Googlear la palabra “crisis” arroja en 0.32 segundos cerca de 2.350.000.000 resultados, en una lista ecléctica que contiene desde economía y conflictos internacionales hasta consejos de autoayuda y siete definiciones de la Real Academia Española. Crisis puede ser tantas cosas y ninguna, o puede ser comprendida desde una perspectiva diferente.

“La palabra crisis se escucha mucho en los medios de comunicación y es algo que los expertos utilizan para caracterizar situaciones políticas o económicas, pero yo prefiero utilizarlo de manera más restringida: como una forma bastante especial de experimentar socialmente el tiempo”, comienza a explicar Sergio Visacovsky, investigador principal de CONICET en el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) y autor del artículo “La mirada de la esposa de Lot o lo que la antropología ha ayudado a entender la pandemia de COVID-19”, publicado en la revista Cuadernos de Antropología Social.

Dedicado a estudiar la crisis desde el punto de vista antropológico, en diferentes trabajos Visacovsky se basó en métodos como la observación, recorridos urbanos, entrevistas, cuestionarios y relevamientos en medios de comunicación para indagar acerca de esa “singular experimentación social del tiempo” que asocia con la palabra crisis.

La crisis, esa incertidumbre

¿Cómo experimentamos socialmente el tiempo en situaciones de crisis? Una forma práctica de entenderlo puede partir de detectar alteraciones en nuestras rutinas sociales, que escapan de nuestro control. “Una fuerte dislocación de la vida, que produce efectos en el uso del tiempo de la vida cotidiana y que no podemos controlar. Esa alteración profunda del flujo temporal que lleva a la incertidumbre respecto al futuro es una crisis”, explica el investigador.

Incertidumbre se convierte en la nueva palabra clave que nos vincula con esta forma de comprender la crisis, en la otra cara de la misma moneda. Según Visacovsky, “la crisis supone necesariamente esa discontinuidad radical en la temporalidad, y la incertidumbre es la resultante: frente a la discontinuidad, los conjuntos sociales deben afrontar el desafío de producir un nuevo flujo de temporalidad asumido como normalidad, que confiera previsibilidad a nuestras acciones en la vida cotidiana”, agrega.

Un ejemplo reciente de esa ruptura temporal, y que fue estudiado por Visacovsky a través de entrevistas en profundidad y en encuestas periódicas a una red de personas, ocurrió durante el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO), en plena emergencia sanitaria por el COVID 19. “La incertidumbre que se produce por la crisis abre un tiempo en el cual la resolución resulta desconocida o impensable, debido a la imposibilidad circunstancial de construir una nueva previsibilidad: eso se da en muchas situaciones, ligadas a los desastres, a las catástrofes, a las situaciones de conflicto bélico y obviamente a las epidemias y pandemias”.

La crisis, ese paréntesis

Si el inicio de la crisis está determinado por una alteración de las rutinas, el final debería estar en el restablecimiento de un tiempo estable, que marcaría el final de ese paréntesis de incertidumbre. Mientras tanto, y hasta que ese final llega, echamos mano a cosas que atenúen el desequilibrio -como sucedió en la pandemia con los cumplezoom, el home working, y las reuniones a través de la pantalla- o anticipen el esperado final. También podemos encontrar ese equilibrio comparando el presente con otros escenarios que hayamos vivido o que nos hayan contado, encontrando similitudes que permitan imaginar posibles salidas de las crisis.

Como ejemplo, cuenta Visacovsky que apenas iniciado el ASPO la gente con la que conversaba “especulaba con el tiempo que duraría la pandemia y el confinamiento basándose en la experiencia propia y colectiva respecto de la relación entre frío y enfermedades respiratorias”, tratando de anticipar el final. Sin embargo, la pandemia continuaría aún más allá de ese “sentido común” alimentado de la experiencia de situaciones vividas.

“Cuando fueron transcurriendo los meses y vimos que se iba renovando el confinamiento, se agudizó aún más esa sensación de incertidumbre: no había manera de imaginar un día después”, indica Visacovsky, al mismo tiempo que prevalecía la necesidad de construir previsibilidad a partir de crear una “nueva normalidad”.

“Las personas suelen recurrir a analogías del pasado todo el tiempo: esto ya nos pasó y salimos de esta manera. Lo que tiene de interesante esto es que comienza a crear escenarios para la acción”, agrega.

Una espera múltiple

¿Estamos en crisis, si la concebimos como “un tiempo alterado socialmente”? “Estamos en una suerte de espera múltiple”, reflexiona Visacovsky, en relación a resoluciones que deben darse en distintos niveles.

“Para los economistas la crisis es algo inherente a las fases de los sistemas económicos. Pero desde el punto de vista de nuestras experiencias sociales de la temporalidad, el concepto es útil en tanto detecta rupturas y discontinuidades entre lo que fue y lo que es, y a su vez inaugura interrogantes sobre el futuro”, indica.

“Hay aspectos generales que hacen a las crisis, que tienen que ver con la alteración de un orden, de previsibilidad y la inauguración de un tiempo de incertidumbre radical, fuerte, prolongada. Pero a la vez, esto implica un esfuerzo de quienes transitan la crisis en condiciones disímiles para tratar de reconstituir lo que consideran "normalidad" y, por ende, la previsibilidad en sus vidas cotidianas”, finaliza.