercaba, estaba todo cerrado. Y yo me estaba prendiendo fuego por todas partes con el diablo adentro mío. Después de eso, fui y me interné. Estuve más de un año internado en una quinta en José C. Paz, en el “Programa Vencer”. Estuve siete años sin pelear. Y gané el título Sudamericano, en peso pesado.

-La droga te perjudicó..

-”Si no me hubiese drogado, qué jugador hubiese sido”, dijo Maradona. Y es verdad, yo las condiciones las tenía eran envidiables, pero la cocaína me arruinó la mejor etapa de mí carrera. Por suerte, pude escapar cuando volví a la Costa. Ahora doy mis clases de boxeo en un bar, que me prestan y que lo hago funcionar como un gimnasio.

Melo tiene más anécdotas que un viaje de egresados. Ya se retiró, pero sigue peleando. La diabetes lo tiene a maltraer. Y no fue por el boxeo que se le despertó esta enfermedad. “Una semana después de la tragedia de Cromañón, andaba con los pibes en el barrio re bien vestido: sandalias, pantalón de vestir, camisa. Pero no pude con mi genio: vi que le estaban pegando a un chico y salté a defenderlo. Recibí dos tiros. Y un cuchillazo por la espalda. Casi muero. En el Hospital, me abrieron al medio, como si fuera una cesárea. Me sacaron la sangre coagulada de los golpes y las patadas que había recibido. Ahí fue que se me despertó la diabetes”.

La charla va llegando a su final. Melo dice que sueña con sacar más boxeadores profesionales. Quiere, también, servir de espejo de lo que está bien. Y de lo que está mal. “Me arrepiento de no haberme valorado. Fui un tonto. Pero ya está, gracias a Dios estoy vivo”, dice y se despide. Se va en remís, Melo. Tal vez alguien abrió la billetera para pagar el viaje.