La guerra cultural de la que Milei se siente protagonista estelar se libra en las calles. No es el único escenario, pero en la tradición política argentina es vital. Su régimen de extrema derecha con todo el aparato represivo disponible perdió la primera batalla cultural. Fue contra la Universidad Pública y retrocedió en chancletas. La segunda es la ley Bases, plataforma legislativa para que prospere la entrega del país a intereses extranjeros y el presidente sea coronado como un rey. Pero no cualquier rey. Si le dieran a elegir, sería uno de la Casa de Windsor y con todas las facultades delegadas. En una escena de cine británico, su admirada Margaret Thatcher lo aplaudiría desde una torre del palacio real.

La guerra mundial desatada por la internacional ultraderechista continúa y va contra todo aquel o aquella que se le oponga. No importa si se reivindica peronista, radical, socialdemócrata, comunista o trotskista. Mi Ley sigue su avance como un Panzer mientras tanto. Legitimado por el voto, pero no por cómo ejerce el poder. Un modo tan maquiavélico como cruel. Con una retórica insultante que no cesa en cada una de sus apariciones mediáticas. Dijo que es un topo en el Estado y se infiltró en él para destruirlo, y que también es Terminator. Cree que es la reencarnación del mesías llamado a cumplir un papel relevante en la tierra. Su guerra es también religiosa. Tiene una matriz inquisitorial. Torquemada integraría su gabinete si tuviera vía libre para instituir un Ministerio de la Fe.

Con la oruga de aquel tanque que tiene un poder más destructor que la motosierra, pisa al pueblo trabajador. Pisa a los jubilados. Pisa a los docentes. Pisa a los jóvenes que estudian en el sistema público de Educación. Pisa a los profesionales de la Salud. Pisa a quienes tengan cualquier tipo de relación con el Estado o dependan de él para su subsistencia. Pisa a los millones de argentinas y argentinos que sufren hambre, viven en las calles, pierden su empleo o son pacientes oncológicos como los que ya murieron porque dejaron de recibir medicamentos. Pero además, teatraliza cada uno de sus actos con el apoyo de los desencantados de gobiernos anteriores y la derecha más reaccionaria, tan depredadora como golpista en otras etapas de nuestra historia.

Milei, escaso de preparación en materias como historia, geopolítica, literatura, arte y ciencias humanas en general, quizás no sepa quién fue el falangista José Millán-Astray. Aquel que perdió su ojo derecho durante la guerra colonialista de Marruecos combatiendo para el reino de España.

El Presidente no es militar pero gusta vestir ropa de camuflaje y presentarse así cuando pinta la ocasión. Lo hizo para hacerle la venia a la generala de EE.UU, Laura Richardson, en Tierra del Fuego. Ni su aliado Volodimir Zelenski, el presidente de Ucrania, se atrevió a tanto. Y si se mostró en ropas de fajina fue en zonas de combate durante la guerra con Rusia.

Millán-Astray, amigo de Franco y también mutilado de un brazo, fue aquel que frente al escritor Miguel de Unamuno y en la universidad de Salamanca, exclamó una frase con la que pasaría a la historia para siempre: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte¡”. Una expresión que encaja bien en estos tiempos de barbarie ultraderechista.

La imagen del militar en las fotografías blanco y negro se parece bastante a la de Terminator. El personaje de Hollywood con su globo ocular fuera de órbita y que porta una cámara en su interior. Con una diferencia: el ojo del personaje que interpreta Arnold Schwarzenegger es rojo, el color de la bandera soviética del que abomina el presidente libertario. Sus acólitos podrían avisarle quién fue Millán-Astray. El presidente podría seguir alimentando su mística en la guerra cultural, basándose en un personaje real que compartía su retórica de la muerte.

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