PáginaI12 En Brasil

Desde Brasilia

Cuando el patrimonio del Estado es utilizado como fianza. El presidente Michel Temer, el primero en la historia brasileña acusado de corrupción durante su mandato, presentó ayer su defensa ante la Cámara de Diputados a la cual le corresponderá decidir si se le abre un proceso penal.

En junio la Procuraduría lo acusó de “corrupción pasiva”, denuncia rechazada en la Cámara baja, que ahora tendrá que analizar una segunda acusación. En ésta última fue imputado como jefe de una “organización delictiva” que recibió unos 175 millones de dólares, pagados por empresas como el frigorífico JBS y la constructora Odebrecht, por la aprobación de leyes o la concesión de créditos de entidades financieras estatales.

Los abogados del mandatario acusaron de “indecente e inmoral” al fiscal procurador que redactó “una de las acusaciones más absurdas de las que se tenga noticia (...) esta segunda es un desdoblamiento de aquel proceso viciado” presentado hace cuatro meses.

La imputación se construyó con “pruebas forzadas” insistió la defensa al presentar el escrito de casi 100 páginas ante la Comisión de Constitución y Justicia de Diputados. El brioso lenguaje del abogado Eduardo Carnelós no alcanza para desmentir algunas de las pruebas, en particular la grabación en la que Temer habló durante casi una hora sobre coimas con el magnate Joesley Batista, dueño del frigorífico JBS. La conversación de los por entonces socios Temer y Batista ocurrió a principios de marzo, y a fines de ese mes un asesor presidencial fue filmado cargando una maleta con dinero aportado por el empresario. El audio y las imágenes son dos evidencias potentes sobre la participación del gobernante en esa “gavilla” de la que eran parte el actual jefe de gabinete, Eliseu Padilla, y el secretario  general de la Presidencia, Wellington Moreira Franco. Estos dos ministros, Padilla y Moreira Franco, también fueron acusados y sus expedientes serán analizados por la Comisión de Constitución y Justicia.

Una vez concluido el ritual de ayer en el que los abogados entregaron sus escritos, comenzará otro, el de la discusión en la Comisión, y una vez finalizado éste se iniciará el último en el Plenario.

Desde el golpe de agosto del año pasado, que aún no tiene una clasificación teórica definitiva (unos lo tipifican como parlamentario otros como  judicial, híbrido, mediático, financiero, tutelado por los militares, etc)  la democracia fue degradadándose hasta convertirse en una simulación: mientras se finge el debate parlamentario en los sótanos del poder se compran diputados por millones de dólares. Así ocurrió en agosto cuando fue rechazada por amplia mayoría la primera acusación.

La impunidad que posiblemente permitirá –si no ocurre un tsunami– la continuidad presidencial se negocia a través de contratos, subsidios, cargos pagados con fondos del Estado a pesar de que está en vigor la reforma constitucional que congeló el gasto público durante veinte años.

Traducción: se redujeron las partidas presupuestarias para hospitales al mismo tiempo que se premió a la bancada del agronegocios con la eximición de impuestos.

Este mercadeo legislativo se completa con otro, estructural, con el poder financiero y las corporaciones multinacionales.

Temer prometió y cumplió aplicar un programa de reformas aceleradas maximizando las ganacias del mercado, el cual respondió dándole su apoyo.

Para prolongar el respaldo del capital extranjero esta semana ordenó a su ministro de Energía que comente la disposición de “privatizar” Petrobras, el mismo día que la petrolera estatal celebraba su 64 aniversario y la Federación Unica de los Petroleros realizaba un acto en Río de Janeiro en el que habló Lula. Una hora después de ese comentario del ministro se dispararon las acciones en la Bolsa de Valores de San Pablo.

La semana pasada se entregaron a precios irrisorios pozos petroleros a empresas como Exxon. Y antes de ello fueron vendidas, a las corridas, empresas de electricidad a compañías chinas e italianas. 

Son miles de millones de dólares enajenados para pagar la fianza del acusado.

Obama

Los escándalos protagonizados por la cúpula gubernamental son parte de un noticiario asfixiante. A través de la saturación de historias sobre la corrupción, contadas en clave espectacular, se procura atrofiar la percepción del público inducido a deplorar a la política como un todo. Se machaca en asemejar a Temer con Lula a través de la simplificada frase “son todos iguales”.

Ese truco ha perdido parte de su eficacia como lo confirmó esta semana una encuesta de Datafolha en la que Lula continuó creciendo después de ser acusado por su exministro y compañero de partido Antonio Palocci en la causa Lava Jato.

A la par que Lula cree y se perfila como favorito en las presidenciales de 2018, Temer era respaldado por el 5 % de los encuestados, convertido en el presidente más impopular de la historia en el plano interno. Ese desprestigio se traslada al plano internacional, como lo afirmó el ex embajador en Washington, Rubens Ricupero, al decir que “nadie quiere sacarse una foto” junto al mandatario.

A la cabeza de los líderes desinteresados en aparecer junto a Temer probablemente figure Barack Obama. A principios de septiembre del año pasado, el entonces presidente norteamericano evitó saludar a su colega brasileño durante la Cumbre del Grupo de los 20 en China, elusión que repitió a mediados del mismo mes en Nueva York cuando no le estrechó la mano durante la Asamblea de la ONU.

Hoy Obama ofrece una conferencia en San Pablo donde se reunirá con jóvenes y empresarios, en una visita financiada por el banco Santander. En la agenda de los compromisos del líder del Partido Demócrata había, hasta ayer, un ausente notorio: Michel Temer.