Opinión
La resistencia
Imagen: Leandro Teysseire

Podría suponerse que apenas interesa nada más que a los porteños, pero es un tanto más representativo que eso.

La doctora Carrió se presentó al debate televisivo de los candidatos capitalinos como quien gasta de antemano, segura de una impunidad declarativa a salvo de lo que fuere. Primero se olvidó de los nombres de sus acompañantes en la lista y, a lo largo de una contienda mayor o exclusivamente dedicada a chicanas preproducidas, incurrió en el mismo vacío ideológico que caracteriza a sus publicidades electorales. Repite, sin cesar, palabras y nombres sin otro contenido que el de un recitado finalmente básico. República, honestidad (siempre en su sentido de honestismo personal), democracia, Alem, radicales, corrupción, Yrigoyen, república, sigamos, ustedes me conocen, cambiemos, De la Torre, república, corrupción, democracia, cambiemos, república, ustedes me conocen. Todo bien, digamos. Comprensible. Sabe que ganará por robo o está convencida de ello y ni la preocupó elevarse sobre esa seguridad, dando cuenta de alguna preparación respetuosa para un debate de esos que, según dice ella misma, nutren al espíritu republicano. Que laburen los demás porque yo ya gané, y conste que me presento a pesar de que el que gana no debate. Algunos voceros del propio macrismo alertaron que a Carrió se la vio distraída, relajada en exceso, completamente presa del personaje que se construyó. Todo bien pero que Santiago Maldonado esté en Chile con “los del RIM”, por RAM, en un 20 por ciento de probabilidades según sus investigaciones que nunca jamás se plasman en datos serios que su dichosa justicia republicana haya verificado, fue como mucho. Fue depravado. Germán Garavano, el ministro de esa Justicia, dijo que debe comprenderse que Carrió “está en campaña”. ¿Perdón? ¿Está en campaña y le conviene bardear con eso? La pregunta es: que Carrió haya incurrido en esa barbaridad repugnante, insultando en primer lugar a la familia del desaparecido, ¿habla de Carrió o de su certeza respecto de alguna mayoría que piensa lo mismo, y no únicamente entre el electorado porteño?

Hace poco (domingo 27 de agosto, suplemento Cash de este diario), el cientista  social Andrés Musacchio, miembro del Conicet y destacado investigador en áreas de economía internacional, historia económica y procesos de integración regional, publicó un artículo sobre la mexicanización de la política argentina. Titulado precisamente “Rumbo a Mexicantina”, comenzaba recordando que, en los tiempos de la lucha contra el gobierno kirchnerista, buena parte del arco opositor recurría a la metáfora de Argenzuela. “Algunas reflexiones superficiales (políticas sociales para vagos, políticas nacionalistas que espantaban al capital extranjero, altas tasas de inflación sin importar qué las generaba) sostenían una comparación que no resistía un análisis serio. Tal vez, el único punto de apoyo para el paralelo entre ambos países era la radicalidad opositora: ambos movimientos se sentían hermanados en una feroz lucha sin principios contra el gobierno”. Con el cambio de signo político en Argentina, y en el Cono Sur, el panorama aquí ha cambiado y “lo que ocurre desde entonces se parece cada vez menos a Venezuela y cada vez a México”. Musacchio advierte que la Argentina de hoy está aún lejos del país azteca y no sólo territorialmente, pero señala también que las actuales autoridades parecen hacer un esfuerzo superlativo por imitar la experiencia mejicana. “La concentración de la propiedad, la riqueza y la actividad productiva genera una población desplazada que reclama por sus derechos. Y allí surge el aparato represivo que recurre a los peores procedimientos del triste pasado argentino, como ‘la portación de cara’, la ‘ideología’ y la rápida justificación de que ‘algo habrán hecho’ (...) Ya se ha producido la primera desaparición forzada de persona (a más de la detención ilegal de Milagro Sala, por la que este sábado se sumó otro blasón al capanga que gobierna Jujuy). El Estado comienza a pisotear el Estado de derecho (...) En el fondo, no parece una mera curiosidad. México y Argentina intentan anclar sus economías y sus estrategias internacionales a los Estados Unidos, montando una versión del neoliberalismo absolutamente subordinada e impulsada por un reducido conjunto de negocios muchas veces turbios, un recorte drástico de derechos, una destrucción abierta del sistema democrático y un Estado represivo. Una política apoyada en una fracción de las elites que parece haber perdido todo contenido nacional y estratégico, y que sólo piensa en términos de negocios inmediatos de cualquier tipo (...) Como en las problemáticas de la deuda; la enajenación de bienes del Estado; la destrucción de los sistemas educativo, de salud o de seguridad social, estamos frente a un proceso cuya reversión sería, cuanto menos, extremadamente difícil”.

