Fue amor
Murió Jorgelina De Simone, una de las dos fundadoras, junto con Lisa Kerner, de la mítica Casa Brandon, punto de encuentro clave y de ebullición constante para la comunidad lgbttiq.
Sebastián FreireSebastián FreireSebastián FreireSebastián FreireSebastián Freire
Sebastián Freire 

El graffiti de la foto dice “Revolución” pero una escritura invertida de la segunda a la quinta letra hace que se pueda leer también la palabra “Love” como incrustada en el medio. Esa foto es uno de los últimos posteos del muro de Facebook de Jorgelina de Simone. Encontrar el amor en medio de la revolución, o rodear de revolución al amor encontrado, o las dos cosas, porque ambas pueden convivir. Para Jor, el amor no solo era el comienzo, el que habría caminos, sino la condición de existencia misma: se podía vivir del amor revolucionario. Por eso el logo de Casa Brandon, lugar que fundó con su novia Lisa, era un corazón con techo: el amor como refugio, como territorio donde guarecerse. Y desde cuando Jor se enamoró de Lisa Kerner y juntas fueron a ver Los muchachos no lloran y vieron que esa historia de amor, de una piba enamorada del joven trans Brandon Teena (aunque casi nadie por acá hablaba mucho de masculinidades trans en aquel tiempo), sabían que en el nombre propio que elige el protagonista había un rumbo a seguir, un otro lado del espejo, un universo de Oz donde había un relato que debía visibilizarse en un sentido doble: poder crear un espacio para exhibir ese amor que se rebelaba a todo lo represivo y también mostrar desde el arte una forma de resistencia a la violencia machista/heterosexista. Jor estudiaba Comunicación y sabía, en complicidad con la gran imaginación visual de su compañera Lisa, que la visibilidad era una forma de desregular las representaciones y las represiones. Brandon Gay Day se llamó el proyecto transformador surgido en 2000 que quería apropiarse de esa palabra, Gay, que eligieron para llevar a otro lugar. Porque Brandon nació en el cambio de milenio como respuesta también a una cultura gay que no tenía ni la valentía de nombrarse pero que construía una imagen rígida centrada en la mirada masculina: los boliches o lugares de reuniones no ponían en circulación la diversidad sexual en el espacio público, no la pronunciaban porque prometían que solo iba a ser visible si se pagaba la entrada para pertenecer a un espacio regulado por el mercado. Brandon fue desde el principio la fiesta de la divergencia sin espacios vip, sin privilegios, pero siempre con desvío amoroso por otros caminos para transitar la diversidad sexual, una sensualidad que ellas todavía no podían llamar queer, porque la palabra en Argentina todavía no tenía el cuerpo necesario para que las seduzca, pero que después adoptaron para decir su revolución cada vez que pudieron. Fueron queer sobre todo porque querían contaminar la imagen de la diversidad, no querían limpiarla, sino hacerla virósica, que se mueva hasta que sea esquirlas de una belleza que impacte sobre todos los cuerpos. Desde las primeras fiestas se mezclaban con distintas expresiones del arte como forma de contaminación. “El arte es la posibilidad de ruptura, de diálogo y transformación. Para mí es el único camino hacia la libertad”, dijo Jorgelina en una entrevista y Brandon fue un movimiento artivista del siglo XXI, me arriesgaría decir que fue y es un giro fundamental, el que fundó esa sensibilidad de mezclar activismo y arte de forma plural, fluida y seductora, apostando a políticas de la sensibilidad y el cuidado comunitario, siempre desde lugares de divergencia y contra la asimilación al mercado, estando alertas al diálogo con otras formas de ser y estar aunque incluso a ellas les parecían todavía ilegibles. Tras los primeros años en asociación con Violeta Uman, de organización itinerante de fiestas, recitales de lecturas, plástica y cine, en lugares que estaban fuera de un circuito reglamentado y disciplinario del consumo gay, Jor y Lisa decidieron fundar juntas Casa Brandon, que llevaría esa propuesta itinerante a un lugar fijo con el desafío de tratar de desmarcarse de los cánones y consumidores que cristalizaban en los lugares de encuentro lgtb. A la altura de inaugurar esa Casita, Jor y Lisa ya no eran novias, pero fundaron un hogar comunitario porque sí seguían enamoradas, sabiendo que se podía seguir construyendo familia por fuera tanto de los vínculos de sangre como del amor de pareja: ellas querían seguir liberando al amor a través de políticas de los afectos y los sentimientos que se derramaran en una forma comunitaria de convergencia, de circulación, de intercambio a través del artivismo y sus desvíos.

La creación de Casa Brandon es siempre revolución en curso, allí se desarrollan y multiplican artivistas de todos los géneros, talles, colores, timbres y texturas. No hubo solamente una complicidad de Jor y Lisa, sino también exploración, poder creador, estímulo, empujón, apuesta, riesgo de vernos hacer comunidad pese a todo, pese a la precariedad o la inseguridad de no saber si tanto brillo que genera la Casita, tanta intensidad, pueda ser mucho para quienes tenemos voces sigilosas. Pero Jor y Lisa reparten fuerzas a todas nuestras fragilidades, dando a las voces que no llegaban a ser audibles, la posibilidad de un discurso amplificado sin estridencia, guardando la intimidad necesaria para entender la respiración ajena: carácter que empieza desde el trato directo, informal, frontal y afable, con Jor y Lisa, gestionando y poniendo el cuerpo ellas mismas al sí, al no y al no sé. Hay una lista larga de artistas y derivadxs que emergieron o tuvieron más impacto cultural gracias a Brandon, imposible nombrar a todxs. Lisa siempre fue la más visible, su rubio electrocutado fosforece tanto que tiene una presencia insoslayable, tanto como sus sutiles multiplicaciones en dibujos o poesía. Jor siempre pareció más lateral, y es posible que haya preferido estar más en el backstage o, muchas veces, confundirse como una espectadora más entre un público siempre ecléctico, fluido. A veces oculta o en la trastienda para dejar brillar a otrxs, pero Jor estaba siempre, ahí, haciendo latir el corazón de Brandon, titiritera que maneja los hilos, incluso en los peores momentos de su lucha contra el cáncer en los últimos años, luciendo una pelada de quimio con orgullo o apoyada en un bastón que igual la hacía más dandy de lo que ya era. Jor tenía esa sangre pop que circula en Brandon, un pop de resistencia al consumo fácil o industrial, un pop guerrero como la Mujer Maravilla, personaje que amaba.

Hace cinco años, cuando Casa Brandon fue reconocida por la Legislatura porteña por su gran aporte cultural y de derechos humanos, Jor y Lisa me comentaron que cuando alguna de ellas se quedaba sola en la Casa, aparecía una fantasma que hacía crujir las paredes, que se paseaba por la galería y los salones vacíos, y que bautizaron Brandolina. Como una sonrisa póstuma, Jorgelina se preparó una fantasía para habitarla ahora, que su cuerpo ya no nos va a dar el calor de hogar, cuando ya no vamos a cruzarnos más con los ojos de ella que brillan arriba de su sonrisa de guirnalda de luces. Ahora, en un devenir fantasma, Jorgelina se está revolcando con Brandolina, y cada vez que vibren las paredes de la Casa Brandon, será por sus orgasmos del más allá.