Teatro
Identidades a caballo
El amante de los caballos parte del cuento original de la norteamericana Tess Gallager y alcanza una fusión de identidades donde paisana, gaucho, jinete y caballo traspasan la forma humana y el corazón de los espectadores.
Imagen: González Amer

Más que una trama, la de El amante de los caballos, adaptación del cuento bellísimo de la norteamericana Tess Gallager, resulta ser una metáfora de la libertad que atraviesa los presupuestos. En esta puesta bien campestre de Lisandro Penelas, el personaje sutil y encantador compuesto por Ana Scanapieco, comienza vestido de paisana y termina enfundándose en chaleco, botas y cinturón de gaucho para bailar, finalmente, abrazado a una chinita imaginaria o convertirse después en el caballo del que antes fue jinete. Para serlo, a la actriz la favorece la abundante melena rojiza que sumerge como una crin en una palangana con agua, y cierto don corporal para pasar de ser una suave señorita a un animal indómito, instintivo. En la interpretación de este intenso monólogo, el personaje mantiene una relación particular con la palabra en sí misma: nietx de un hombre que le susurraba a los caballos secretos que estos entendían muy bien, de a ratos, en mitad del relato, relincha o mueve los labios sin hablar, pero de un modo completamente natural, como si se produjeran transmigraciones identitarias con el animal o lagunas sonoras para el espectador que ella ni siquiera advierte. Después de compartir la historia de esos ancestros varones con los que, sin duda, se identifica, terminara concluyendo que, habiendo conocido el dolor, el amor, la pérdida, no tiene mas opción que elegir situarse en el centro de su vida para seguir adelante: “A partir de aquella noche me juré entregarme de lleno al primer deseo sucio que se apoderase de mí”, dice el texto de Gallager. Para eso debió desligarse de las cadenas de un discurso materno represivo, de esos mandatos que veían exceso en cualquier deseo manifiesto. Al mismo tiempo que gaucho que baila la zamba junto una chica, este personaje, primero femenino y delicado, se va volviendo el extasiado abuelo cuyo espíritu es también el de esos caballos amados, desbocadísimos de libertad a los que les susurraba secretos al oído. Todo esto sucede, en menos de una hora estremecedora y mágica, en un pequeñísimo establo montado en la sala del escueto teatro Moscú. l 

Viernes 13 a las 21: función especial en el CIC 
(Matienzo 2571). Sábados 14 y 21 a las 20
en el teatro Moscú (Camargo 506)