Entre 2001 y desde 2003, a la salida de una catástrofe que ligeramente podría personalizarse en la figura de quien ahora es reivindicado por el macrismo con gloria y loor, Domingo Cavallo, surgió la anomalía que nadie esperaba. Y menos que menos era previsible que durara tanto, doce años, si es que no se tienen pretensiones de reparar en que ese momento no llega a ser, siquiera, un imperceptible pestañeo. La historia suele medirse por períodos de décadas y siglos. Pero es cierto que lo que pintaba para no regresar nunca como utopía simbólica de proyecto popular, desde el “setentismo”, había reaparecido en mejores condiciones objetivas. Liderazgo, recuperación, progresos concretos. Después, lo que el kirchnerismo no supo o no pudo administrar fue esa maldita cosa de que, favorecidos los postergados eternos, muchos de éstos asumen la ideología insolidaria de aquellos que los jodieron todos los días y que seguirán haciéndolo. Encima, Kirchner se murió y los vientos internacionales, y regionales en particular, comenzaron a soplar en contra. Un combo apto, adiestrado, para las cortas memorias populares. Cada vez más cortas, vía la excitabilidad digital dentro de la producción de subjetividad en el orden mundial capitalista.

Si algo está claro es que esta no es una etapa de avance para las franjas opuestas al neoliberalismo, en cualesquiera de sus formas. Es una instancia de resistencia. Este escenario puede semejar deprimente o de hecho lo es, visto los logros tan módicos como significativos que se habían alcanzado en los últimos años a raíz de esas conquistas sociales. Un exceso de optimismo llevó a pensar que ya no había retorno para esos frutos, pero la realidad demostró lo contrario. En todo caso y, justamente, porque se había avanzado más allá de lo tolerable en reparar el desastre producido a comienzos de siglo por las mismas políticas que hoy se aplican, la necesidad vengativa de los sectores de derecha se retroalimentó. Lo que parecía mentira mudó a constatación. En orden aleatorio que el gusto de cada quien puede alterar, vuelve a hablarse de flexibilización en las condiciones de trabajo en forma de sector por sector, de lugar por lugar, del zorro cuidando a las gallinas; liquidaron la ley de Medios audiovisuales de un solo saque; perpetran tarifazos en los servicios públicos a la par de anunciar su profundización; la timba financiera está en éxtasis como no se veía desde los ‘90; la policía y los servicios se saben con licencia casi absoluta para detener y humillar; la maquinaria judicial persigue y amedrenta a costa de invenciones bizarras; el muro mediático protege al oficialismo al mejor estilo de los tiempos dictatoriales y acosa a las voces críticas hasta el punto de promover un virtual discurso único; los escándalos de papeles panameños, Odebrecht, blanqueo de capitales para socios e integrantes de la famiglia presidencial quedan subsumidos en una pirueta, por la que los únicos corruptos pertenecen al gobierno anterior; los adolescentes son un sujeto peligroso y, como dijo Eugenio Zaffaroni para que nadie pueda retrucarlo salvo desde argumentos basados estrictamente en el rencor frívolo, hay un 80 por ciento de probabilidades de que Santiago Maldonado esté en París con una mina. Increíble. Es decir: lo que parecía increíble que volviera. De todos modos y como provocó el ex juez de una Corte Suprema que cualquier persona intelectualmente honesta debe extrañar, “este poder de las corporaciones no es el de la vieja oligarquía. Sí hay una analogía con 1955 en cuanto al revanchismo, a despertar odio, a imputar corrupción indiscriminadamente”.

La medida de la resistencia a esta atmósfera no debe darla el bajón de que la historia se repite. Olas hubo siempre, sin necesidad de irse muy lejos. Ola alfonsinista, ola menemista, ola kirchnerista y, ahora, ola amarilla según estiman propios y ajenos. Cada uno a su turno, pareció que el oleaje había llegado para quedarse. Y lo que la historia repitió es que no se detiene. Que lo que avanza puede retroceder y lo que recula puede adelantarse nuevamente. 

La resistencia, entonces, solamente será debilidad si ni siquiera se constata que sin ella todo sería peor.